El ballet clásico, no solo cosa de profesionales


Al principio Iván Blanco elegía a quién contarle que hacía ballet. «Tanto chicos como chicas la primera pregunta que me hacían era: '¿Pero usas mallas?'»
Los bailarines en una actuación del "Vals de las Flores". Fotos: CV.

Los bailarines interpretando el «Vals de las Flores». Fotos: CV.

Los bailarines se levantan del suelo donde calientan antes de empezar y se acercan a la barra. La profesora marca los primeros pasos con la música: tobillos unidos, plie, relevé y grand plie; brazos abiertos como si abrazaran a una persona invisible; brazos quinta elevados sobre la cabeza formando un óvalo; brazos en segunda extendidos hacia los lados. De esta forma en todas las posiciones. Así comienza la clase de los que se llaman a sí mismos «los frikis del ballet».

A la mayoría de la gente cuando piensa en una clase de ballet clásico enseguida le viene a la cabeza una fila de bailarines con tutús y mallas ajustadas bailando al ritmo de la música de un piano, bajo la mirada escrutadora de un profesor exigente. Bien sean niños pequeños, jóvenes en camino del estrellato o profesionales consolidados, todos muy delgados y estirados en todo momento. El ballet tiene algo, quizás la dificultad técnica, que lo hace infranqueable a los ojos de quienes no se dedican a ello. Una profesión muy dura, pero nunca una afición más allá de ver en los teatros.

En 2010 la Escuela de Danza Duque propuso a Elsa Cabo, bailarina profesional de varios estilos, que impartiera clases para adultos no profesionales. «La verdad es que no pensaba que fuera a enganchar. Es un baile difícil», reconoce la profesora. Al principio la sala no llegaba a los diez alumnos apuntados. Hoy el número se ha duplicado. «Es una de las clases de la academia que más ha avanzado en los últimos años», cuenta Elsa.

Desde estudiantes de medicina o periodismo, pasando por odontólogos, profesores de universidad y arquitectos, hasta madres. Algunos hicieron ballet de pequeños y movidos por la nostalgia decidieron retomarlo. Pero, en general, la mayoría nunca antes había bailado danza clásica. La sesión transcurre con una sucesión de pasos: brises, attitudes, arabesques, cabriolés, assembles, sissones...

Los bailarines en una clase de hace dos años.

Los bailarines en una clase de hace dos años.

Cristina de Ignacio tiene cuarenta y dos años y es profesora de Ciencias Geológicas en la Universidad Complutense de Madrid. Todos los días esta doctora acude a la facultad con dos bolsas: una del trabajo y otra con las puntas, el maillot y las medias de ballet. Después de acabar sus clases, ya por la tarde, se dirige a la escuela. Desde hace cinco años está en la clase de Elsa. De joven había hecho gimnasia deportiva hasta que, a los dieciséis, tuvo que dejarlo por los estudios. Más tarde, a los veinticinco, probó el ballet y estuvo apuntada durante cinco años. «Echaba de menos la gimnasia, así que intenté encontrar algo que lo sustituyese. Pero no había nada para gente mayor. Y entonces encontré el ballet», comenta. Su hermana Almudena sí que se dedica al mundo del baile. Es profesora de Funky y Hip-Hop, y toma clases para tener una base de danza clásica.

Al preguntarle sobre la reacción de los demás al enterarse de su afición, Cristina reconoce que hay de todo: «A la gente no le suele resultar tan raro porque soy bajita y delgada. Aunque tienden a radiografiarte». Cuenta que una vez un catedrático compañero de la universidad resopló al enterarse de su afición como si fuera una «tontería».

«La gente pone cara rara cuando digo que hago ballet. No se lo creen. Hasta en mi casa alucinan». Susana López se apuntó en 2014. Tiene cuarenta y siete años y nunca antes había hecho danza clásica. Su hija, de doce años, llevaba bastante tiempo practicando ballet y fue la que le «empapó» de esta afición. «Me hubiera encantado hacerlo antes y en la academia me animaron a hacerlo», cuenta. Aunque es difícil y requiere tiempo, afirma que ha notado un progreso y se siente capaz de hacer más cosas. «La postura mejora. Notas que estás más estirada». Insiste en que la profesora es fundamental para que la gente siga la clase «por lo que enseña y te motiva».

Con el tiempo no solo aumentó el número de alumnos, sino el interés y el entusiasmo por la danza. Bromean al decir que son unos «enfermos del ballet». Los primeros años las clases eran los martes y jueves, de 19:00 a 20:00. Al tercer año, los propios alumnos pidieron acudir más días. Así se pusieron nuevas sesiones los sábados de 12:00 a 14:00 y, meses más tarde, otra los lunes de 19:00 a 20:30, que después pasó a los viernes. Aunque los veinte no van a todas las sesiones, la mitad de ellos no falta a ninguna. Además, las clases siempre se alargan media hora más del horario oficial.

Los bailarines posan en una de las clases

Los bailarines posan en una de las clases

En la clase también hay chicos. Este año son dos. Al principio Iván Blanco elegía a quién contarle que hacía ballet. Tiene treinta y tres años, es arquitecto y hace tres que decidió empezar desde cero. En el ballet siempre ha existido mucho prejuicio con respecto a la inclinación sexual de los chicos, y todo por desconocimiento de este mundo. «Tanto chicos como chicas la primera pregunta que me hacían era: “¿Pero usas mallas?”», cuenta riéndose. «Una vez en un cumpleaños un músico me preguntó: “Pero sois todos gais, ¿no?”. Me dio un poco de lástima que pensara así». Sin embargo, asegura que salvo excepciones la gente suele sentir curiosidad e interés, algunos incluso nostalgia.

«Para mí ha sido una de las mejores decisiones de mi vida», dice con firmeza. «Me apunté en un momento difícil. El ballet me ayudó y esto funciona como una familia», cuenta. «Además, refuerza la complexión física de uno mismo y, al final, te ves mejor». Para la profesora el prejuicio existe más a nivel personal: «Hay mucha gente que quiere hacer ballet, pero les da miedo. Piensan que no están delgadas o ya son mayores. Al final se trata de una barrera personal».

En los últimos años la clase ha evolucionado tanto que ha llegado a realizar actuaciones en el Nuevo Teatro Alcalá de Madrid. La primera fue en junio de 2014, cuando los bailarines interpretaron una parte de La Vuelta al Mundo en 80 días. Al año siguiente bailaron el Vals de las Flores, del El Cascanueces, de P. l. Chaikovski. «No pensé que saliera de ellos el pedir más clases. Menos aún ir a un festival o que llegaran a llevar puntas», cuenta con orgullo.

Mientras tanto, los alumnos con mucha dedicación continúan trabajando. El ejercicio final de la clase últimamente acaba en un gran jete, uno de los saltos más conocidos del ballet. Los bailarines lanzan sus piernas estiradas hacia arriba a modo de spagat. Como se si paralizasen, durante unos segundos permanecen suspendidos en el aire a más de un metro de altura. Aún no saltan tan alto, pero algún día lograrán.

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Texto por: Cristina Veganzones

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