Mi casa es la ONU


Un piso en el que conviven nueve personas de diferentes países. La ONU en el centro de Madrid. Fiestas de setenta personas y cenas con gastronomías muy diversas. La tolerancia es la clave del éxito en esta convivencia peculiar

Érase una vez un piso de nueve habitaciones, nueve compañeros dispuestos a convivir y 250 metros cuadrados. En realidad, esta historia sucede en el presente pero cuando me preguntan dónde y con quiénes vivo me dicen que parece un cuento. Venezuela, Chile, República Checa, Suecia, Estados Unidos, España y próximamente China, conviven día a día en un primero abalconado del barrio de Malasaña.

El edificio se construyó en 1897 y ahora se ha convertido en mi casa. En el verano de 2014 me trasladé a Madrid y busqué un piso de más de dos personas. Quería convivir con más gente que en años anteriores pero nunca imaginé que tendría otros ocho acompañantes en esta aventura.

Pasillo del piso. /Fotos: L.Bretón

Pasillo del piso. /Fotos: L.Bretón

Uno de los integrantes del piso me hizo una entrevista. Ahora que somos amigos, me cuenta que no hace preguntas concretas, simplemente charla y se fija mucho en el lenguaje gestual. Normalmente las hace junto a otra compañera del quinto. Ambos pisos son amigos y juntos acumulan la cifra de quince personas. Me aceptaron y me instalé en el edificio el 30 de junio de 2014 acompañada de la ola de calor asfixiante de la capital. Estuve tres meses trabajando y me marché a otra ciudad a terminar la carrera, pero en julio de  2015 volví para quedarme.

Estos dos años he convivido con multitud de personas. Conocí a un venezolano, amante de todo lo relacionado con la informática; a un chico de Manhattan que me enseñó cómo son las verdaderas patatas fritas de Nueva York; a un chileno experto en coctelería; a un argentino surfero y abogado; a un alemán farmacéutico que tenía dos palabras favoritas en español; a la checa con la risa más graciosa; a la morena sueca pero que pasó su adolescencia en Torrevieja; al de Nueva Jersey que también es colombiano e italiano; a la de Florida; a un inglés muy alto; a una alemana que casi no vi; a la chica de Valladolid que vive por el cine; a la fotógrafa gallega que más tiempo me aguanta; a un bilbaíno con mucho acento; a una chica que conoce el mundo del tarot; y, próximamente, conoceré a una periodista deportiva procedente de China.

Roger vino de Caracas y sigue conociendo gente nueva desde hace casi 7 años. Ya ha convivido con más de 200 personas. Cuenta que anteriormente estos pisos fueron oficinas y que algunos compañeros han llegado a vivir meses en el trastero a modo de habitación. «Según entré en el primero apareció un chico en monociclo por el pasillo. Después me enteré de que se dedicaba al mundo del circo», recuerda con una sonrisa. Cree que la clave es ser tolerante. «Al final cuando elijo a la gente busco buenas vibraciones, los granitos de arena que te hacen recordar a tus compañeros cuando se van son con lo que me quedo», reflexiona.

El salón más colorido

El salón más colorido

Solo hay dos baños para nueve pero ni nosotros mismos sabemos cómo las duchas están libres cuando las necesitamos. La cocina tiene dos frigoríficos, muchas baldas y está un poco revuelta. Creemos que hay un fantasma que nos roba comida de vez en cuando, pero nadie le ha puesto cara.  Se pueden hacer fiestas siempre y cuando sea fin de semana.

Lidia,  mi amiga la gallega, buscaba una habitación antigua, con paredes blancas y puertas de madera que condujeran a un balcón. Desde que la encontró han pasado más de dos años. El piso suele ser escenario de sus fotografías y el salón, el comienzo de nuestras noches. A pesar de las discusiones que a veces se crean, le agrada que siempre haya alguien con quien hablar y estar a gusto y, por supuesto, con quien salir de fiesta o charlar hasta las tantas.

Jarca, de la República Checa, es la siguiente protagonista. «Me hicieron la entrevista por ordenador y no oía bien así que no me enteré muy bien de las condiciones y cuando llegué al piso me di cuenta de que éramos nueve», me cuenta con cara de sorpresa. Llegó y no tenía sábanas así que no paraba de pensar en cuanta gente habría dormido allí. Redibujó su cuarto, porque es interiorista y movió todos los muebles. «Es un piso bonito pero se te cae el techo encima de lo viejo que está», reflexiona. Lo peor según ella es cuando se va alguien porque da mucha pena.

Dani, de Nueva Jersey,  ya vivía en Madrid con una sola persona cuando encontró este piso. Así que ¿por qué no un cambio? Nueve compañeros y un piso en el que principalmente se habla español, que es lo que él buscaba. «Ha sido una nueva experiencia, aprendes a aguantar mucho y a ser paciente», comenta el actual dueño de mi antiguo cuarto. Le molesta la limpieza porque, a veces, brilla por su ausencia, pero las personas merecen la pena.

Ana, de Valladolid, vino a buscar suerte en el mundo de la televisión y el cine, pues se dedica a hacer escenarios para cada secuencia. Lo que más le gusta es llegar y que los planes surjan de repente. Para ella lo menos favorable es el caos que se crea al ser tantos. Ahora se marcha habiendo dejado ya su propia huella.

Planes, surgen muchos. Tan pronto llegas y hay una sala de cine americano con subtítulos en español en el salón, como se juntan una treintena de personas para celebrar una fiesta y hay una fila de diez esperando para ir al baño. O de repente, te ofrecen celebrar Acción de Gracias y tus compañeros cocinan un pavo de diez kilos y otras genialidades gastronómicas.  La suerte de ser tantos es que cuando cada uno invita a sus amigos se convierte en un pequeño bar en el que nunca dejas de conocer gente de todos los países.

El barman de este cuento, al que muchos llaman «latin», proviene de Chile pero es casi nativo del barrio y trabaja en un restaurante de la zona. Cuando llegó, se encontró por sorpresa a su amigo venezolano del gimnasio, que también vivía aquí, y que le animó a quedarse. Nathalie, morena,  sueca y fiestera, es la risa personificada y ver una película de amor con ella se convierte en una carcajada continua. Y Kristy, de Florida, nunca pasa inadvertida por su acento y su famoso «Oh my God».

He vivido el tiempo suficiente aquí como para asegurar que lo que parecía un equipo, ahora me recuerda a una familia. La confianza es la clave de nuestro éxito en la convivencia, y el saber que siempre habrá alguien ahí que te preste ayuda en un mal momento te hace vivir más tranquilo. Gracias a ellos he conocido costumbres de todo el mundo, he vivido una fiesta de Halloween en casa con casi setenta personas y he aprendido que de experiencias se compone la vida y que ésta es una de las más especiales de la mía.

 

 

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Texto por: Lucía Bretón

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