Los colores perdidos


La vida es una gama cromática que se apaga poco a poco. Pero con su oscuridad aprendemos a ver la luz

Conozco una niña a la que siempre le gustó pintar. Desde sus primeros años supo que quería darle al mundo su propio toque de color. Al principio, pudo hacerlo sin problemas y no importaba la mezcla que usara. Todos ellos reflejaban la intensidad en su máximo esplendor.

Pero a medida que la niña iba creciendo comenzó a notar que sus colores perdían fuerza, que no compartían su alegría, sus ganas de expresarse. Y de un día para otro, sin entender cómo ni por qué, y sin saber de quién era la culpa, tuvo que dejar de pintar con varios de los que siempre había utilizado.

Durante algún tiempo esta niña fue en busca de más colores; quiso reemplazar aquellos que habían dejado de pintar. Sin embargo, se dio cuenta de que los que iba adquiriendo no brillaban de igual forma que los primeros, aquellos con los que logró sentir pasión por la pintura. Y así, se fue mermando su ilusión.

Por ello, dibujaba su vida siempre con los mismos tonos. Y aunque a veces no sabía qué hacer, valoraba poder contar con ellos. Seguían aportando brillo a cada uno de sus vacíos. Incluso al mezclarlos averiguó que, a través de ellos, podía volver a recuperar aquellos pigmentos que había perdido.

Gracias al deterioro de sus primeros colores pudo desilusionarse, aprender, valorar lo que tenía y descubrir por sí misma cómo volver a reponer cada tono en su vida. Y no dejó de luchar hasta que consiguió dibujar cuadros fantásticos. A lo mejor, no habría logrado pintar tan bien si no hubiera perdido parte de ellos cuando era niña.

Sin embargo, nunca dejó de preguntarse qué fue lo que ocurrió tan de repente y por qué se apartaron de ella. Siempre continuó imaginando hasta dónde habría llegado si los hubiera podido mantener.

Sucede lo mismo con las personas de nuestro alrededor. Llega un momento en el que se alejan, se cierran, y ya no se puede alcanzar el mismo brillo con el que un día nos iluminaron. Además, por mucho que intentemos sustituir todo ello, no lo encontraremos. Cada individuo va creciendo y al madurar deja de lado ciertas opciones y se aferra a sus propias ideas, que ya no le permiten entregar su luz a todo el mundo, ni dibujar con libertad.

Finalmente, cada uno encuentra la felicidad con esos colores que nunca le han abandonado a la hora de seguir pintando cada día. Pero muchos nos preguntamos si realmente es tan difícil poder conservar ese brillo único y especial que alberga cada uno. Si resulta tan complicado que puedan seguir valorando el nuestro. A veces, muchos de nosotros nos sentimos como esa niña que vio cómo se apagaban sus colores, cuando ella pensaba que todos eran necesarios y sólo saldría un dibujo bonito si permanecían juntos.

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Texto por: María González Rodríguez

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