«Se iban metiendo en los Grapo como en una secta»


La organización se sirvió de los jóvenes del Colegio Obispo Perelló para aumentar sus militantes dispuestos a luchar por su causa
Francisco Brotons, uno de los líderes del Grapo, a su salida de la cárcel en 2002 - EFE

Francisco Brotons, uno de los líderes de los Grapo, a su salida de la cárcel en 2002 – EFE

Los Grupos de Resistencia Antifascista Primero de Octubre (Grapo) se han llevado por delante la vida de 88 personas desde que perpetraron su primer atentado en 1975, según cifras oficiales. Esta organización terrorista nació ese mismo año como brazo armado del Partido Comunista de España Reconstituido (PCER) para instaurar, por medio de la violencia y el miedo, un sistema marxista en España. Tenían claros sus ideales y para hacerse fuerte optaron por reforzarse con los más jóvenes de la sociedad.

Los orígenes de los Grapo se encuentran en diferentes puntos de la geografía española. Un foco de donde salieron muchos de sus miembros fue el Colegio Obispo Perelló, un centro religioso situado en el barrio de Quintana. Entre curas se fraguó la organización captando a jóvenes desde los 15 años.

Un antiguo alumno de este colegio destaca el ambiente imperante en aquella época en el centro escolar. Ya con la dictadura de Franco dando sus últimos coletazos, los estudiantes en la zona mostraban ideas hasta entonces prohibidas: «Todos éramos un poco de izquierdas. Éramos tendentes a la revolución, todos teníamos ideas un poco locas». Incluso entre los jóvenes de la época rebautizaron el nombre de la calle Virgen de Nuria por el de «vía Lenin» por la fuerte presencia de asociaciones y grupos comunistas en ella. Pese a ello, quienes optaron por la vía violenta resultaron ser tan solo una minoría.

Ese fue el caso de Pedro Tabanera, abatido por la Policía en 1979 en El Escorial. Éste dio sus primeros pasos en el Obispo Perelló, donde algunos de los que fueron sus compañeros no se imaginaban la doble vida que llevaba. «Para mí fue una sorpresa que perteneciera a los Grapo. Ver la foto de tu compañero te impresiona mucho, no me lo imaginaba», cuenta un antiguo compañero. De hecho, esta misma fuente relata que se trataba de una «persona normal». Le consideraban en clase como «un buen chico» pero terminó tomando un camino que le llevó a la muerte. Ni la Biblia que siempre le acompañaba, y que leía incluso en los recreos, pudo salvarle de la senda que escogió.

El modus operandi para captar a los miembros lo define otro antiguo alumno de ese colegio como el de una «secta». «En todas estas organizaciones el sistema de captación era el mismo: venía alguien que pensaba que tú podías entrar; intelectualmente te facilitaba libros y luego daban un paso más a ver si eras capaz de ir a una manifestación, echar propaganda… Poco a poco se iban metiendo, como en una secta», asegura, al tiempo que se refiere a los Grapo como un grupo muy «hermético», que «no contaba demasiado», pero en el que veías ciertas actitudes que hacían sospechar a los que les rodeaban. «Vivían en una especie de mundo entre ellos», recalca.

En este centro también se formaron personal e intelectualmente dos de los líderes de los Grapo en la época más sangrienta de la banda: Enrique Cerdán y Francisco Brotons. El primero murió en 1981 tras un tiroteo con la Policía y el segundo permanece en libertad tras pasar 25 años en prisión. Dos pesos pesados del grupo que forman parte de la generación de los mayores del Obispo Perelló, que se encargaban de adoctrinar a los más jóvenes y sumarles a su causa.

En el centro educativo, según cuentan antiguos alumnos de los años 70, se permitía la libertad de pensamiento pero nunca se imaginaron que el colegio pudiera llegar a ser uno de los gérmenes de los Grapo. Uno de los párrocos y profesor de entonces en el Obispo Perelló cuenta que estas personas «se aprovecharon» de la situación. De hecho señala a dos individuos, dedicadas al mundo de la literatura, cuya identidad no ha trascendido como presuntos cabezas pensantes de la organización: «Eran unos cuantos que vinieron desde Francia, que se habían formado allí. Eran gente muy culta. Especialmente dos escritores».

«A ESTOS CHICOS LES ENGAÑARON»

El cura destaca que «a estos chicos les engañaron. Les decían que iban a cambiar esto y lo otro. Se creían que iban a cambiar España. Eran idealistas». Además, este docente clama contra otros maestros del centro que, a su juicio, transmitían estas ideas a los chicos. Y todo ello tuvo consecuencias para el Obispo Perelló. «Esto quitó para muchos el buen nombre del colegio», lamenta el párroco.

Sin embargo, el origen de los Grapo en este colegio se encuentra algo difuso, aunque tanto los antiguos alumnos como el cura coinciden en situar una asociación de antiguos estudiantes como cuna de estas ideas: «Ellos se infiltraron a través de una asociación de antiguos alumnos en el Obispo Perelló. Tenían su propio local dentro, los curas no se metían con ellos. Alguien llegó allí con estas ideas y fue captando gente. Se reunían con la cobertura del local de esta asociación. Los curas lo descubrieron bastante tarde», cuenta uno de los hombres que vivió el nacimiento y expansión de los Grapo. En el momento en el que la dirección del centro, comandada entonces por hombres de fe, se dio cuenta de lo que se estaba cociendo entre sus puertas decidieron clausurar la asociación. Pero ya era demasiado tarde. El mensaje había calado y no pudieron parar el adoctrinamiento de los jóvenes.

Precisamente descubrir lo que tramaban en estos grupos era lo complicado. Los Grapo se caracterizan por su «impronta clandestina». Tal es así, que en estas organizaciones al margen de la legalidad «había que ponerse alias», tal como reconoce un exintegrante de la Organización Democrática de Estudiantes Antifascistas (ODEA), el brazo estudiantil del PCER que únicamente se dedicó al reparto de propaganda y actos vandálicos.

El objetivo de quienes transmitían las ideas marxistas estaba claro: captar a jóvenes del barrio, formarles en sus ideas violentas, para atacar. «Buscaban agitar a los jóvenes, a la gente, para que cogieran las armas», cuenta este antiguo integrante de ODEA. Él tuvo suerte y sus amigos le sacaron a tiempo. No llegó a ingresar en el grupo terrorista, pero estaba siguiendo el trayecto que tantos otros jóvenes habían recorrido ya. De ODEA a los Grapo tan solo había un paso. Ya tenía incluso su propio alias pero sus compañeros le apartaron de ese camino que abocaba a quien entraba a la clandestinidad, la cárcel o incluso la muerte. Recuerda esa época como si fuera hoy y se da cuenta de que la vía violenta no era la solución: «Estaban todos locos», concluye uno de esos compañeros que le ayudó a salir de ODEA sabedor de que estaba tomando una senda que no podía seguir.

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Texto por: Daniel Caballero

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