El carbonero de Tetuán


José Javier, de tez morena, tiene las manos negras como el carbón. No podía ser de otra manera, se pasa el día trabajando con él
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El último carbonero de Tetuán

«La mayoría de clientes solo se acuerdan de ti cuando llega el invierno». Parece irreal, del siglo pasado, incluso de hace doscientos años. Pero es cierto, aún existen carboneros. José Javier, uno de los pocos que junto con su familia se dedica a este trabajo olvidado, está feliz puesto que comienza la mejor época del año para ellos.

En su origen fabricaban ellos mismo el carbón. Se pasaban dos o tres días en la montaña prendiendo fuego a madera cortada, y ahogando su combustión, hasta conseguir que se carbonizara. Era un trabajo muy duro. Durante ese periodo debía estar constantemente vigilando la madera para que en la combustión no penetrase el aire que estropea el carbón. Mas tarde aparecen las minas de carbón. Debido a la dureza del oficio, los mineros han sido uno de los actores más importantes en las revueltas laborales y revoluciones políticas. Víctor Manuel, el famoso cantautor, dedicó una de sus canciones a su abuelo. Su letra conmueve: «El abuelo fue picador allá en la mina/ y arrancando negro carbón, quemó su vida…».

Con el paso del tiempo, el carbón se convirtió en una fuente indispensable en las viviendas para una función tan imprescindible como es cocinar o para la calefacción. A mediados del siglo XX comienza a ser sustituido por el petróleo, la bombona de gas y la electricidad. En la actualidad, el carbón se distribuye a restaurantes un tanto especiales, pues se anuncian con hornos artesanales, asadores en su mayoría. Hoy en día son muy pocas las cocinas de carbón que quedan en las ciudades. En nuestra capital, uno de los barrios que conserva un porcentaje mayor es Tetuán, con sus pequeñas calles y sus casas humildes. De los casi treinta carboneros que había en el barrio a finales de los setenta, hoy solo queda una persona que todavía se dedicada a esta profesión.

José Javier comenzó en este oficio a los 22 años, cuando la fábrica en la que trabajaba cerró y el paro le obligó a compartir con su padre la carbonería que este había abierto durante la Guerra Civil. Estuvieron trabajando juntos más de veinte años hasta que el padre, por motivos de la edad, tuvo que dejarlo. Desde ese momento, su mujer y su hija le han ayudado a seguir adelante con el negocio.

Se levanta todos los días sobre las seis de la mañana, va a su pequeña «cueva», donde recorrerla se convierte en toda una yincana, intentando evitar tropezar y ensuciarse con las decenas de sacos de diferentes tamaños que ahí se almacenan. Sin embargo, José Javier, acostumbrado a pasar a oscuras más horas de las que le gustaría, se desenvuelve con una soltura envidiable, da la sensación de que podría recorrer todas sus esquinas y trabajar igual de bien con los ojos vendados. Su cara y brazos teñidos de las fuertes manchas negras que deja el carbón son ya casi imperceptibles para él. Aún es joven, sin embargo, sus manos ásperas y agrietadas reflejan el cansancio de toda una vida de duro trabajo.

Encontrar carbón se convierte en una tarea cada vez más complicada y costosa: «la mayoría de las minas españolas se han cerrado por falta de demanda, las pocas que quedan están en Asturias, pero ahora casi todo el que se comercializa llega de Sudáfrica». Su día a día consiste en distribuir el carbón almacenado en sacos en su furgoneta por toda la ciudad y su sierra. «Me gusta mi trabajo, porque no es monótono ni estoy sentado en una oficina viendo a la misma gente. Yo cada día voy a visitar a clientes diferentes, charlo con ellos y nos contamos cómo nos va el negocio. Me encanta conducir y ver los paisajes de montaña, por eso cuando llega el invierno y los chalets y casas de allí me hacen pedidos, disfruto saliendo de la ciudad». Aunque a él le gusta lo que hace, no lo desea para su hija: «Ahora me echa una mano en el negocio, pero no quiero que lo herede como yo. Es un trabajo muy duro y por supuesto muy mal pagado».

Aunque con el paso de los años la vida ha «dejado en la cuneta» a ciertas profesiones, no debemos olvidar nunca esos oficios, muchos ya desaparecidos, pues en ellos está la memoria de una época pasada y a ellos se debe, en parte, el bienestar de aquella sociedad.

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Texto por: Rocío Fernández de Buján

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