Carole Alfarah: «Los sirios hemos perdido nuestro rostro»


La artista siria ha centrado su obra en reflejar el sufrimiento de su pueblo desde una perspectiva humana, que se aleja de la fotografía de guerra tradicional
Carole Alfarah

Retrato de Carole Alfarah. Foto: Isabel Permuy

Carole Alfarah (Damasco, 1981) se levanta todos los días sonriendo, aunque hay muchas noches que se acuesta llorando. Es algo que no puede controlar. Su nombre, Alfarah, significa alegría en árabe. Desde que empezó la guerra en Siria ha sufrido mucho, ha estado al borde de la destrucción. Odia la violencia desde niña, cuando no era capaz de ver películas de terror. Pero un día se encontró el horror en la calle, al lado de su casa. Desde entonces lucha contra los demonios que rodean Damasco y que la persiguieron hasta Barcelona, a la que llegó en 2012.

Durante la conversación, en una cafetería en Goya, Carole me mira fijamente a los ojos. Rebosan vitalidad. Cuando se para a recordar se lleva las manos al estómago. Todavía le afectan las imágenes de la barbarie. Carole es fotógrafa documental en Siria, toda una declaración de intenciones. Se fue de su país por la guerra, pero ha vuelto para retratar el sufrimiento desde una perspectiva diferente. Ahora expone en la Casa Árabe de Madrid su trabajo «Wa habibi (Oh, mi amor)», una muestra sobre el conflicto sirio que se sale de los cánones de la fotografía de guerra. La exposición afronta su último fin de semana en la capital.

¿Cómo fue el momento en que os tuvisteis que ir de Damasco?

En un principio yo no quería salir de Siria. La decisión fue de mi padre, que pensaba en lo mejor para la familia. «Si amamos este país tenemos que irnos de aquí», nos dijo. Salimos el 23 de diciembre de 2012. Fuimos a Beirut, donde estuvimos un día. Después cogimos un avión a Estambul y de ahí otro directo a Barcelona.

Hicimos la maleta como si nos fuéramos a un viaje de dos semanas, de vacaciones. Cada uno se preparó su pequeño equipaje. Dejamos la casa tal y como estaba y como todavía sigue estando. Cuando llegamos a España mi hermana nos dijo que nos vio horribles. Habíamos perdido mucho peso, pero no por la falta de alimento. Fue por el sufrimiento y el estrés. Había días en los que no era capaz de comer nada. Cuando ves a gente muerta, sus cuerpos cortados y quemados en la calle, no puedes comer carne. Estuve muchos meses sin probarla. Ver toda esa violencia en un país que tenía paz, en Damasco, que estaba entre las diez capitales del mundo entero más pacíficas, me dejó en shock. Tardé un año en entender qué pasaba en Siria. Cuando llegué a España estaba destrozada. No quería hacer turismo ni salir de casa ni aprender español. Estuve muy metida en Siria desde Barcelona. Mi cuerpo estaba en España, pero mi alma estaba en Siria. Por eso volví tantas veces con la excusa del trabajo.

¿Cuántas veces has vuelto desde entonces?

Volví por primera vez en abril de 2013, cuatro meses después de llegar a España. Después volví varias veces ese mismo año y en 2014. Mi último viaje fue el año pasado en 2015. Cuando iba nunca quería volver. Ahora, sin embargo, he decidido no regresar hasta que termine la guerra, porque no estoy ayudando allí. Es muy peligroso. Te pueden matar o secuestrar. No puedes saber quién puede cogerte.

Además, para mí cada regreso era un poco como una tortura. Yo me conecto mucho con toda la gente que veo y conozco. Cuando cierro los ojos para dormir tardo dos o tres horas en hacerlo, porque hay un sinfín de imágenes dentro de mí. Todo el material que tengo en mi cámara es como mucho el 30% de lo que he visto. Es muy duro recordar todo eso. Por esa razón decidí que no voy a volver hasta el final de la guerra. Ya no tengo energía para hacerlo. Estuve devastada. Desde hace un mes me siento un poco más fuerte, un poco más como la Carole antes del conflicto.

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¿Qué fue lo que más te impactó la primera vez que regresaste a Siria?

Lo peor fue que no pude ir a mi casa. No dormí allí. Dormí en muchos sitios pero no en mi casa. Entré por Damasco y el primer impacto fue ver el punto de control. No sabía cómo reaccionar. Yo no tenía la costumbre de ver al ejército en la calle. Todas las rutas que conocía estaban cerradas por personas vestidas de militar y con armas. Cogí un coche y el conductor me dijo que no podía sonreír ni hacer ningún gesto que pudiera ser usado en mi contra. Pero pusimos la radio y sonó una canción de Feiruz muy nostálgica que hablaba de su país de origen. Rompí a llorar. Pero tenía que reprimir mis lágrimas para pasar el control.

Las calles eran las calles pero habían cambiado mucho. Lloraba por todo. Fue muy difícil. Además, no estaba en Siria por mí, sino para trabajar. Tenía que colaborar con una ONG que ayudaba a personas desplazadas dentro del país. Tenía que ser fuerte y profesional. Tenía que escucharles y decir «todo va a salir bien». Pero estaba destrozada. Fue en abril de 2013. Llevaba cuatro meses sin ver mi país.

Cada vez que vuelvo a Siria todo cambia. Las personas no son las mismas. Hay muchos que no son sirios en el país. Y no sabes con quién puedes hablar y con quién no. Mis mejores amigos habían salido de Siria. Había momentos en los que sentía que mi país no era mi país.

El título de la exposición, «Wa habibi (Oh, mi amor)», parece un canto al cariño que sientes por tu país. ¿Cómo era la Siria de tu infancia, a la que quieres volver?

Yo tengo una relación de amor con mi país. Mi historia con Siria, y con Damasco, mi ciudad, es el romance que todos tenemos con nuestras primeras veces. La primera vez de cada cosa que he hecho en mi vida está en Damasco. Desde el primer amor hasta la primera guerra. Allí he visto las cosas más bonitas y las más feas. Eso es irrepetible e insustituible. Yo considero Damasco casi como una persona, siento que me escucha cuando hablo, que tiene sus secretos.

A Damasco le llaman «la ciudad de los jazmines»

Yo siempre tengo un jazmín conmigo. Incluso ahora, aquí en Madrid, tengo un jazmín. En mi casa tenemos un patio que está rodeado de jazmín. También hay un limonero. En primavera, cuando florecen, hay un olor a vida increíble. Es una mezcla que merece un perfume.

¿Has podido volver a tu casa?

El año pasado volví para eso. Fue una misión muy loca. Solo pude estar 48 horas. Cuando entré no había electricidad, pero estaba tan feliz que no me importó. Yo soy una persona feliz. El mundo se está destruyendo y me duermo casi llorando, pero siempre me levanto feliz. No sé por qué. Aunque después entiendo lo que está pasando y mi rostro cambia.

Entré a mi casa como un ladrón. Sin hacer ruido. Era mi casa, pero parecía que no. Me duele mucho decir esto. Pasé horas dentro, en mi dormitorio. Todo estaba lleno de polvo. Y yo tengo alergia al polvo. No había luz, pero miraba todos los detalles. Estaba todo como lo había dejado. Casi no se distinguían las formas, pero podía verlo. Vislumbraba las líneas de los muebles y me sentía feliz. En ese momento solo quería que todo terminase y poder quedarme en casa para siempre. No había electricidad ni Internet pero deseaba estar allí para siempre. Tenía una sensación de paz. Pero la paz no existía, solo estaba en mi corazón.

¿Hiciste alguna foto?

Hice una con el móvil a otra foto que tenía encima de mi cómoda. Era una imagen muy antigua, de cuando tenía ocho años. No la moví. La dejé allí, encima de un mantel que solía ser blanco y que ahora estaba cubierto de suciedad. En la fotografía que tomé puede verse incluso un pelo. No cambié nada. Quiero volver y verlo igual, con todos los detalles. Quiero saber que nadie ha entrado allí.

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Cuando todo acabe, ¿cuál sería la foto que querrías tomar de Siria?

No sé que foto voy a hacer, pero tendrá la fecha grabada. Estoy segura de que la guerra va a acabar, pero no sé cómo. Estoy en un momento en el que no confío en las políticas que se están llevando a cabo. Quiero hacer una foto en el tiempo, en el tiempo de la paz. No me importa la imagen concreta, sino la paz. Yo siempre trabajo así. Me voy al sitio y retrato lo que veo, no me imagino nada antes.

Hay una imagen de tu muestra que no puedo sacarme de la cabeza. Esa en la que fotografías un charco de sangre en el que también hay una colilla. Al lado de la obra escribes: «¿Es que nuestra sangre ha perdido su valor?». Parece que el sufrimiento se ha vuelto tan común que no reparamos en él. ¿Cómo llegaste a esta fotografía?

Voy a responder a tu pregunta indirectamente. La de Siria es la primera guerra de la que soy testigo. Había leído sobre muchas guerras y visto más en el cine y en las noticias, pero esta me ha tocado vivirla. Todas las imágenes que se han publicado muestran una guerra brutal. Son fotos llenas de sangre y violencia. Si te acuerdas del primer año del conflicto sirio las imágenes y los vídeos que estaban en los medios tenían una alerta por contenido violento. Hay muchas gente que no las quería ver y otras que querían ver toda esta violencia. Así los sirios hemos perdido nuestro rostro, siempre gritando y lleno de sangre.

Yo conozco muy bien mi país y además nunca me ha atraído la violencia. Desde que soy niña nunca he querido ver películas de terror. Nunca he querido ver imágenes violentas, pero con la guerra en Siria no he tenido otra opción. Esta violencia es real, estaba en mi día a día. Pero no quería solo hacer fotos de los bombardeos o de las explosiones. Ahí la gente no está en su mejor momento y no tienen su dignidad completa. Quería ir más allá de los rostros llenos de sangre, que sí, son fotos muy importantes, pero ya se habían hecho y de algún modo habían dejado de tener efecto. A mí me atraía otra cosa. Así que elegí hacer la otra foto, la que está detrás y después de esos momentos trágicos que relatan las noticias.

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Para enseñar lo que estaba pasando durante la guerra fue suficiente con mostrar un charco de sangre. No necesitaba enseñar los cuerpos. Al lado de este charco había varios fallecidos. Pero para mí esta imagen es más filosófica y lleva más a la reflexión. Después de ver mis imágenes, dos años después, ese cigarrillo despertó en mí ese pensamiento: nuestra sangre ya no importa. Lo que está pasando parece que ya no importa.

Cuando la gente ve imágenes muy fuertes con mucha violencia terminan por acostumbrarse a esta barbarie y no reflexionan sobre ella. Se acostumbran. Piensan que es normal que la gente muera en Siria. Pero la sangre del suelo podría ser de cualquier persona.

Ese es el enfoque de la exposición

Cuando yo me pregunto qué es lo que quiero contar pienso en hablar de lo que no están hablando. Quería narrar las historias de mi gente. Pero desde otro punto de vista, ese que está al lado del foco de atención mediático.

En el tríptico de la muestra dices que tu profesión es poco común en Siria. ¿Cómo decidiste que querías ser fotógrafa?

Durante mi juventud, con 19 años, estaba descubriendo el mundo en general. Yo tenía demasiada energía, hacía de todo. Ahora soy más tranquila, en parte por esta guerra que me ha cambiado por completo. Estaba estudiando francés en el centro cultural francés de Damasco y había un club de fotografía. Ahí la descubrí. Éramos muy pocos, pero teníamos un cuarto oscuro para el revelado. Me fascinaba. Yo quería hacer fotos solo por el placer revelarlas. Pero para eso necesitaba imágenes. Tenía una Canon analógica. Me la había regalado mi padre. Empecé a hacer fotos y entonces me di cuenta de que era la única cosa que quería hacer en la vida. Me enamoré de la fotografía. Tenía la sensación de que la gente no me observaba a mí, sino a mi cámara. Me encantaba esa sensación. Antes la gente me miraba mucho. Era una mujer joven y sola en la calle. Me decían cosas. Pero cuando tenía la cámara se pensaban que era extranjera. Me hablaban en inglés. Me encantaba. Me volvía transparente.

Este fue mi primer encuentro con la fotografía. Luego fui a Bruselas. Mi padre me dijo que fuera allí a comprobar si podía convertir mi pasión en una profesión. Fue un reto que me puso. En Bélgica conseguí un trabajo como asistente de fotografía de moda. Siempre había tenido interés por la belleza. Pero entonces descubrí que no me gustaba nada. Era todo artificial. Yo necesitaba hacer mis proyectos. No quería trabajar para ganar dinero, sino ganar dinero para hacer mis proyectos.

Volví a Siria para convertirme en fotógrafa independiente, una profesión que no existía en el país. Ahora con la guerra sí hay muchos fotógrafos, pero esto es algo que se ha desarrollado con el conflicto. Entonces mandé mi portfolio a algunos periódicos y un editor jefe, que había estado en Estados Unidos, se fijó en mí y me contrató como freelance. Esto fue entre 2007 y 2008.

Mi gran oportunidad llegó en 2008, cuando Damasco fue la capital de la cultura del mundo árabe. Yo fui la fotógrafa oficial de este evento. Así conecté con el mundo de la fotografía internacional. Al año siguiente descubrí el universo del storytelling, del photo essay y de las photo stories. Decidí que quería hacer eso. Siempre he guiado mi vida así, probando todo lo que he podido para decidir qué es lo que me gusta. Es mi manera de hacer las cosas. No soy de las que imitan a la gente que tiene éxito. El éxito no es mi objetivo. Soy más espontánea.

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¿Has tenido problemas por ser fotógrafa y mujer en Siria?

Es complicado, como todo. Fue difícil para mi familia aceptar que yo fuese fotógrafa. Hay días en los que mi madre todavía reza porque tenga otra profesión. En cuanto a la sociedad, me hice un nombre respetado como fotógrafa seria. Pero fue duro. Tuve que hacer mi lucha particular para hacerme un hueco en una profesión que casi no existía. Era difícil ser fotógrafo documental en Siria fueras hombre o mujer. No había esa cultura y había problemas para trabajar.

En cuanto a ser mujer, es triste decirlo, pero tuve algunos problemas con mis compañeros fotógrafos. Al principio siempre me intentaban empujar y quitarme el sitio durante los eventos públicos. Mi primera reacción fue hacerme respetar. «Hay sitio para todos» les decía. Así hasta que me respetaron.

Entre las fotos de la muestra, hay una imagen de Cristo en una habitación. ¿Qué supone la religión en tu vida y cómo te ha ayudado en la guerra?

He tenido muchas experiencias en mi vida y la fe es una de ellas. Para mí es algo muy personal. Al mismo tiempo que nació mi amor por la fotografía alcancé la fe. Yo nací en una familia cristiana. Pero mi relación con Dios llegó más tarde. Estaba en Bélgica estudiando fotografía y pasaba todo el tiempo entre el laboratorio de revelado y la iglesia. La Iglesia era el lugar más cálido en una ciudad fría. La primera vez solo entré para sentarme. Pero entonces empecé a leer el evangelio y a conocer a Dios. Fue una experiencia muy espiritual.

Mi fe me ha ayudado muchas veces durante la guerra en Siria. Hay un día en especial. Yo estaba en Daraa, donde empezó la revolución. Y fui a lugares que eran muy peligrosos. Ese día escapé de la muerte tres veces. Fueron tres milagros de los que estoy convencida.

Además, la oración me ha ayudado mucho. Hacer fotos es una pasión, una profesión y una misión. Mi fe como cristiana se mezcla con mi profesión como fotógrafa. Yo creo que Dios tiene el poder de parar la guerra. Cada día rezo por todas las personas que vi en Siria. Para todos ellos. Gracias a Dios estoy viva. Gracias a Dios mi familia y yo hemos sobrevivido a la guerra. Y por él sigo mi trabajo.

Acabas de ganar una beca IWMF para desarrollar un proyecto de nuevas narrativas. ¿Sobre qué tratará?

Es un proyecto multimedia que empecé en febrero. Trata sobre la nueva vida de los refugiados en los países europeos. Desde diciembre del año pasado han muerto muchas personas en el mar entrando en Europa. Los periodistas se volcaron para cubrirlo. Pero el tratamiento era muy similar y las imágenes han terminado por convertirse en «normales». Personas sufriendo en las fronteras de Europa. El ser humano tiene una memoria tan limitada  que se olvida de todo cuando deja de ser noticia. Quiero hablar de ese tema desde el otro lado, desde el interior de Europa. Quiero contar historias individuales de refugiados sirios que llevan más de un año en países europeos. Me centraré Dinamarca, Suecia, Alemania y España. Quiero poner rostro al número de millones de refugiados sirios. Quiero poner en contacto a Europa con ellos, enseñar su nueva vida, que sepan quiénes son. Somos gente normal que hemos pasado una guerra. Somos gente muy positiva. Queremos la vida. Queremos trabajar. Queremos tener una existencia normal, disfrutar de la vida. Y es lo que no sabe la gente, porque siempre nos ven llorando, sufriendo. Ojalá este trabajo pueda tocar a la gente con poder para cambiar la política de refugiados en Europa.

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Texto por: Bruno Pardo Porto

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