Malasaña: Un barrio, cuatro nombres y un espíritu cambiante


Los diferentes puntos de vista del antiguo Maravillas. Una retrospectiva a través de los ojos de sus vecinos.

E ntre telas y retales desde 1919. Antonio, tercera generación del negocio familiar  Almacenes Aragón, lleva toda su vida trabajando en el mismo lugar. Para él, el barrio se llamará siempre Universidad por la facultad que había antiguamente en San Bernardo.

Recuerda los años de la temida Movida, cuando el barrio quedó destrozado con la droga. Hasta los noventa y tantos, pasaron diez o doce años muy duros. «Nos tuvimos que manifestar muchas noches, organizarnos para cortar el tráfico y llamar la atención con el tema droga. Nadie nos hacía ni el más mínimo caso ni la delegación, ni Joaquín Leguina», dice el dueño.

Antonio rebusca entre sus recuerdos y, sonriendo, cuenta que hacían pancartas con el lema «Leguina no queremos heroína». Más adelante surgió la asociación Tribal, que compró todos los locales de prostitución de la calle y los convirtió en comercios que revitalizaron las calles de Universidad. La gente joven empezó a invertir y todo mejoró.

Y de las telas a los jamones hay solo un par de pisadas. Estamos en la Jamonería López Pascual (Corredera Baja, 13) que comparte año de apertura con el negocio anterior. Raúl lleva 25 años trabajando en la jamonería más antigua de todo Madrid. Según él, la zona se define como canalla. La calle Ballesta, que está al lado, siempre ha sido conocida por la prostitución tanto en locales como en la calle. Ahora en lugar de prostíbulos hay teatros. Dice ser asiduo al micro-teatro por dinero. ¿Y eso qué es?: «Se trata de un concepto de obras de teatro muy cortitas de quince o veinte minutos que se hacen en habitaciones para ocho o diez personas y tienen unas doce obras en cartel».

Desde 1963, para servirles. ¿Qué músico no ha escuchado el nombre «Leturiaga»? En el número 23 de la misma calle se encuentra una de las tiendas de instrumentos musicales más antigua de Madrid. Charo, la dependienta, habla de Don Pedro Leturiaga como el primero en introducir la marca Fender en España. «Todo fue bien hasta finales de los setenta pero, a partir de ahí, era complicado que la gente pasase de Gran Vía», comenta.

A partir de los noventa, cuando la Policía se instaló en La Luna, todo mejoró, recuerda la vendedora. Por otro lado, le choca el carácter multi-social de la zona. ¿Un gimnasio de lujo junto a latas de cerveza y cartones de vino tinto? ¿Restaurantes de alta cocina junto a mujeres semi-desnudas? Es posible, porque en Malasaña todo convive en armonía.

Farmacia de Guardia, uno de los locales emblemáticos de Malasaña. Foto: L. Bretón

Farmacia de Guardia, uno de los locales emblemáticos de Malasaña. Foto: L. Bretón

En el número 49 hay una Farmacia de Guardia. Mejor dicho, un bar. Tres caballeros y una señora sentados en una de las tascas madrileñas con más edad. Bastantes vinos después, uno de ellos, José, habla de la Policía. «Ahora hay mucha fiesta y más juventud y no me dejan dormir. Claro, porque hay palos», comenta el hombre con enfado.

Quizás Mesonero Romanos hablara de un Malasaña más iluminado, pero ahora se llevan los locales con menos luz. Por supuesto si lo que necesitamos son plafones o tulipas de cristal, no hay mejor lugar que Lámparas Corredera número 24. José Luis, con su padre al lado, habla de este negocio familiar con mucho cariño.  «Nos ha venido bastante bien la renovación del barrio. Los mayores están disgustados por tanto bar y vida nocturna, pero eso es porque no estaban preparados para el cambio», reflexiona el vendedor.

«Esto es Justicia, no Malasaña», asegura María Dolores, propietaria de El Palentino, una de las tascas más míticas de la capital. Habla de la prostitución de los 80, la que estaba en los clubs, no en la calle. Cuarenta y cinco años viviendo en el barrio y ya no conoce a nadie. Una emoción agridulce según ella porque le produce nostalgia.

De la Corredera Baja pasamos a la Alta. En el número 3 María abre la puerta de la mercería La Pequeñita. Efectivamente, se trata de un local minúsculo. En los 70 la ropa íntima y las medias para la mujer las vendían en puestos en la calle. Después se abrió este local y todo cambió. «Quedamos los que no pagamos alquiler porque los alquileres son desorbitados», afirma María. Y es que, alrededor de su negocio prácticamente todo es nuevo. Con una media sonrisa recuerda: «En tiempos de droga dura, el anterior propietario de la tienda tenía siempre un bate de beisbol ¡Por si acaso!».

Entramos en la calle Espíritu Santo y en el número 22 una frutería personalizada nos espera. El Rincón de Andrea abrió sus puertas en 1958 y ahí sigue. La hija de Andrea habla de su negocio con mucho orgullo, porque es difícil mantener algo tanto tiempo. En los años 40 y 50 se vendía la fruta en la calle. Sobre el cambio de Malasaña solo puede decir que está contenta: «Muchas veces he pensado en si será una moda pasajera, pero lleva ya tiempo así y cada vez está más en auge».

Pasado el rincón, en el número 26 se encuentra la papelería Suministros Neva. Anteriormente fue una cacharrería, allá por los años 20. El local ha cambiado mucho desde sus inicios. Las estanterías y el escaparate se reestructuraron completamente en el 99.

Si bajamos por la Calle San Andrés y giramos a la derecha llegamos al antiquísimo Café Manuela, en San Vicente Ferrer 29. Allí nos espera Jesús. Para él Malasaña ha juntado siempre a gente de la rama de letras. Muchos artistas han pasado por su bar, que reúne clientes de siempre con jóvenes. En su opinión hay varios factores por los que la zona se ha masificado. «Que no permitan conducir bebido hace que la gente prefiera salir por el centro porque luego está mejor comunicado para volver a casa», reflexiona Jesús.

Pedro abrió el Café Estar en el número 20 de la misma calle hace ya más de 35 años. «Cuando abrí, lo que había era un barrio con un tipo de gente que entonces se llamaban progres, entre comillas», recuerda el dueño. Los locales tenían música para todos los gustos, especialmente rock. En el café se hacían tertulias, presentaciones de libros, exposiciones artísticas y todo lo imaginable. Hasta que llegaron los años duros de los que todos los comerciantes hablan.

¿Dónde vamos ahora? A la calle Velarde número 6. Quizás pase desapercibida pero la Tapicería Gonzalo es uno de los pocos establecimientos que siguen con vida desde 1974. Jesús, el propietario, vive en el mismo edificio y conocía perfectamente los nombres de los treinta y dos vecinos. Ahora son todos jóvenes desconocidos. Antes era una tienda de frutos secos y asegura con pena que cuando se jubilen, la tapicería se convertirá probablemente en una tienda vintage.

Menciona al peluquero de enfrente, así que toca hablar con él. Estamos en el número 3 y Luis, que está cortando el pelo a Juan Manuel, cliente de toda la vida, nos abre las puertas de la peluquería «El Traskilón». Comienza su relato así: «Esto no es Malasaña, sino el barrio de Maravillas, que da nombre a la Iglesia». En los 80,  las casas estaban medio caídas y se hizo una reforma. Estos locales los adquirieron personas sin ningún tipo de licencia y montaron bares. Luis recuerda sitios muy cutres y tres o cuatro garitos que sí que merecían la pena. Entonces sacaron una ley que obligaba a los locales de copas a cerrar a la una. Entonces la gente aprovechó para abrir tiendas de embutidos que si podían estar abiertas toda la noche. Pero lo cierto, dice Luis, es que «vendían más cerveza que embutidos». De esta forma la cerveza Mahou batió el récord en ventas.

Luis lleva toda su vida en el mismo edificio y no había ni cubos de basura en las calles. La gente, después de tomar unas copas, orinaba en los portales y en la calle Velarde se aparcaban los coches en cualquier sitio. El borde de la acera de su peluquería se llenaba de gente. «Tú y yo juntos en paralelo no podíamos bajar la calle porque estaba llena».

Juan Manuel, mientras el barbero termina con su pelo, añade que «bajar la calle significaba pisar capas y capas de cristales». De hecho el peluquero escribió una queja al Ayuntamiento de Madrid en 1980. A veces para entrar en casa tenía que saltar el capó de un coche. La carta también la mandó a muchas publicaciones, entre ellas el diario ABC, con todo el interés de que se hiciera pública y acabar con ese tipo de conductas. No se publicó pero al menos le contestaron.

¿Y cómo desapareció la Movida? Muy fácil, esa gente se hizo mayor y desapareció.  Las nuevas generaciones son más educadas según Luis. Hubo un cambio tremendo, la policía apareció casi por primera vez en Maravillas y vigiló las calles todos los días durante dos años a partir de las ocho de la tarde. «Yo lo puedo contar gracioso, pero no es agradable. Cuando salgo de Madrid y cuento estas cosas la gente me dice que tengo imaginación y la verdad es que todo es cierto», concluye el peluquero.

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Texto por: Lucía Bretón

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