Porteros de finca: un oficio en peligro de extinción


El clásico oficio del ordenanza que custodia y habita en la comunidad de vecinos parece dejar paso a las empresas de conserjería con trabajadores multidisciplinares
Barrio de Salamanca. Foto: Ernesto Agudo

Barrio de Salamanca. Foto: Ernesto Agudo

El Barrio de Salamanca, al igual que otros históricos distritos de la capital madrileña, recoge en sus calles peculiaridades que la diferencian del resto, como el clásico trabajo de portero en las viviendas del barrio. Sin embargo, los últimos años han supuesto un importante varapalo para el gremio, que resiste como puede ante los servicios de conserjería y las sofisticadas formas de seguridad que la tecnología ofrece.

La razón por la cual el distrito de Salamanca sigue teniendo un importante número de porteros, cerca de 2.000 entre conserjes y porteros según la Asociación de Fincas Urbanas de la Comunidad de Madrid (Aefucom), en comparación con el resto de distritos madrileños es más que evidente. «Se trata de un barrio de clase media-alta, por lo que la costumbre es mantener esta figura», afirma Nelson Cascas, portero del número 63 de la calle Juan Bravo, comunidad en la que lleva trabajando los últimos 15 años. «Los lugares donde reside sobre todo gente mayor son más propensos a tener a alguien para cualquier cosa que pase: desde vigilar quién entra hasta solucionar cualquier problema que haya con la luz del edificio».

Nelson Cascas en el salón de su vivienda. Foto: Javier Arias

Nelson Cascas en el salón de su vivienda. Foto: Javier Arias

Sin embargo, y a pesar de que este distrito pueda ser concebido como un refugio para los clásicos ordenanzas, la realidad del gremio deja mucho que desear. «La situación del portero es muy precaria en cuanto a mínimos y sueldos base», apunta Nelson, denunciando el «desamparo legal» al que se encuentra sometido junto con sus compañeros.

Además, el perfil clásico del portero está perdiendo peso en favor del conserje, que va ocupando las vacantes en las comunidades de vecinos de forma paulatina. Se trata de empresas que, aprovechando la coyuntura laboral existente, han crecido significativamente en los últimos años. A través de ellas las comunidades contratan a un trabajador que, a diferencia del portero, no dispone de una vivienda habitable en el mismo edificio. Además, los conserjes suelen estar ligados a un trabajo más temporal, realizando con frecuencia sustituciones o cambiando de comunidad cada cierto periodo de tiempo.

A pesar de ello, Nelson cree que los motivos por el cual las comunidades suelen contratar este tipo de trabajadores no es sólo económico, aunque el hándicap de tener que ofrecer una vivienda gratis sí que puede desnivelar la balanza. «Puede ser que la razón se encuentre en minimizar responsabilidades, pues cualquier problema que surja se trata directamente con la empresa». Además, «contratar a un conserje solo para un mes de suplencia es bastante caro», apunta.

Parece que la lógica apunta a que el trabajo de bedel sea cada vez mas excepcional. Francisco Pan Martínez, conserje en Lagasca 36 desde el pasado marzo, considera «que el trabajo del portero sí que puede desaparecer, pero no el de conserje pues siempre va a ser necesario alguien que eche las cartas o saque la basura». Este madrileño afincado en Móstoles, que ha realizado suplencias durante dos años y medio en Ferraz, Paseo de la Habana o Claudio Coello, fue seleccionado por los vecinos tras quedar libre la plaza en el edificio. «Me llamó la administradora de la finca y me dijo que iba a ser difícil porque se habían presentado tres o cuatro personas más», afirma Francisco, quien advierte que a pesar de la condición de su trabajo «siempre existe la posibilidad de quedarse más tiempo en la comunidad si es necesario».

Francisco Pan Martínez en su conserjería. Foto: Javier Arias

Francisco Pan Martínez en su conserjería. Foto: Javier Arias

De esta manera, la pérdida de peso de la figura del «portero 24 horas», junto con sofisticadas formas de seguridad que van desde puertas acorazadas hasta alarmas que advierten a la Policía, han acabado por dibujar un panorama en el que las empresas de conserjería se imponen al tradicional portero con el paso del tiempo.

Cierta satisfacción

Aunque nunca han disfrutado de unas condiciones especialmente ventajosas, este oficio ha supuesto históricamente una opción viable para muchos desempleados. «Aquí tengo una casa que no me cuesta y un sueldo que, aunque mileurista, me ha permitido desarrollar otras actividades que me han ayudado a progresar», afirma Nelson. Además, el trato personal supone una condición indispensable a la hora de poder trabajar por un periodo de tiempo regular en el mismo lugar. «Debemos ser un poco abiertos, hablar con los vecinos y evitar ser tímidos en la medida de lo posible», apunta Francisco, quien afirma haber tenido «la suerte de tratar con gente muy educada en su gran mayoría».

Por otra parte, en cuanto a si un portero puede abarcar todo lo que una comunidad requiere, Nelson es tajante: «Puedo cambiar una bombilla pero no puedo cambiar un sistema eléctrico por completo, no soy electricista». De hecho, la precariedad que siempre ha acechado a estos trabajadores ha propiciado que ni siquiera la grave crisis económica experimentada los últimos años haya repercutido en el gremio. «El problema es anterior a la crisis, ya que después de ella nada ha cambiado para nosotros», añade Nelson.

A pesar de no dudar en todo lo positivo que la experiencia de la actividad ha repercutido en su persona, Nelson cree que el oficio «acabará por desaparecer como en su día como lo hicieron los serenos», plasmando la opinión existente entre la sociedad sobre un sector con más de 100 años de historia.

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Texto por: Javier Arias

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