Huertos urbanos: un modelo de ciudad más sostenible


Los espacios de horticultura ecológica cobran fuerza en metrópolis como Madrid y despiertan en los más urbanitas la curiosidad por el medio natural
Ejemplo de pie de foto

Plantaciones del Huerto de la Bego. Fotos: L.M

Los huertos urbanos comunitarios son un fenómeno en continuo crecimiento en Madrid. El humo de los coches, la contaminación del aire o el ruido propios de la capital quedan diluidos ante la pureza de estos espacios ecológicos. Su atractivo es que brindan a los vecinos de los distintos distritos la oportunidad de tener un contacto directo con la naturaleza y de estrechar las relaciones con los demás miembros de la comunidad.

Una de las máximas que definen la identidad de los huertos urbanos se basa en prescindir de insecticidas y recuperar trucos tradicionales, inocuos para las tierras de cultivo. Almudena Hernando, ingeniera de montes, explica que en estos lugares «lo ideal es no utilizar pesticidas, sino buscar remedios naturales. Por ejemplo, si te encuentras plagas, recurrir al típico spray de agua con jabón, a infusiones de ajo o de ortigas… Lo mejor es no meter químicos y enseñar a la gente cómo puede producir sin necesidad de ellos».

Educar en la conservación del planeta es clave, sobre todo entre las nuevas generaciones, víctimas del legado de sus antecesores. El Centro de Interpretación de la Naturaleza Montecarmelo organiza los domingos actividades para familias con niños a partir de seis años. Tienen un aula para impartir talleres y, además, cuentan con un huerto donde los más pequeños ponen en práctica los conocimientos adquiridos. María Ventura, educadora medioambiental del centro, resalta que intentan «inculcar el valor de las hortalizas de temporada y de los trabajos que se tienen que hacer en cada época del año, promoviendo la cooperación». En invierno, por ejemplo, los menores han hecho mini invernaderos con botellas de plástico. «Es una vertiente que fomenta mucho el reciclaje de materiales que tenemos al alcance de la mano para darles una utilidad en el huerto», afirma Ventura. Los chavales no son los únicos que aprenden pues, como comenta la educadora medioambiental, muchas veces los padres se sorprenden con las lecciones más que sus hijos.

Optimizar recursos

Grandes ideas pueden desarrollarse en espacios pequeños. La Asociación Vecinal La Flor, del Barrio del Pilar, se propuso transformar un terreno abandonado de 30 metros cuadrados en un huerto urbano gestionado por los propios vecinos. El lugar elegido fue el actual Centro Comunitario Guatemala, que hasta 2005 había sido un colegio público. La casa del conserje contaba con un jardín que, sin ser amplio, resultaba acogedor. El bedel siempre se había encargado de su cuidado, pero el cierre de la institución relegó su particular tesoro a la condición de viejo recuerdo. Las labores de recuperación llevadas a cabo desde la asociación vecinal han permitido que ahora se planten allí pimientos, berenjenas, lechugas, remolachas y una gran variedad de flores que inundan la zona de vívidos colores.

Participante del huerto gestionado por la Asociación Vecinal La Flor

Una de las personas que participan en el huerto gestionado por la Asociación Vecinal La Flor

La iniciativa arrancó en junio de 2018 y cuenta con la colaboración de diez personas que dedican la mañana de los martes a atender las plantaciones. No son hortelanos profesionales, pero su interés por aprender es más fuerte que sus carencias técnicas. El grupo de voluntarios ha creado, además, un rincón decorativo para generar un ambiente agradable. Chak, miembro de la Asociación Vecinal La Flor, decidió integrarse en el proyecto porque considera que «es una manera bonita de socializar y de participar en la comunidad. Es muy grato porque ves el crecimiento de las plantas, el desarrollo de los frutos… Es un mundo fascinante». Mientras revisa que todo está en orden, Chak se anima a probar un tomate cherry que todavía cuelga de la rama y se acerca a las plantas aromáticas para disfrutar de su embriagador aroma. «Este tipo de prácticas son necesarias en un mundo altamente contaminado», defiende.

En pleno barrio de Begoña, rodeado de bloques de viviendas, se encuentra el Huerto de la Bego, en funcionamiento desde el año 2014. Recibe financiación del Ayuntamiento de Madrid a través de los planes de barrio,  destinados a la dinamización de los distritos con más necesidades. La Asociación de Vecinos de Begoña, responsable de la gestión del huerto, actúa de forma conjunta con un centro de mayores, una guardería y el colegio San José. Pilar Martínez, tesorera de la asociación vecinal, asegura que «en el centro de día están encantados. Vienen aquí y se lo pasan pipa». Para los ancianos que trabajaron en el campo, es una reminiscencia de su etapa de juventud. En este sentido, Martínez señala que la accesibilidad a la zona ha mejorado mucho desde que incorporaron una rampa para garantizar que «todo el mundo tuviese acceso a los bancales».

Plantas del Huerto de La Bego

Plantas del Huerto de La Bego

El Huerto de la Bego está pensado para los vecinos, aunque durante el invierno son pocos los que se comprometen a asistir con regularidad. Por eso, han acordado que una empresa externa se ocupe de las tareas de mantenimiento. Este curso ha habido un retraso en la aprobación de los presupuestos, que ha provocado que desde la finalización del contrato de junio hasta la formalización del siguiente, en octubre, el huerto haya estado sin recibir atención de profesionales. El área muestra un aspecto menos atractivo de lo habitual. Pilar Martínez lo achaca precisamente a que «hemos podido empezar cuando el presupuesto estaba activado y este año ha sido tarde». Vanesa Ramos, una de las educadoras medioambientales de Talher, empresa que ganó el último concurso del Ayuntamiento para realizar el servicio de mantenimiento del huerto, recuerda la dedicación que requieren este tipo de espacios: «Es como la música, necesitan mucha constancia para poder tener resultados».

La Asociación Vecinal de Begoña prepara los domingos actividades familiares gratuitas, que van desde la plantación de habas, guisantes o frambuesas, hasta talleres para los más pequeños. Vanesa Ramos todavía recuerda la pregunta que le hizo una niña: «¿Pero por qué plantamos guisantes si podemos ir a comprarlos?». Ramos insiste en que «hay que reeducar a los adultos. Si tu hijo no te ve coger una pala y participar, él tampoco lo va a hacer». Así mismo, destaca los múltiples beneficios de colaborar con un huerto comunitario: «Es súper satisfactorio, haces una limpieza mental, bajas aquí, cavas un rato y te desestresas».

Educadoras medioambientales realizan labores de mantenimiento

Educadoras medioambientales realizan labores de mantenimiento

El Ayuntamiento de Madrid contempla medidas para incentivar este tipo de propuestas ciudadanas, como el Programa municipal de huertos urbanos comunitarios, puesto en marcha en 2014 desde el Área de Medio Ambiente y Movilidad del consistorio madrileño. Las entidades sin ánimo de lucro beneficiarias reciben la cesión de un terreno municipal por periodos de hasta cuatro años, así como los recursos básicos para la puesta en marcha de su idea. Son planes que dan respuesta a un deseo social: contribuir, a nivel local, al cuidado del ecosistema.

En 2014 existían en Madrid 17 huertos urbanos adscritos al mencionado programa del consistorio. Dos años más tarde ya eran 25 y hoy la cifra se dispara hasta los 39. El distrito de Fuencarral-El Pardo lidera, junto con el de Hortaleza, en número de concesiones. Ante la alta demanda por parte de asociaciones vecinales y culturales, el Ayuntamiento de la capital ha lanzado en marzo de este año una nueva convocatoria en la que pone a disposición de 16 distritos madrileños un total de 27 nuevas parcelas aptas para el cultivo de hortalizas, flores y plantas aromáticas.

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Texto por: Laura Montero

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