Madrilánea

La conquista del mar

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Foto: Cristina González

Foto: Cristina González

Un sendero de espuma remueve el agua. La enturbia.

El letal surco de un navío embravece al mar,

que herido por la facilidad con la que su casco lo atraviesa,

se agita contra el bote, lo embiste.

Veloz entre vaivenes el bote supera sus acometidas,

se hunde y emerge, tiembla.

Ajeno a la bravura marina,

el trajín continúa en cubierta.

Dos marineros recogen la red,

y meciéndola con maña,

la arrojan al mar.

Esperan pacientes mientras el agua,

lejos de rendirse,

se desliza entre las grietas de la lona. Escapa.

Pero la red cierra su yugo, atrapando a los peces: su presa.

Al compás del esfuerzo,

los marineros levantan las mallas.

Y, seducida por el sol, el agua se evapora

formando escamas de salitre sobre sus pieles.

El sudor, amargo, salpica su cara;

como lo hace el mar cuando solloza,

penetrado por los filos que lo surcan.

El hombre es de la tierra,

Pero ahora conquista el mar.

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