Musulmanas y feministas: vivir entre dos fuegos


Un grupo de feministas musulmanas contribuye a deshacer los tópicos y los prejuicios existentes respecto al papel de la mujer en la religión islámica.
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Fatima al-Fihri(800-880), fundadora de la Universidad de Qarawiyyin, la primera del mundo

Sana Elimhali tuvo un sueño. Soñó que, mientras dormía, una ráfaga de aire abría la ventana de su habitación y la despertaba. Se sentó en la cama y notó que había alguien sentado a su lado. Era su abuela: «Estoy aquí para ayudarte». Le habló de Aisha, mujer de Mahoma -«que la paz y las bendiciones sean con él», repite como una letanía cada vez que menta al profeta-; y de Jadiya, la madre del Islam. Se abrió la puerta de la habitación y entró Fátima al-Fihri, que fundó en Fez (Marruecos) la primera universidad del mundo, de la mano de Fátima Mernissi, pionera del feminismo musulmán. Se unieron a la reunión Amina Tyler, Natalia Andújar y Wasyla Tamzali. Entre todas le dejaron clara una cosa: «Si los reaccionarios del mundo islámico quieren meterse con las mujeres, que lo hagan directamente, pero que no recurran al profeta».

Y todo cuando Sana, hoy trabajadora social de 35 años, se preguntaba quién era, de dónde era (nacida en Madrid, de ascendencia marroquí) y qué pasaba en el Islam con las mujeres. E igual que le sucedió a Rozío Castillo, a Fátima Bourhim y a Rut Barroso, empezó a transitar por el fatigoso camino del feminismo islámico. Una guerra abierta en todos los frentes, con múltiples y diversos enemigos -musulmanes y laicos, a derecha y a izquierda- conjurados para negar su existencia incluso en el mundo de las ideas («feminismo islámico es un oxímoron», es la más recurrente de las acusaciones). El local de la AA.VV. de Tetuán se llenó para escuchar el testimonio de estas cuatro mujeres.

El oxímoron que resulta no serlo

La corriente feminista islámica empezó a tomar forma en la década de los 90 entre un grupo de intelectuales iraníes. Nacida como una corriente reformista centrada en el Islam, recurre a la itijihad (libre interpretación, análisis independiente) de los textos religiosos para reivindicar una lectura no patriarcal de los mismos. Enfatizan el origen social y político de la desigualdad y rechazan la instrumentalización del Islam como forma de perpetuarla. Aclaran que el feminismo islámico no se ciñe únicamente a las fuentes religiosas, sino que también está abierto a aportaciones seculares. El feminismo, defienden, es plural y se articula de manera distinta en cada contexto social, por eso no consideran contradictoria la existencia del feminismo musulmán.

Rozío, nacida en un minúsculo pueblo granadino, sobrevive como profesora de francés en Madrid. Cubre su melena con un pañuelo de hechicera y habla con un acento andalusí que le hacen parecer recién llegada de la Córdoba de Averroes. «La dicotomía Oriente-Occidente es una distinción ideológica, ficticia. Occidente crea un “otro” sobre el que proyecta todo lo que no quiere para sí: fanatismo, violencia, machismo…». Fátima (21 años, estudiante de Fisioterapia) coincide con su compañera, y apunta a los medios de comunicación como responsables de generar estereotipos sobre los musulmanes. Cuentan cómo los días que siguen a un atentado del Daesh (en Europa, claro) el ambiente se vuelve irrespirable para ellas.

«Yo no salgo a la calle por si alguien me insulta o me empuja a las vías del tren» -en referencia a lo ocurrido en Londres a los pocos días de los ataques terroristas en París- explica Fatima, «la gente te mira mal en el metro. Yo prefiero mirar hacia abajo. Se preguntan qué llevarás en esa mochila”. Rut Barroso comprende las sospechas: «Yo seguramente también los sentiría si mi búsqueda espiritual no me hubiese traído hasta aquí». A pesar de todo, cree que «España no es un país islamófobo».

Nacida en una familia católica, Rut hace gala de una energía inaudita y de una ilusión arrolladora. Luce un pañuelo estampado con hojas y frambuesas que desmiente esa visión del Islam como una religión plomiza, grisácea. «Para mí el Islam llegó como una liberación. Yo había tenido una vida muy fácil, en la que me lo daban todo hecho, y fue al hacerme musulmana cuando empecé a buscar la excelencia en todo lo que hacía». Hubo un versículo del Corán que la marcó a fuego: «no existe coacción en la práctica de la adoración».

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De izquierda a derecha, Fátima Bourhim, Elena de Andrés Suárez, Rut Barroso y Rozío Castillo

Cubrirse para liberarse

Y a propósito de la coacción, el velo. Todas lo llevan. Es el principal caballo de batalla de las feministas musulmanas, que se enfrentan tanto a la opresión patriarcal en el seno de sus comunidades como al paternalismo occidental que pretende rescatarlas. «¿Te han obligado a llevarlo?» es la pregunta que siempre les hacen, aunque muchos no esperan a que contesten y dan por hecho que la respuesta es sí.

Atacan con dureza el estereotipo de la mujer musulmana como una mujer sumisa; la actitud de tantas feministas en Occidente que piensan «pobrecillas, vamos a ayudarlas» y que quieren hablar en su nombre. Fátima empezó a usar velo con 18 años y nunca la han obligado: «Opté por cubrirme como una forma de liberarme». Piensan que también las mujeres occidentales transigen con ciertas normas de vestuario impuestas por el patriarcado y no parecen tener interés en prohibirlas, como sí ha sucedido en Francia con el burkini.

Su lucha de cada día es la de poder ser mujeres musulmanas, con todo lo que cada uno de los términos implica. Ser mujeres libres, sin someterse al control de los varones ni ser víctimas de leyes discriminatorias. Y ser musulmanas, con su velo y su idiosincrasia, que las distingue del hombre musulmán.

El Corán rubrica: «Y en todo hemos creado opuestos, para que tengáis presente que sólo Dios es Uno».

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Texto por: Bernardo Álvarez-Villar

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