Los ecos del franquismo retumban en Moncloa


Además del Arco de la Victoria, algunos autores remarcan la permanencia de construcciones concebidas para satisfacer voluntades del régimen
Foto: Ignacio Gil

Foto: Ignacio Gil

En la desembocadura de la autovía A-6 en Madrid los viajeros que visitan por primera vez la capital repararán en lo imponente del paisaje que los recibe. De frente, en primer plano, el monumental Arco de la Victoria. Nada más pisar la ciudad, a la derecha, el ostentoso Ejército del Aire. A la izquierda, algo más escondido que sus dos hermanos mayores, la boyante sede del actual Distrito Moncloa-Aravaca. Además de por lo impactante de su estructura, los tres tienen algo en común: son construcciones cuyo origen bebe de la ideología franquista.

El proyecto para construir el Arco de la Victoria salió en 1942 con el objetivo de crear un monumento conmemorativo del triunfo de las tropas golpistas en la toma de Madrid de 1939, cuando la Guerra Civil daba sus últimos coletazos. El que la zona sobre la que se edificó hubiera sido escenario de la batalla y que la Ciudad Universitaria estuviese siendo sujeta a una reorganización estructural facilitó la concreción del plan. Con el conflicto armado ya lejano los círculos universitarios le dedican, no sin cierta inquina, el sobrenombre de ­«el laurel de Paco».

«Aquí estamos resguardados del frío y la lluvia, hay mucho espacio para patinar y nadie nos dice nada», proclama un puñado de estudiantes de Historia que se arremolina bajo el monumento para compartir unas cervezas y practicar algunos trucos con el monopatín. Al menos estos conocen el significado de la construcción que los ampara: hasta diez grupos de jóvenes estudiantes que paseaban en el mismo momento por las inmediaciones del lugar niegan saber la historia de tamaña obra.

Que se desconozca el motivo del arco, e incluso se olvide su existencia, es el objetivo que persiguen desde hace años numerosas agrupaciones de carácter político. A principios de año Compromís pidió la demolición del monumento por atentar «contra la memoria de las víctimas del golpe militar». En 2004 se planteó que pasase a llamarse el Arco de la Concordia. A ambos lados luce unas inscripciones en latín que en 2010 Izquierda Unida pidió retirar: «Fundada por la generosidad del Rey / Restaurada por el Caudillo de los Españoles / La sede de los estudios matritenses / florece en la presencia de Dios»; y «A los ejércitos, aquí victoriosos / la inteligencia / que siempre es vencedora / dedico este monumento».

La plataforma de participación ciudadana promovida por Ahora Madrid en la capital, Decide Madrid, recogía una propuesta denominada «Eliminación de estatuas y monumentos franquistas», cuya descripción reza así: «Habría que eliminar el Arco de la Victoria de Moncloa, la estatua a Calvo Sotelo de la Plaza de Castilla, el obelisco con águila de la plaza Moncloa y muchos carteles de Falange y escudos franquistas». La iniciativa requería 27.064 votos para salir adelante. Se archivó hace un par de días con 1664: un 6,1 por ciento.

Ángel de la Cruz, profesor de la UCM experto en comunicación política, decía esto del Arco de la Victoria en un artículo escrito recientemente en Diagonal: «Por esencia, constituye el monumento con mayor simbología fascista de Europa que aún sigue en pie». En su camino se había planificado incluir un monumento a los caídos: el edificio que hoy ocupa la junta municipal del distrito Moncloa-Aravaca. Comenzó a construirse en 1954, y recibió por nombre «Caídos por Dios y por España».

Foto: Ayuntamiento

Foto: Ayuntamiento

El actual Ejército del Aire fue concebido como Ministerio del Aire, la cartera de gobierno que durante la dictadura franquista se encargaba de gestionar la aviación civil y militar. No se constituyó como lo que hoy es hasta que en 1977 Adolfo Suárez decidió juntar los tres cuerpos de entonces (Aire, Ejército y Marina) en el Ministerio de Defensa.

Ladrillo, piedra, pizarra

El libro «Construyendo Imperio: Guía de la arquitectura franquista en el Madrid de la posguerra» (Ediciones La librería), de David Pallol, reflexiona sobre el sentido que tomó la arquitectura tras la victoria golpista: «En la nueva España ya no había espacio para el gusto personal. Las formas arquitectónicas debían derivar de las políticas. Y ser convenientemente utilizadas para transmitir la idea de una España pura y eterna». Así, los patrones arquitectónicos prefijados por el régimen fueron utilizados como un medio más por el que adoctrinar, inundando el callejero nacional de monumentos implícitos a favor de un movimiento ideológico.

La obra de Pallol ofrece además una interpretación curiosa del estilo arquitectónico que se promovía en la época. La recoge en palabras del arquitecto Ernesto Giménez Caballero, quien en 1944 señaló al ladrillo, la piedra y la pizarra como ingredientes básicos de cualquier construcción franquista que se preciase. El modus operandi consistía en rodear el ladrillo de piedra, de manera que simbolizase al pueblo llano (ladrillo) sometido ante los que mandan (piedra). La pizarra, apunta Pallol, «se reservaba para coronar las construcciones». Como ejemplos en Moncloa, el autor utiliza el Colegio Mayor CEU San Pablo, el Museo de América o el Ejército del Aire.

Otro libro, «Simbología franquista en la Ciudad Universitaria de Madrid», de Marcelo Posca, Antonieta Moreno y Miguel Ángel Rego, incluye en el saco de construcciones con reminiscencias fascistas aún vivas edificaciones como el antiguo Rectorado de la Complutense —se refiere a su forma de cruz católica— o la residencia para profesores situada en Cristo Rey —de la que dice que acogió a un buen puñado de docentes y catedráticos de ideología afín al franquismo—.

Mientras gran parte de la arquitectura engendrada con Franco en el poder pervive hoy en el seno de nuestra cotidianidad, lo habitual en las calles es que se mantenga el desconocimiento en torno a lo que ésta representa. Con unas construcciones rehabilitadas para nuevas finalidades y otras aún anquilosadas en su concepción primigenia, la huella de nuestra historia sigue candente. Moncloa es solo una pequeña muestra.

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Texto por: Alejandro Díaz-Agero

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