Una historia de la posguerra en la cárcel de Torrijos


La residencia de ancianos situada actualmente en Conde de Peñalver se convirtió en prisión tras el estallido de la Guerra Civil. Uno de sus inquilinos más ilustres fue el poeta Miguel Hernández, quien compuso en los cuatro meses que pasó en su interior el poema de «Nanas de la cebolla»
La residencia de ancianos de la Calle Conde de Peñalver. Foto: ABC

La residencia de ancianos de la Calle Conde de Peñalver. Foto: ABC

En el agradable Barrio de Salamanca, número 53 de la calle Conde de Peñalver, esquina Juan Bravo, se levanta un imponente edificio de ladrillo rojo, estilo neomudéjar, que despierta curiosidad y cierta melancolía.

Comenzó su construcción en plena Restauración Borbónica, bajo el reinado de Alfonso XIII en 1910, año en que se inició la obra de la Gran Vía y ya se vislumbraba una metamorfosis de lo que hasta entonces había sido la ciudad madrileña.

Fueron los herederos de Fausta Elorz y Olías quienes, cumpliendo la voluntad de la aristócrata española, crearon una Fundación que financió numerosas obras de caridad, entre ellas, una residencia de ancianas regentada por una congregación de monjas. Pero el devenir de la historia pronto cambiaría su destino. Con anterioridad al estallido de la Guerra Civil pasó a ser un penal de mujeres, y terminada esta, se convertiría en prisión provincial de hombres, conocida como «prisión de Torrijos». Esta denominación se debe al primer nombre que tuvo la calle, en conmemoración del militar liberal español, José María de Torrijos y Uriarte, fusilado en una playa de Málaga junto a 48 de sus compañeros en 1831, e inmortalizado en un cuadro de Antonio Gisbert que actualmente se encuentra en el Museo del Prado.

Pocos años después, el edificio albergó a la Sección Femenina de la Falange Española, para destinarse al fin, hacia los años cincuenta, al uso que pretendió su benefactora, una acogedora y cuidada residencia de ancianos.

A pesar de que el periodo de funcionamiento de esta institución penitenciaria fue breve, sus muros esconden historias de ilustres inquilinos, como Miguel Hernández. Fue en un frío invierno, encerrado entre esas paredes, donde el autor compuso su famoso poema «Nanas de la cebolla», inspiradas en las palabras que le escribió su mujer, Josefina, narrando sus penurias y contándole que lo único que tenían para comer era pan y cebollas. Allí entró preso en 1939 tras cruzar clandestinamente a la vecina Portugal y ser entregado a las autoridades españolas. Compartió meses de incertidumbre con amigos republicanos y con otros prisioneros como Miguel Gila, al que Hernández no pudo ver convertirse en el gran humorista gráfico y cómico que llegó a ser.

Sobre la fachada, una discreta placa que rinde homenaje al «poeta del pueblo», deja constancia de que estuvo allí, y que allí sufrió por su mujer, por sus hijos, escribió y anheló la libertad.

Placa en la actual residencia de ancianos en homenaje a Miguel Hernández. Foto: Javier Arias.

Placa en la actual residencia de ancianos en homenaje a Miguel Hernández. Foto: Javier Arias.

La influencia de Pablo Neruda logró que lo liberaran sin que se le procesara, aunque fue nuevamente detenido y condenado a muerte; amigos intelectuales e importantes personalidades como Cossío o Sánchez Mazas abogaron por que se le conmutara la pena de muerte por treinta años de cárcel.

Carta de Miguel Hernández a José María de Cossío desde la cárcel de Torrijos. Foto: ABC.

Carta de Miguel Hernández a José María de Cossío desde la cárcel de Torrijos. Foto: ABC.

Sin embargo, falleció de tuberculosis en marzo de 1942 en la cárcel de Alicante. Dicha enfermedad deterioró gravemente su salud en los largos inviernos que pasó en las cárceles de distintos puntos de la geografía española: Huelva, en primera instancia; Sevilla; la ya mencionada Torrijos en Madrid; Ocaña y Albacete, tras ser de nuevo apresado; y Alicante.

Resulta imposible evitar pensar en ese gran edificio, espectador de tantas lamentaciones de mujeres presas en las checas, hombres condenados y hoy, ancianos tristes y solitarios.

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Texto por: Javier Arias

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