Multitud solitaria


De principio a fin. O al revés. Un viaje en la línea amarilla del metro, hasta el kilómetro cero, donde todo empieza, o acaba

El sol cae en Moncloa, y la tarde tiñe el distrito de sepia. Un retrato anacrónico, de gente joven que atraviesa el tiempo, huyendo del pasado, del costumbrismo de años que no conocieron.

El intercambiador se erige vigoroso, sintiendo el aliento de las nubes que escudriñan al transeúnte mientras se adentra en la cueva. Un torbellino de colores desciende bajo tierra, trasportado por las cintas mecánicas que abren sus fauces de metal a cada paso, ávidas de contacto.

El aire se condensa, y un amasijo de bruma invisible les recibe. Entro al vestíbulo atestado. Caderas ondulantes, caras bronceadas, flequillos, hombres trajeados empeñados en detener las gotas de sudor que desafían sus frentes. Perfumes dulces y amargos, como el denso y oxidado ambiente. Miradas entrecruzadas coinciden por un instante. Una impresión efímera, casi lacerante, que unos, impasibles, olvidan en su travesía. Otros en cambio, quieren conservarla y vuelven la cabeza, anhelando un segundo más.

Me quedo al margen, pegada a una pared mientras observo el vaivén de gente, las prisas, las ansias por pasar los controles en primera posición, por atravesar esas hélices de metal que sirven de barrera para acceder al transporte que les llevará a casa, al trabajo; al fin del mundo en un sinfín de líneas entrecruzadas.

Persigo a la multitud solitaria, jaleada por la rutina de quien acostumbra a rehacer sus pasos una y otra vez. De quien camina hipnotizado, de quien deambula arrastrando los pies.

El camino se bifurca. A la derecha, un cartel anuncia el sueño de las escaleras mecánicas, supuestamente en mantenimiento. Ellas también necesitan un respiro para acicalarse. Las de la izquierda están a punto de rendirse a Morfeo, inducidas por un guardia de seguridad que velará por que se respete. Un sereno que, como un vocero, advierte: ¡Último tren! Pero… ¿y luego? Despertarán a las mellizas de la diestra; ya han descansado suficiente. La línea 3 de Moncloa no tiene piedad.

Hombres, mujeres, jóvenes y viejos se precipitan al subterráneo que avisa de su partida. Gente anónima que se empuja, se codea tratando de colarse en el interior del metro. La pugna resulta inútil para muchos. La oruga está lista para partir y deslizarse sobre el amasijo de hierro de los raíles. Está lleno y quiere partir. Un chispazo da el pistoletazo de salida, y arranca simulando el sonido de un centrifugado. La tecnología y sus primos hermanos.

Dentro no hay espacio para nadie más. Apoyada en una columna observo cómo las puertas se cierran. Parece que lo hacen a cámara lenta mientras un joven con pelo largo y oscuro, barba y una mochila, empuja su bicicleta que, cansada de ser pedaleada, parece negarse a entrar, ajena a la guillotina que a punto está de quebrar su tronco de metal. Lo consigue y se acopla como puede, el puzle está completo y el metro se pone en marcha.

El vagón continúa su curso por la línea, abarrotado. Foto: L.M.C

El vagón continúa su curso por la línea, abarrotado. Foto: L.M.C

Suspiros. Vapor herrumbroso que condensa el abarrotado vagón. Las paradas se suceden por la línea amarilla. Cinco en total. Tímidos, los transeúntes no se atreven a bajar, aunque desesperados cruzan miradas por si alguien prefiere dar el primer paso. Alguno deja caer sus párpados, derrotados, y el andén se despide con un chasquido.

Los cuerpos se rozan, atosigados por el calor de la presencia ajena. Cada cual se sostiene donde puede, buscando su hueco. En la barra vertical se suceden las manos, como jugando a la jenga: quien tiente otra mano pierde.

El traqueteo del metro se desvanece en la segunda parada, cediendo su postura al bramido de los pensamientos. Mentes que sueñan, se evaden o se carcomen. Reflexiones que no encuentran salida y se agazapan, como murmullos silenciosos. La soledad. Miradas de reojo se desvían hacia la libreta, pero tampoco dicen nada, solo curiosean.

El subterráneo continúa su curso y acoge a una nueva viajera. Despistada, oculta su mirada tras el oscuro cristal de sus lentes rojas. La ausencia del sol es irrelevante. Una señora, acorralada por la marabunta que satura el vagón, desvía su mirada huidiza hacia el tragaluz de la puerta. Parece interesada en el paisaje, oscuro, yermo.

Mientras, haces de luz relampaguean en la pintura del metro. El mapa dibujado brilla todavía más cuando nadie lo ve. La gente, centrada en sus pantallas, obvia la conversación tradicional. Música pop atraviesa los auriculares de un joven que, abriendo camino al tedio, bosteza. Y un gato maúlla, dentro de una jaula, de un calabozo dúctil que impide su huida. Como si hubiera lugar al que ir.

Llega a Sol. Una cascada humana se precipita hacia la salida, atascando la pequeña rendija que, el subterráneo, condescendiente, entreabre. El goteo se sucede hasta la plaza, dejando atrás el torbellino de trenes que arrancan, monótonos, mañana, tarde y noche.

Llego al kilómetro cero. Al principio, o al final de todo.

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Texto por: Lucía M. Cabanelas

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Una (otra) gallega en Madrid. Periodista y sufridora (del Celta). Afouteza e corazón. On the road. En Twitter soy @luciacab https://twitter.com/luciacab

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