Pepu Hernández: «El éxito no es un objetivo, es una consecuencia»


El exseleccionador comenzó a entrenar a un equipo de féminas cuando supo que no se convertiría en el gran jugador que había soñado

El callejón de los “Pescaítos” es su sitio favorito en el barrio de sus inicios. Allí Pepu Hernández solía tomarse unas cañas de vez en cuando, después de entrenar a su equipo femenino de baloncesto en el colegio Santa Catalina de Sena, en pleno corazón de Chamartín.

Pepu Hernández en el callejón de los "Pescaítos"

Pepu Hernández en el callejón de los “Pescaítos”

Cada vez que vuelve a este rincón de Madrid rememora sus entrenamientos, cómo sus chicas dieron vueltas una y otra vez por cada una de sus calles y la diferencia que supone estar al frente de un equipo de mujeres si se compara con uno de varones. La palabra que le viene a la mente cuando pasa por este lugar es «amabilidad». De aquellos días, siempre recordará el ambiente de sensibilidad, comunicación y generosidad que mantuvo entrenando a sus chicas, y gracias al cual sintió que esta zona de Madrid es una a la que siempre podrá llamar hogar. Pero no sólo se trata de amabilidad, sino de amor. Durante su etapa en el colegio conoció y entrenó a Belén, su esposa y madre de sus tres hijas.

Su aventura con el baloncesto se inició desde que, con seis años y de la mano de su padre, entró en el colegio Ramiro de Maeztu y vio una enorme «plantación de canastas», por las que enseguida se dejó seducir. Considera este deporte como parte de su diversión pero también de su formación. Con él asimiló y comprendió los principios y valores que han regido su vida: el espíritu deportivo y social, el optimismo, la fuerza de voluntad y el valor de los objetivos colectivos. Así como no reprocharse nada a uno mismo y sólo mirar hacia atrás para aprender, y la sensación de no dejarse nada por el camino ya que se arriesgó por formar parte de lo que quería de verdad, que era este deporte precisamente. Además, los amigos que hizo jugando con diez o doce años son sus amigos actualmente, y eso lo considera un éxito del baloncesto. Rodeados de canastas siempre se sintieron a gusto y era su centro de reunión cuando no tenían que ir a clase.

En los años 80 introdujo el baloncesto en el Santa Catalina, ya que al ser un colegio femenino no se había fomentado el deporte hasta ese momento. La acogida entre las jóvenes fue inmensa y en la primera convocatoria se presentaron alrededor de 70 muchachas para formar parte de alguno de los equipos. En varias ocasiones, llegaron a participar en campeonatos de España en categoría cadete y juvenil, y en campeonatos madrileños en la categoría junior. Pepu afirma que el éxito que tuvo el baloncesto en este colegio se debió a que todas sentían que formaban parte de lo mismo. Las jugadoras veteranas se convertían en entrenadoras con el tiempo, y esto animaba a las principiantes.

Pepu Hernández dando instrucciones a sus chicas del Santa Catalina

Pepu Hernández dando instrucciones a sus chicas del Santa Catalina

En la Universidad Complutense de Madrid, Pepu empezó la carrera de periodismo por vocación pero nunca le entusiasmó asistir a las clases. Corría el año 75: «La agitación que sufría el país tras la muerte de Franco me hizo querer estar ahí, formar parte del cambio». Realizó sus prácticas en la Cadena SER, Radio Madrid e incluso en una revista de entrenadores pero a lo que realmente deseaba vincular su vida era al baloncesto. Hasta que comenzó a entrenar de manera profesional en el Club Baloncesto Estudiantes en el año 89, también dedicaba su tiempo a otros equipos: en el colegio Logos y a sus chicas del Santa Catalina.

Mientras habla de esta etapa, Pepu reconoce lo afortunado que se siente de haber encontrado su sitio en el baloncesto. Tuvo que arriesgar mucho porque lo habitual era compaginarlo con otros empleos. No es fácil hacerse con el mando de grandes equipos y afirma que ha conocido entrenadores fantásticos que no llegaron a triunfar profesionalmente. Sin embargo, apostó por este deporte y por sí mismo. «Me habría gustado que hubiese venido el Real Madrid a buscarme y poder decir que no. Pero supe que nunca llegaría a ser ese jugador. Tampoco me planteé que pudiera llegar tan lejos como entrenador. Sólo sabía que quería seguir vinculado al baloncesto y que para eso tenía que seguir ahí. Si hubiera abandonado nunca me habría llegado la inspiración, ni la oportunidad». No dejó de entrenar desde los 15 a los 55 años.

A diario, se hacía cargo de un mínimo de tres entrenamientos, llegando al último sin apenas voz. Se encargaba de preparar cada uno adaptándolo a las necesidades de los niños y de su edad. Explica que los estudiantes pasaban mucho tiempo con él, incluso más que con sus propios padres en muchos casos. «A esa edad los niños te buscan, necesitan respuestas. Pobre de aquel que sólo enseñe técnica y táctica». Cuenta entre risas que una de sus hijas, que juega al baloncesto, muchas veces no permite que le aconseje. Cada vez es más consciente del papel tan importante que él mismo ha desarrollado para muchos jóvenes. «Mi hija me dice que soy su padre y que tengo que hacer de padre. Quiere que le enseñe a jugar su entrenador».

Pepu habla con fascinación de todo lo relacionado con el deporte que le dio vida a él y a muchos otros. No puede describir la alegría que le produce fijarse en que a un niño cualquiera le ha cambiado la cara después de verle. «En Barcelona, un día me dijeron que por fin les había puesto de acuerdo a todos». Esto, sus dos hijas pequeñas –gemelas- no lo comprendían hasta hace bien poco, puesto que cuando la selección ganó el oro en el mundial de Japón ellas apenas tenían tres años. Después de aquella victoria, pasó de ser conocido sólo en Madrid y relacionado con el mundo del baloncesto, a convertirse en un personaje de reconocido prestigio con fama en diferentes partes del mundo. Con orgullo, explica que le llamaban desde diferentes programas y cadenas, y para diversas entrevistas y publicaciones que se extrapolaban fuera del aspecto deportivo. Sin embargo, afirma que valoraba el éxito porque le permitió transmitir un mensaje de valores, el mensaje del baloncesto. «Pude dar al baloncesto lo que es del baloncesto. Más que el número de victorias, me importaba conectar de forma sincera con los aficionados y con los que no lo eran, participar de ese sentimiento».

Después de su larga experiencia profesional, por encima de todo destaca la importancia de razonar con los jugadores, de no imponer. Parte de su éxito lo asocia a saber explicar el cómo pero también el por qué. «No entiendo que en ocasiones se diga que el fútbol es así. No tiene por qué ser así. El baloncesto siempre ha sido como nosotros hemos querido». Siempre ha sido detallista en su trabajo, le gustaba disfrutar del camino, se divertía planeando el juego sin preocuparse por la meta. «Lo bonito es el viaje, como suele decirse. Después, las derrotas duran mucho más que las victorias. Yo siempre he tratado de que no haya tanta diferencia entre unas y otras». Otro aspecto que pone de relieve sobre su trabajo son los mensajes claros y concisos, y aprender a diferenciar el momento adecuado. «Al igual que sucede hoy en la sociedad, tuve que buscar las palabras clave y no dar nada por supuesto. Lo inmediato surte efecto». También, subraya la importancia de la unión entre los jugadores, el cuerpo técnico, los patrocinadores, los directivos e incluso los medios, que son los que se encargan de transmitir las sensaciones y hacer vibrar al público. Además, considera de vital importancia respetar los tiempos de descanso y ocio de los jugadores, sin que prime la promoción en los medios o las campañas publicitarias. «Si no funciona eso es difícil que el equipo salga adelante. Y hay muchas veces que no se identifica rápido al que va con otras intenciones y no se toman las medidas oportunas».

Desde un punto de vista más personal, asegura que su gran aspiración como entrenador era ser justo pero que no siempre es fácil dar a cada uno lo que se merece. Al entrar en competición, se dio cuenta de que lo que en un principio tenía como prioritario pasó al séptimo lugar, y lo que tenía en décimo, pasó a ser lo primero. En dos ocasiones se retiró durante un tiempo para meditar sobre su camino, ser más consciente y poder seguir resolviendo con pasión los conflictos de su profesión. «Hay momentos que requieren reflexión pero en otros hay que tomar decisiones rápidas, y nunca sabes lo trascendentales que pueden llegar a ser para el futuro de algunos jugadores. Aun así, tengo la suerte de contar con el agradecimiento de todos ellos».

A día de hoy, mantiene una buena relación de amistad con muchos de los jugadores de la selección y está muy orgulloso de todos. No resalta la labor de ninguno en especial: «Cada uno tuvo su papel a la hora de empujar en el equipo. No hay un solo tipo de liderazgo; existe un liderazgo de opinión; uno de palabra; otro de ejemplo de trabajo. Además, con cada uno de ellos supe identificarme porque les escuché en todo momento. A mi me habría gustado estar en su lugar y me interesaban sus emociones y pensamientos». Reconoce que el trabajo de Felipe Reyes todavía le asombra ya que a sus 34 años sigue mejorando día a día. Y añade que cuando él llegó a la selección, Marc Gasol –por el que siente un cariño especial- no estaba, y le incluyeron en el equipo cuando no atravesaba un buen momento, por lo que le ayudó en lo que pudo.

Actualmente, dedica el tiempo a transmitir sus «no muchas certezas, pero sí convicciones». Ofrece charlas de motivación y trabajo en equipo a entrenadores e incluso enseña estrategias de liderazgo en muchas empresas. Le fascina cómo los valores que ha aprendido en el ámbito de lo deportivo pueden alimentar a otros sectores como el empresarial o el social. También, afirma que le gustaría volver a entrenar en categorías base en algún momento y ha apadrinado al Club Baloncesto Perales de  Getafe. Pero lo más importante para él, es que ahora dedica más tiempo a su familia,  antes decía «sí» a todo y ahora sabe lo que quiere hacer y puede hacerlo. Las únicas asignaturas que tiene pendientes son la música y la actuación. Pero sobre todo, le habría gustado ejercer como profesor –en cierta medida ha sido así- porque todavía sigue recordando las enseñanzas de muchos de sus profesores a los que da un valor extraordinario hoy en día.

Como recomendación para alcanzar triunfos, Pepu tiene claro que no hay que repetirse una y otra vez que se va a hacer algo, simplemente hay que hacerlo. Según sus palabras, es importante la formación, pero mucho más la insistencia y la voluntad, y un criterio que sostenga cómo se van a conseguir nuestros objetivos y dónde nos vamos a apoyar. Así piensa un hombre que no se arrepiente de nada, que por arriesgar y sin pretenderlo consiguió hacer vibrar a toda España. Este es su consejo, que más que una opinión, es una ciencia: «El éxito no es un objetivo, es una consecuencia».

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Texto por: María González Rodríguez

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