Un polígono industrial: el cobijo de la gran «mezquita» de Villalba


Un local de 300 metros cuadrados en un callejón sin salida alberga el «centro de oración» de la comunidad islámica Al Hijrah
Un grupo de hombres reza en la «mezquita» durante un viernes

Un grupo de hombres reza en la nave industrial durante el viernes. Foto: Ó.Rus

Tercer viernes de octubre. Dos de la tarde. Tres hombres mayores de apariencia marroquí cruzan el puente que enlaza una de las zonas residenciales del municipio madrileño Collado Villalba con el polígono industrial P29. A pesar del frío y la ligera lluvia, uno de ellos calza chanclas; los otros dos llevan zapatos. Llegan pronto a su destino: una nave industrial de 300 metros cuadrados, situada en el 18C de la Calle Escofina, sin salida. Es la sede y el centro de oración de la comunidad islámica Al Hijrah («migración»).

El viernes es el «día sagrado» del Islam, explica Abdelmonim Bakkach (Alhucemas, Marruecos, 42 años), secretario general de esta asociación. Compuesta por once miembros y fundada en 2012, su sede fue establecida en este local en octubre de 2014. Durante aquellos dos años, el Ayuntamiento les denegó varios recintos al no cumplir los requisitos.

Más de cien pares de zapatos se depositarán hoy a la entrada. Bakkach comenta que durante Ramadán 500 o 600 personas se reúnen en la nave, alcanzando el millar con motivo del final de la festividad. Lo habitual, sin embargo, es congregar a una veintena de asistentes cualquier día de la semana. Tan solo tres o cuatro personas acuden a la primera oración –de un total de cinco– a las siete de la mañana, detalla Mohamed El Haddadi (Tetúan, Marruecos, 36 años), presidente de Al Hijrah y vecino de Villalba desde hace «27 años». Un total de 2.536 marroquíes residen en este municipio del Noroeste de la Comunidad de Madrid durante 2017, según el Instituto Nacional de Estadística. La denominada «capital de la Sierra» cuenta con 62.152 habitantes, de los cuales 10.664 son extranjeros.

Los asistentes a esta comunidad islámica proceden también de otras localidades cercanas como Moralzarzal, Galapagar y Guadarrama, que cuentan con mezquitas «chiquititas», según El Haddadi. Uno de los concurrentes durante este tercer viernes de octubre viene incluso de Segovia y aunque la nacionalidad preponderante es la marroquí, asisten también nativos de Argelia, Libia, Guinea, Yemen y España. Entre ellos, hay además refugiados y «sin papeles». «No es solo para musulmanes», defiende su secretario general. Al Hijrah convive en Villalba con otra mezquita, Al Iman («creencia»), ubicada en el bajo de un edificio residencial en la zona céntrica. Según ambos, esta opera desde la década de los noventa.

Un señor se adentra en el callejón sin salida que alberga la «mezquita»

Un hombre se adentra en el callejón sin salida que alberga la «mezquita»

El primer paso

Se antoja difícil adivinar la naturaleza religiosa de esta nave industrial excepto por el trasiego de personas ataviadas, en ocasiones, con la indumentaria propia del Islam. Todo asistente varón debe descalzarse en el recibidor del local y depositar su calzado en una de las cuatro y grandes estanterías verdes apoyadas en la pared izquierda. Hoy también buscan cualquier lado del vestíbulo para dejar los paraguas. Un devoto envuelve sus pertenencias en una bolsa de plástico de Carrefour.

El hall dispone de una extensa alfombra roja, un dispensador de agua –con solo dos vasos de cristal–, varios percheros de pared de los que cuelgan chilabas (Bakkach habla de «foukias»), una cámara de vigilancia y un amplio tablero que da cuenta de los «casi 200 socios» que mantienen a flote este espacio a través de sus donaciones. Al alquiler mensual (alrededor de 1.100 euros) hay que sumar luz y agua.

Detrás de la pared de la estantería hay una estancia exclusiva para las mujeres, a la que acceden por la puerta de garaje, pensada inicialmente para el paso de camiones y furgonetas. Dentro, la joya de la corona es un televisor de pantalla plana. Es aquí donde, con la ayuda de dos socias de la comunidad islámica, las mujeres aprenden árabe, «un poco de español» (para saber qué decir cuando van al médico, por ejemplo) y «sus derechos». «Son mujeres analfabetas, que no han ido al colegio. La mayoría son amas de casa», detalla el presidente de la asociación. Algunas de ellas se encargan de la limpieza del local.

Al otro lado del recibidor se encuentra el baño al que todo musulmán debe acceder en chanclas para así asearse (taharah, purificación) antes de la oración. «¡Tenemos cuatro alfombras y poco más!», comenta riéndose Mohammed El Haddadi. Ya en la parte superior de la nave, una pequeña oficina sirve de «sala de reuniones» con dos ordenadores y una fotocopiadora.

Abdelmonim Bakkach, secretario general de la comunidad islámica Al Hijrah, deposita su calzado

Abdelmonim Bakkach, secretario general de la comunidad islámica Al Hijrah, deposita su calzado

Una chilaba, un abrigo, la combinación de ambos o ninguno sirven como atuendo para aquellos que acceden al oratorio. Algunos cubren sus cabezas con las capuchas de estas prendas u optan por la taquiah (el típico gorro musulmán para orar) o simplemente un gorro de lana. Los pies de los asistentes, desnudos o cubiertos, se apoyan entonces sobre un suelo cubierto íntegramente por una alfombra azul cuyos motivos –arcos islámicos– permiten saber dónde está La Meca a la hora de orar (Ṣalāt).

Aunque a las 14.00 horas es cuando empiezan a llegar personas, no es hasta treinta minutos después cuando el imán inicia el sermón desde el mimbar, una suerte de púlpito en cuya pared está colocada una hoja que indica el año del Islam (1439) y el horario de las oraciones diarias; la última, alrededor de las nueve de la noche, dura entre diez y quince minutos. Cuatro extintores, una pizarra blanca, varios estantes con libros, altavoces e ilustraciones de los «99 nombres de Dios» están dispuestos a lo largo de las cuatro paredes. «Nos falta el Corán traducido al español, ya lo hemos pedido», cuenta Abdelmonim Bakkach.

Precisamente el imán se sirve de un micrófono de diadema para que su voz se escuche mejor gracias a los altavoces. «Llevo 15 días», cuenta Elhamid (1961), el nuevo «pastor» de esta comunidad islámica. Llegó a España en el año 2000 procedente de Marruecos. Vive en Rivas Vaciamadrid, al este de la Comunidad de Madrid. Ha ejercido como imán en otras localidades madrileñas como Pinto, Leganés, Majadahonda y Torrejón de Ardoz. Además de dar el sermón, Elhamid se encarga de explicar la cultura y la religión islámicas, especialmente a los más jóvenes.

La –ahora– fuerte lluvia se hace oír durante un sermón que se prolonga hasta alrededor de las tres de la tarde. Después de que el imán descienda del púlpito y antes de rezar en el suelo junto al resto, cuatro hombres recolectan dinero de los asistentes. Los medios son variados: bolsas o la parte inferior de una jellaba y un jersey puestos. Ya tras el final de la oración, alrededor de las 15.10h., la mayoría se apelotona para acceder al vestíbulo, calzarse y marcharse. Durante el siguiente viernes, un camión aparcará en el callejón sin salida de la nave industrial para así vender fruta.

El imán da su sermón durante el viernes, el «día sagrado» del Islam

El imán da su sermón durante el viernes, el «día sagrado» del Islam

Cuestión intergeneracional

Uno de los objetivos fundacionales de esta comunidad islámica era «atraer a los jóvenes», según su presidente, y enseñarles adecuadamente la religión para así evitar futuros conflictos como los atentados de Cataluña de 2017. La ausencia de una asignatura de Islam en colegios públicos (así lo contempla la Ley 26/1992, de 10 de noviembre) y la de sus padres en el hogar, que «se dedican a trabajar», provocan confusión: «Soy español nacido aquí, pero no conozco la base de mi religión». Para El Haddadi esta radicalización tiene una fácil explicación: «Les han comido el tarro». Pero para atraer a esa juventud, primero había que dirigirse hacia sus progenitores.

Aún así, la mayoría de sus socios están jubilados. «Son gente de la primera generación [de inmigrantes]. No se ha integrado al 100% ni maneja el idioma. Para ellos es un sitio de encuentro. Tienen la terraza, hacen sus tés, están ahí charlando…», explica el presidente de la asociación. A ellos no les cuesta acercarse a la nave industrial, pero sí «a la gente trabajadora» como El Haddadi (empresario) y Bakkach (hostelero); «me tiro una semana sin venir», reconoce el primero. A Bakkach le gustaría que el Ayuntamiento supiese quién es «esa gente que ha sacrificado toda su vida trabajando, ayudando a este país».

Colaborar con instituciones como el Ayuntamiento y el resto de partidos políticos locales fue otro de los fines por los que nació esta comunidad islámica. Sin embargo, según El Haddadi, en «la mayoría de las cosas» tienen que buscarse la vida: «Hace un par de años les solicitamos clases, por los niños, y no había aulas. Había muchas pegas». Ahora, una socia de la comunidad islámica está buscando un espacio para que un grupo de mujeres haga pilates.

Ahí radica uno de los grandes escollos de la sede: el frío durante otoño e invierno. «Queremos poner estufas de pellets, pero el techo es muy alto», se resigna el secretario general. Él mismo reconoce que no están «cómodos»: a su lado hay una gasolinera y muchos de sus asistentes tienen que desplazarse en coche. Quieren comprar una nave industrial más grande que les permita tener «una sala de reuniones más bonita» o «una biblioteca».

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Una respuesta to “Un polígono industrial: el cobijo de la gran «mezquita» de Villalba” Subscribe

  1. Isa 6 noviembre, 2018 en 21:48 #

    El temario es interesante pero no tiene por donde cogerlo, porq no se si estas hablando del islam, de la mezquita o sobre las chanclas del hombre.. No se ha entendido el mensaje q quieres hacernos llegar. ya desde el principio.. No tiene ni introducción, ni desarrollo ni final relacionado con lo q he leído… Q pena porq podría haber sido un tema interesante
    para el pueblo

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