La cálida compañía de un bocadillo en la calle


En España viven 40.000 personas sin hogar. Pasan por un proceso traumático: nadie quiere vivir en la calle. En su contra tienen un halo de prejuicios que no se consigue eliminar

«Estaba lloviendo, el lunes. Yo estaba de cuclillas al lado del banco en el que dormía y le dije que ya me iba a ir. Y cuando me levanté me dijo: “¡Ey, espera! Por favor, ¿me arropas los pies? Es que se me están mojando…” Al mirarle, vi que la manta le llegaba por los tobillos».

 

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Un voluntario de Bokatas y un hombre sin techo echan un pulso / Foto: Bokatas

Paz Villanueva es madrileña, tiene 25 años y trabaja como voluntaria y directora de Comunicación de Bokatas, una asociación que acompaña muchas noches a personas sin hogar de Madrid. Ninguna pasa hambre, «lo del bocadillo es una excusa», comenta Villanueva sin dejar de sonreír. «Se trata de acompañarles en su mierda, de apoyarles anímicamente».

Es miércoles y toca ruta (como los martes y domingos). Sobre las 20.30h, alrededor de treinta voluntarios se reúnen en la sede de Fernando el Católico para preparar los bocatas y el caldo caliente. De ahí comienza un camino que les llevará unas dos horas. Tienen localizados a cada uno de los sin techo que duermen en la calle en este barrio –Chamberí–, donde hay unos 40. Es una noche lluviosa y todavía hace frío. «Cuando nos volvemos a casa, ellos siguen ahí… Es duro, pero verles tan contentos cuando están con nosotros es algo inexplicable», cuenta la coordinadora. A las 22.30h acaba la ruta, pero dos de los chicos se quedan a terminar la partida de mus con las personas sin hogar a las que han hecho compañía esa noche.

La organización está formada por 450 voluntarios que se reparten entre Madrid, Valencia y Zaragoza. Ninguno tiene nómina en Bokatas, colaboran «porque quieren». De hecho, en Madrid, la asociación está «saturada» de gente que quiere ayudar. Por eso, señala Villanueva, «hay mucha rotación de voluntarios». Se dividen por barrios, y en cada uno hay listas de espera para poder entrar en un equipo. La media de edad ronda los 24-25 años. La joven señala que destinan muchos recursos a la formación, «el tono» con el que se dirigen a alguien que vive en la calle se cuida mucho, «es muy importante».

En las frías noches madrileñas, los voluntarios arropan a cientos de personas que duermen en la calle / Bokatas

Hay un detalle esencial, explica la madrileña: les llaman por su nombre. «Nadie lo hace. Y tampoco les hablamos con lástima. Si le han robado a alguien la manta no le decimos “jo, qué pena, te han robado la manta”. Le decimos: “Macho, ¿pero cómo dejas que te roben la manta?” El otro día vi a uno que le habían dado un suéter rosa y le dije: “Tío, pero qué haces, ¡pareces maricón!” Eso te acerca, se sienten más humanos», cuenta entre risas.

Bokatas organiza partidos de fútbol con los sin techo, les llevan al cine o de excursión, montan mercadillos gratuitos… Además, la asociación tiene un centro de día «muy acogedor» en el que siempre hay gente, ponen música y «hay buen rollo», puntualiza Villanueva. Esta destaca un problema que tienen las ONG convencionales, que facilitan casas de acogida muy frías y que además no tienen ningún tipo de distinción de grupos de personas sin hogar. «Alguien que acaba de llegar a la calle no tiene ganas de meterse en una habitación con un montón de personas que tienen, muchas de ellas, adicciones y que pueden no estar bien de la cabeza».

«Soy yo el que tiene miedo de vosotros»

Según un informe elaborado por Hatento (una organización-observatorio de delitos de odio), cada cinco días muere una persona sin hogar en España. Una de cada cuatro de esas muertes es por problemas de odio, por agresiones que cometen contra ellos. «Soy yo el que tiene miedo de vosotros», le dijo a Paz Villanueva uno de los hombres con los que trata de conversar cuando sale de noche. «Esta gente se siente como si fuera un fantasma para la sociedad, ve que se apartan de ellos, que les tienen miedo. «Una vez, en una comunidad, los bomberos pasaron la manguera a saco por donde estaban ellos, porque pensaron que ensuciaban la ciudad. A una chica, hace unos meses, la quemaron en un cajero en Valencia», lamenta la madrileña.

No es tan «difícil», explica la voluntaria, que una persona se quede en la calle. «Una persona normal, en un período de 100 años, puede vivir entre siete y ocho sucesos traumáticos, pero, cuando le pasa algo, lo puede reponer con otros frentes. Una separación, un conflicto laboral… Si tiene esos apoyos, sale adelante. Sin embargo, una persona acaba en la calle cuando estos sucesos traumáticos se desencadenan en un período de dos o tres años y no tiene en qué apoyarse», señala.

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Voluntarios y personas sin hogar juegan al parchís en el Centro de Acompañamiento de la asociación / Bokatas

«Este es el caso de una persona que vive en Colón: trabajaba en una multinacional de refrescos muy conocida, tenía una pareja y una hija. La hija muere por una enfermedad rara, no lo pueden sobrellevar juntos, ella se vuelve medio loca, se queda con la casa, le echa y le empieza a hacer la vida imposible. Él empieza a rendir mal en el trabajo, está agobiado, con ansiedad, no le apetece estar con gente… Ella ataca mucho a su zona de contactos, y al final le echan del trabajo y se da a la bebida. Se va a casa de un primo suyo a vivir durante un tiempo porque no tiene dónde vivir, y como se siente agobiado de ser una carga para él se viene a Madrid. Llega a Madrid en el bus y se queda en la calle directamente».

«No me sé los cumpleaños de mi familia, pero los de las personas sin hogar sí. Parece una tontería, pero tú apareces con una tarta el día de su cumpleaños y esa persona ya se ha sentido querida para todo el año» –Paz Villanueva.

La joven responsable admite que a veces «es un voluntariado desierto», pues no se ven los resultados y puede que a las mismas personas que están viendo cada lunes, de repente, se vayan a su ciudad o desaparezcan sin más. Como no tienen móvil, quizá ya no vuelvan a saber más de esa persona. Es posible que aparezcan otra vez sin previo aviso. «Nuestra función es ponernos al lado y darles la mano. Yo siempre estoy con la mano abierta, para que en el momento en el que él quiera, con total libertad y cuando se sienta cómodo, la coja».

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Un equipo de Bokatas con una de las personas sin hogar, en una excursión a Aranjuez / Bokatas

 

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