La familia drusa que recorrió medio mundo


Una religión diferente a través de los ojos de un matrimonio libanés que reside en Madrid

Los Ahissami llevan quince años en este país. Antes de eso estuvieron más de treinta en Venezuela. Pero tampoco es el país en el que nacieron. Han recorrido más de medio mundo y han acabado viviendo en un barrio de Madrid.

Ziad y Tadamon no tiene una historia convencional. Ambos nacieron en el Líbano, aunque Ziad es de origen sirio. Con el paso del tiempo sus padres emigraron a Venezuela «en busca de un futuro mejor». En ese país los Ahissami se conocieron y se enamoraron. En 1990 visitaron España por primera vez. Algo cambió en su interior y decidieron que cuando pudieran permitírselo vivirían aquí. En 2001 y ante el «deterioro de Venezuela» con Chávez en el poder, decidieron probar por fin suerte aquí.

«Tuvimos que empezar de nuevo desde cero», dice Tadamon desde su casa de Madrid. Construir esa nueva vida les llevó tiempo y esfuerzo. Alquilaron un local y pusieron una pastelería, después una tintorería. Por fin en 2006 pudieron crear su propia empresa. Ziad es arquitecto y Tadamon ingeniera y en la actualidad se dedican construir y renovar edificios. A día de hoy, y a pesar de la crisis, su proyecto sigue dando alegrías y beneficios.  Su página web te da la bienvenida con una frase: «Donde tus sueños se hacen realidad».

Aunque desde hace unos años dirigen una gran empresa, esta familia ha vivido momentos decisivos en cada país en el que se ha instalado. Tanto en el Líbano, como en Venezuela y también en España, han podido ver las luces y las sombras de cada lugar.

Y lo que siempre les ha acompañado y mantenido unidos a lo largo de todos estos viajes ha sido la fe. «La religión drusa, en mi opinión, es la mejor religión que podemos tener», explica Tadamon. Lejos de lo que muchas personas creen, los drusos no son musulmanes.

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La familia Ahissami en una fotografía antigua. FOTO: FAMILIA AHISSAMI

La religión drusa es prácticamente desconocida en Europa. Su origen se remonta al siglo XI cuando esta rama se separó del Islam. Se dice también que nacieron como una secta esotérica aunque hay una gran falta de información al respecto. Son sumamente reservados en lo que respecta a su fe: de hecho, la tradición drusa habla de la «taqiyya», o acto de disimular la fe para preservarla.

Los Ahissami son algo más abiertos cuando hablan de sus creencias. Dicen que los drusos tienen una relación directa con Dios, «por eso no necesitamos de los personajes religiosos que tienen los cristianos y los musulmanes», apunta Tadamon. Tampoco necesitan ir a la mezquita o a la iglesia para rezar y practican los diez mandamientos. No se confiesan ya que para ellos los errores deben asumirse y aprender de ellos. No utilizan ningún tipo de ropa determinado aunque las señoras mayores tienden a taparse la cabeza y celebran la fiesta del Adha o del cordero, en la que «antiguamente la gente que tenía dinero repartía comida a todos los pobres».

Los drusos consideran que las mujeres son espiritualmente iguales que los hombres. Tienen derecho a la mitad de los bienes en caso de separación y, al igual que los varones, pueden ser uqqal (intelectuales). Aunque Tadamon matiza que, en el Líbano, las leyes aún se rigen por una serie de religiosos con ideas machistas y, en la práctica, en muchas ocasiones no se lleva a cabo lo que la religión dice sino lo que estos quieren aplicar.

En España aún no hay muchos, sin embargo en Venezuela componen una nutrida comunidad, una de las más importantes de latinoamérica. En Venezuela representan un 0,3% de la población. Ziad y Tadamon se conocieron, precisamente, en una convención drusa en el país latino. En estas reuniones las familias drusas se juntan, se dan conferencias sobre su religión y se forman jóvenes parejas, ya que en teoría, en esta religión no pueden emparejarse con personas de otras creencias.

Tadamon explica que la fe no es un tema por el que se discrimine en Venezuela, pero sí se habla de razas: «A los árabes los llaman turcos porque los primeros árabes que llegaron a Venezuela lo hicieron con pasaportes de Turquía y por la falta de cultura general hasta el día de hoy lo siguen haciendo».

Drusos en Oriente Medio

La situación de los drusos es, en cambio, muy diferente en países como el Líbano o Siria. En este último representan tan solo el 5% de la población, explica el periodista y profesor de la Universidad Complutense Pablo Sapag. La visión de Siria es muy negativa para los Ahissami que recalcan las pésimas condiciones en las que se vive allí y la situación de represión existente. No pueden visitar el país árabe porque Ziad tendría que hacer automáticamente el servicio militar al tener un padre sirio.

La situación del Líbano en la actualidad tampoco es mucho mejor aunque allí los drusos están más representados. Pablo Sapag explica que en el Líbano solo se puede votar a candidatos de tu confesión y ellos se agrupan en alianzas transversales, según establece su constitución. Esto hace que en la política libanesa los drusos estén bien representados. Tadamon menciona al político Kamal Jumblat, una figura muy importante para esta confesión, «que llamó a olvidarse de las religiones y unirse todos como potencial humano y no religioso».

Después de todo el camino recorrido, los Ahissami por fin han encontrado una patria: «Me siento más español porque soy feliz aquí, la buena educación y las buenas costumbres que llevo en la sangre de la parte árabe se identifica perfectamente con los españoles», concluye Ziad.

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Texto por: Beatriz F. Rebolledo

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Una respuesta to “La familia drusa que recorrió medio mundo” Subscribe

  1. Jorge 3 mayo, 2015 en 19:06 #

    Estuve en ese vagón y supe enseguida que todos interpretaban un papel. El de ella era el menos claro. No sé si fue su ligero bizqueo o su afán por mirarlo todo, pero despertó mi curiosidad. Detrás de un rostro demasiado joven para tener su edad se escondía un alma demasiado madura. Llevaba muchas tardes de lluvia pegada al cristal y una interminable hilera de oportunidades ante las que se había escondido detrás de los libros. Taladraba su entorno sin descanso, pero a quien se buscaba era a ella misma, ávida de respuestas para las que parecía no estar prepara. ¿O quizá sí? Estuve a punto de acercarme, de usar el truco de “tengo que invitar a una desconocida a algo, pero temo que me tome por loco,¿qué debo hacer?”… Pero algo me retuvo y ahora sé que es. La diosa Fortuna me libró de uno de los más horribles y vulgares destinos de un donjuán de barrio: acabar retratado en una práctica de un máster del ABC.

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