Un camello entre pupitres


Un traficante de cannabis de la Universidad Complutense desvela los entresijos de un negocio que ha convertido a España en el país con mayor índice de consumo de Europa
camello

Foto: Víctor Inchausti

Vendiendo marihuana en sus ratos libres, Alfonso gana más dinero que muchos trabajadores cuyas jornadas laborales se extienden más allá de las ocho horas de rigor. Alfonso es un nombre ficticio, pero su pequeño negocio es parte de la realidad que conforma la rutina universitaria. En la Complutense, su principal nicho de mercado, es fácil reconocer el olor a cannabis si se pasea por las inmediaciones de las facultades.

Como también lo es para los jóvenes entonar el manido mantra de que el consumo de esta sustancia es menos dañino que el del propio tabaco. Así lo manifiestan los jóvenes, que suelen aludir a que la marihuana es «más natural» y, por ello, inocua, como si todo aquello que la naturaleza ponga a nuestro alcance se viera desprovisto de la capacidad de hacernos daño.

Según el último estudio de la Organización Mundial de la Salud (OMS) sobre comportamiento adolescente, el 70 por ciento de los jóvenes españoles tiene fácil acceso al cannabis y lo consigue en menos de 24 horas. Es el escenario que en España, el país que según la propia OMS es líder en consumo de cannabis en Europa, propician Alfonso y una larga lista de partícipes de un negocio en plena forma en el que la demanda es tal que ya hay quien ha montado su propio servicio a domicilio. En el barrio de Moncloa circula por el Whatsapp de los universitarios el teléfono de uno de ellos con el nombre de un conocido establecimiento de comida a domicilio como tapadera. El mismo estudio advierte que un 22 por ciento de la población en la franja de edad que va de los 15 a los 24 años realiza un consumo problemático que implica habitualidad, adicción y descenso en el rendimiento escolar. La historia de Alfonso representa solo la punta del iceberg.

¿Qué le llevó a empezar a pasar droga?

Principalmente ganar dinero y fumar gratis. Pero en esencia, ganar dinero para poder comprarme cosas que, de otra manera, no podría tener porque mis padres no pueden darme tanto dinero, como un Ipad o un portátil nuevo.

Imagino que a partir de la primera las demás ya irían de manera rutinaria, pero, ¿cómo hizo para conseguir la marihuana la primera vez?

Me puse en contacto con un chaval de clase, y le dije que si conocía a alguien para coger una cantidad elevada. Tampoco una locura, 50, 80, 100 gramos (unos 350-400 euros). Le di el dinero a este chico y ya, en poco tiempo… Eso se vende solo. Cuando alguien sabe que tú tienes, enseguida la gente te pregunta. No es muy complicado venderlo, entonces empezar tampoco supone un problema.

¿Dónde empezó a vender?

En la Universidad y en los Colegios Mayores de alrededor.

¿Usted estaba en uno?

Sí.

¿Y qué le aportaba eso?

Pues mucha más discreción. Porque nadie me tenía que escribir por teléfono. Iban a mi habitación y ya está. Además, en un Colegio Mayor consume mucha gente. También tenía mi clientela fija.

¿Cuánto podía ganar en una semana?

¿Ganar o vender?

Las dos cosas.

Vender… Unos 150 o 200 euros. Ganar, entre 50 y 60. A cada gramo le sacaba 3 euros. Si compraba 100 (gramos) por 300 euros, los vendía por 600.

¿Pero habría semanas mejores y peores, no? ¿Cuánto pudo recaudar en una de las mejores?

(Piensa) En un mes bueno, a lo mejor vendía 800 euros.

Cuando empezó, ¿alguna vez pensó en que, si le iba bien, podía dedicarse íntegramente a esto?

No, nunca. Siempre ha sido un complemento a mi actividad. No me dedico a eso.

¿Ni si quiera si se veía con la carrera terminada, sin encontrar nada en lo que trabajar y con una necesidad económica?

No, no, no, no. Ni de coña, ja, ja. Lo que pasa es que es un colchón de dinero que, conforme están las cosas, viene bien.

¿Piensa dejarlo?

Cuando encuentre un trabajo medianamente estable, cosa que es difícil.

¿Usa algún tipo de código para comunicarse con la clientela?

Tóner. Tóner de tinta. Cuando me avisan por el móvil y no tengo les digo «ya no queda tinta en el tóner».

¿Y cómo se lo tienen que pedir ellos?

Normalmente me preguntan que si estoy y que si se pueden pasar o si puedo bajar. Llamadas las mínimas. Y, sobre todo, nunca palabras como verde, material, camisetas o cosas de esas que se suelen decir.

¿Nunca temió que la policía le cazara?

No creo que la policía se ponga a investigar a un chaval que pasa 100 gramos al mes.

Y si a usted le hubiesen pillado con las cantidades que habitualmente maneja, ¿qué habría pasado?

Pues me habrían denunciado.

Me refiero a si el Código Penal en España dictamina que usted tendría que acabar en la cárcel o no.

Sí, sí, sí. Iba a la cárcel fijo.

¿Recuerda, por peculiar o por lo que sea, a algún cliente en especial?

Sí. Hay un conocido mío, que por cierto hace mucho que no veo, que consumía asiduamente. Unos 60 euros a la semana. Estudiaba Ingeniería Aeroespacial. Según me contaba, el estudiaba «fumao». Yo dudo bastante que eso ayude. Me acuerdo que le decía «tío, vienes muchas veces, tú verás lo que haces». Yo se lo decía como conocido suyo que era. A mí me da igual,  mejor para mí, pero…

¿No ha llegado a plantearse el mal que podría causar a los jóvenes el hecho de que usted les proporcione estas sustancias?

Claro. Al que veo que se pasa, yo le digo «oye, que por mi genial, pero que a lo mejor fumas demasiados porros, a lo mejor te vas a quedar lelo». Aunque tampoco es lelo, pero si por ejemplo fumas porros todos los días antes de dormir, el día que no fumes no duermes. Ese es el problema.

¿Se ha dado el caso de que se negase a venderle a alguien?

Que yo recuerde no. A lo mejor algún día se dio el caso por lo que fuera, pero no lo recuerdo.

¿Notó que desde que empezase a pasar marihuana, su estatus social creciera?

Buena pregunta esa. (Piensa) La verdad es que no. Cuando lo hacía en los colegios, me hablaba más gente, a la fuerza conoces a más gente. Pero no hasta el punto de tener más amistades.

A medida que se fue afianzando como vendedor, imagino que le iría siendo más fácil despachar el material, tanto por número de contactos como por los que fidelizaba. ¿Tiene miedo de que la bola de nieve crezca demasiado?

No. Sé que antes de pasarme voy a parar. Sí que es verdad que cuando lo cojo y lo veo todo junto digo «buf, esto tengo que quitármelo ya». No me gusta tenerlo encima, por si acaso. Pero no voy a hacerlo a tal escala que no pueda controlarlo.

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Texto por: Alejandro Díaz-Agero

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