Bares clandestinos: el ocio secreto de Madrid


La trastienda de una mercería, los aseos de un hotel de lujo o lo que parece una simple taberna de comida japonesa emulan los tiempos de la Ley Seca

Por Marcelino Abad y Raquel Fernández-Novoa

Mientras que lo clandestino entusiasma, lo conocido aburre. Al menos eso es lo que se dice en algunos locales del centro de Madrid. Ocultos para la mayoría de transeúntes, hacen las delicias de todo hedonista. Son los «speakeasies»: bares que imitan la estética de los establecimientos estadounidenses en los que se vendía alcohol de contrabando durante la Ley Seca.

La trastienda de una mercería, los aseos de un hotel de lujo o lo que parece una simple taberna de comida japonesa son la vía de entrada a espacios donde unos pocos disfrutan de bebidas eclécticas, espectáculos teatrales o delicatessen traídas de los lugares más recónditos del mundo. He aquí varias propuestas.

MEDIAS PURI: EL SECRETO MEJOR GUARDADO DE LA CAPITAL

Puri es una mujer normal que está a punto de abrir un negocio fuera de lo normal: Medias Puri. En los bajos del Teatro Nuevo Apolo venderá la lencería más fina de la capital, pero no para todos los públicos. Como dice, «las mejores medias son las que te pones a las tres de la mañana». Por eso, su tienda abrirá los fines de semana en torno a la medianoche y cerrará con la llegada del día.

El secreto mejor guardado de la «mercería» se esconde en la trastienda: una pasarela de medias de red, encaje y rejilla que conduce a un «show club clandestino». «Se trata de un espectáculo teatral que ocurre en una discoteca. Ofrecemos una experiencia distinta a lo que es salir de copas», explica Iñaki Fernández, de la productora de The Hole, y creador de Puri. «Desde que el público entra en el local, que imita una tienda de medias antigua, se encuentra con actores que hacen sesiones de microteatro o camareros que de repente se suben a la barra del bar y empiezan a cantar o a hacer acrobacias. Y todo mientras la gente baila y se divierte».

Photo: Lighuen Desanto

Ensayo de la «Divina Comedia» de Dante  Foto: Lighuen Desanto

Para ello, el espacio cuenta con tres salas: la central, que baja a los infiernos de la «Divina Comedia» de Dante con actuaciones en vivo y una combinación de música electrónica y rock & roll; otra destinada al mejor soul y R&B -género que mezcla hip hop, pop y funk-; y la última especializada en música de los años 80. Chevy Muraday, Premio Nacional de Danza, y Aarón Lobato dirigen el espectáculo, mientras que Felype Lima y Juanjo Llorens –Premios Max de Teatro– se ocupan del vestuario y la iluminación.

Además, la «mercería» se convertirá entresemana en una coctelería de estilo «Burger & Lobster» -un espacio donde acudir después del trabajo a degustar exquisitos combinados, hamburguesas gourmet o langosta, entre otras delicatessen-. Hasta el momento Puri guarda silencio sobre la fecha de apertura, aunque los más deslenguados dicen que abrirá en tres semanas.

Hemingway: el recuerdo de los literatos

El prestigioso decorador Lázaro Rosa-Violán devolvió al viejo Hotel Suecia el aire escandinavo que antaño cautivó a personalidades como Julio Cortázar, Gonzalo Torrente Ballester, Ernesto Sábato, el Che Guevara o al mismísimo Hemingway, que eligió la habitación 404 como el hogar donde pasaría sus últimas estancias en España.

Actualmente la cadena NH es la propietaria de estos espacios, sobre los que adquirió también el compromiso de devolverle su esencia histórica de tinta y humo de la Habana Vieja. El secreto del hotel no es accesible a todos los públicos, solo para quienes tengan el suficiente interés en encontrarlo -entre nosotros, se llega a través de los baños-. Desde hace cuatro meses, abrir la puerta de los aseos representa una ruptura total, quedan atrás los acordes de delicados violines y los tapices dorados sobre el mobiliario para envolverte en ritmos más canallas y marcados. Un pasillo de baldosas ajedrezadas te conduce a esa atmósfera paralela. Al final una puerta con el más sugerente de los mensajes: No pasar.

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Interior del Hemingway Foto: Raquel Fernández-Novoa

Traspasarla conduce directamente al escenario de una película neoyorkina de finales de los 50. La música y el entorno se transforman en función de la hora y del día de la semana, la música se eleva a medida que se acerca la madrugada y las luces se comportan a la inversa. La sala alargada está forrada en terciopelo rojo, salvo el suelo leopardo, la luz baja consigue un ambiente íntimo y cómplice y la barra «es la más perfecta» que jamás ha visto Adrián, el barman. Antiguamente era de latón, totalmente acorde con la época en la que se inspiró la decoración, pero Lázaro y su minuciosidad consiguieron aplazar la apertura del Hemingway para conseguir la actual barra, con madera de una vieja iglesia parisina del siglo XVIII. Su especialidad es la coctelería, sofisticada y exclusiva. Su combinado más representativo lleva el nombre del escritor y es una mezcla de ron, la base del Daikiri -su bebida favorita- aderezada con otro de sus vicios predilectos, el humo de un habano.

YÚGÓ THE BUNKER: UN TROZO DE JAPÓN EN MADRID

El transeúnte no se imagina que detrás de una fachada inapetente y en medio de una calle desolada se esconden los sabores más exclusivos de Japón. YÚGÓ The Bunker, en la madrileña ronda de San Blas, aparentemente es una «izakaya» -una taberna tradicional japonesa donde degustar los platos típicos de la cocina nipona-, pero su sótano oculta un búnker de la II Guerra Mundial al que solo tienen acceso los miembros del selecto club privado del restaurante: comensales con verdadera pasión por la alta gastronomía japonesa. «Es tal la exclusividad que no se atienden todas las solicitudes, solo cuando hay vacantes se admiten nuevos socios», explica Carlos Montero, director general del establecimiento.

En la primera planta, el público en general se deleita con un menú degustación elaborado con productos de la máxima calidad, además de poder optar por la selección de platos que contiene la carta –entre otros, tartar de atún, sashimi con vieira de Canadá o niguiri de kamatoro fambleado-. Pero en el búnker, construido a partir de las ruinas de un cobertizo de la Guerra Civil, los socios asisten a una experiencia sensorial inigualable. «Hacemos catas de pescados salvajes y de la mejor carne del mundo, como el salmón de Alaska o el buey de wagyu, que acompañamos de vinos, champanes y sakes traídos de diferentes partes del mundo», dice Montero. «Además del festín culinario, los miembros del club se emocionan con el carácter clandestino del entorno».

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El interior del búnker Foto: vipgourmet

Una bandera de Japón con restos de metralla de la II Guerra Mundial preside la entrada del restaurante. A pocos metros, unas escaleras conducen al búnker, vigilado por rayos infrarrojos que se activan con el movimiento de los socios. El personal de servicio los conduce a su interior, donde toman asiento en sillas hechas artesanalmente con palés de madera importados de Alemania. Sobre las mesas los suculentos platos, cuyo sabor se percibe a través del olfato. Para ello, el nivel de humedad está medido con precisión germana. Mientras todo se dispone, suaves notas de música japonesa van tocando los paladares.

Laidy Pepa: los últimos acordes de la madrugada

La discreta calle San Lorenzo es de las menos transitadas en las noches de ebullición malasañera. Dentro de su silencio se encuentra un clásico de la noche madrileña, el Laidy Pepa, un bar de aires clandestinos que sirve espaguetis y cerveza en horario intempestivo desde los albores de la movida madrileña.

La puerta siempre está cerrada, el acceso se pide a golpe de nudillo y una voz rasgada te pide la contraseña para acceder al local, al que se desciende a través de unas estrechas escaleras. A continuación, un café teatro de paredes amarillentas por el antaño permanente humo del tabaco. La adornan los rostros más representativos de la música y el cine. Su entorno recuerda al de un café de principios de siglo y abarca una de las escenas más bohemias de la capital. Quienes lo conocen suelen coincidir al calificar su primer contacto como «una rara experiencia» o «una noche confusa y especial».

Al frente, en la tarima, un piano cuyas notas arranca de forma visceral un experimentado pianista cuyo rostro se ensombrece cuando percibe la pérdida de atención de su trasnochado público, la escena recuerda a la canción de Piano Man, de Billy Joel. Los precios no son precisamente los más competitivos de la capital, sin embargo suele estar lleno, ya que pocos lugares contagian la algarabía romántica de este extraño café teatro. En su barra además de cerveza se pueden pedir guitarras para arrancarse por bulerías. Estos improvisados shows son habituales, llama la atención cómo entran en confianza los completos desconocidos unidos para cantar sus canciones favoritas. El emblemático local acogió las también noches más desenfrenadas de las figuras más icónicas de la música española.

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El Laidy Pepa sigue cumpliendo años como un testigo de que, tras la movida madrileña y la llegada del desenfreno y la libertad, el descubrimiento de lo prohibido continúa siendo seductor para el ser humano.

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