Oficios relegados al olvido


Alfareros, ebanistas, carboneros y otros muchos trabajos corren riesgo de desaparecer ante el continuo desarrollo tecnológico y las nuevas formas de consumo
Falta pie de foto

Manos de un alfarero creando una pieza. Foto: José María Barroso

El mercado laboral evoluciona a gran velocidad, espoleado por los avances tecnológicos que se introducen en la sociedad. Oficios que antaño eran esenciales han pasado a convertirse en actividades residuales que perviven gracias a la tradición familiar y la pasión heredada por el trabajo artesanal. Las nuevas formas de producción y distribución, el éxito de las grandes superficies y los cambios en los hábitos de consumo han propiciado nuevas profesiones al tiempo que han condenado a otras al olvido.

Bien lo sabe Juan Manuel Pérez García, alfarero natural de Arona (Tenerife) que lleva dos décadas dedicado al oficio. A los 45 años perdió su empleo de cobrador en una empresa de alimentación y, gracias a una amiga, comenzó a asistir a clases para formarse en la técnica de hacer vasijas u otros objetos de barro. «Me apasionó y he seguido evolucionando. Es un vicio, una vez que empiezas quieres seguir», cuenta Pérez García, que ha llevado una muestra de su arte a la última edición de FITUR. Elaborar una pieza le puede llevar unas cuatro horas, pero el precio final apenas supera los 20 euros. «Es muy complicado vivir de la artesanía y el problema es que muchos oficios se van a perder», advierte.

Juan Manuel Pérez García lleva 20 años dedicado a la alfarería

Juan Manuel Pérez García lleva 20 años dedicado a la alfarería. Foto: L.M.

Junto a él se encuentra Antonio Rodríguez, maestro rosetero que ha acudido por primera vez a la Feria Internacional de Turismo de Madrid con una selección de sus creaciones. La roseta es un tipo de encaje de aguja típico de la isla de Tenerife, para el que se utiliza una almohadilla denominada pique. Las más sencillas se hacen en menos de media hora, mientras que las grandes pueden necesitar hasta tres días de trabajo.

Rodríguez, de 53 años, tiene claro que su gusto por las labores artesanales procede de familia: «Es una herencia de mi abuela. Empecé con cinco añitos y lo he desempeñado toda la vida. Actualmente estoy de monitor porque es un trabajo que se está perdiendo». Reconoce que «los tiempos han cambiado», pero dice que ahora vuelve a haber un resurgir de las rosetas, ya que se están incorporando mucho a la moda, la bisutería y la joyería.

Rosetas elaboradas por Antonio Rodríguez. Foto: L.M.

Dos rosetas elaboradas por Antonio Rodríguez. Foto: L.M.

Muebles artesanales

Los locales de oficios tradicionales se han convertido en reliquias dentro de las grandes ciudades. Muchos han echado el cierre para siempre. Su historia permanecerá en la memoria de los vecinos del barrio y, por supuesto, de sus últimos propietarios, que hace años tomaron la decisión de ejercer la ocupación de sus antecesores. Otros establecimientos, los menos, pelean hoy por sobrevivir en un mercado cada vez más adverso, que parece privilegiar las nuevas tecnologías frente a la artesanía, el trabajo de la máquina frente a las manos del oficial.

En el número 35 de la calle Ribadavia, en el Barrio del Pilar (Madrid), se ubica el taller de José María Morales Utrilla. Este ebanista de tercera generación tiene 47 años y lleva dedicándose al oficio desde hace dos décadas. Con 27 años, tomó las riendas del negocio de su padre, fundado en 1973, al que había ayudado desde que era adolescente. Morales reconoce que el volumen de encargos empezó a descender con el auge de las grandes multinacionales de muebles, aunque cree que en ese decrecimiento inciden otros factores: «Nos hemos acostumbrado a usar y tirar. Una persona no se puede gastar 2.000 o 3.000 euros en un mueble si en diez años lo va a tirar. Por otra parte, no se han valorado estos oficios. Los precios que tenemos nosotros son muy bajos en comparación a las horas de trabajo. No hemos sabido transmitir eso al cliente».

La competencia con los gigantes del mueble ha supuesto un punto de inflexión para las pequeñas empresas del sector, que buscan una diferenciación basada en la calidad del producto. «La materia prima que ellos [las multinacionales] compran es de peor calidad. Es más vistosa, pero los aglomerados tienen menos densidad, no usan barnizados ni lacados. A la larga se nota», afirma Morales Utrilla. El ebanista destaca la pureza de los materiales que se utilizan en los talleres de carácter artesanal: «Si el cliente quiere un mueble de nogal, nosotros se lo hacemos de nogal, no de una madera más económica que luego se tiñe, como hacen las tiendas».

José María Morales en su taller de ebanistería, en el Barrio del Pilar (Madrid)

José María Morales en su taller de ebanistería, en el Barrio del Pilar (Madrid). Foto: L.M.

A pesar de las dificultades que atraviesan este tipo de oficios, José María Morales sostiene que «hay trabajo». Su taller tiene una cartera de clientes que le permite mantenerse, aunque sin obtener grandes ingresos. Además de hacer mobiliario para diversos comercios, a nivel particular reciben encargos de personas que necesitan un mueble con unas características muy concretas o con un diseño determinado. Morales Utrilla no sabe qué futuro le espera a la ebanistería pero sí tiene algo claro: «El día que me jubile esto se cierra».

Mariano Bujalance Parias es otro ebanista que ha cultivado el oficio durante toda su vida. Ahora está jubilado, pero acumula 60 años de experiencia a su espalda. Su gusto por la ebanistería procede de su abuelo: «Prácticamente lo he visto en la familia siempre». En su opinión, una de las causas principales del declive del sector es que «antes a la gente no le importaba gastarse en un mueble un millón de pesetas, pero hoy en día ha cambiado. Se ha perdido el apego a los trabajos bien hechos».

Bujalance, nacido de Baena (Córdoba) puso en marcha su propio taller en el Barrio del Pilar. Nostálgico, todavía recuerda el elevado número de establecimientos especializados que existían durante los años 80 en la zona, con cerca de 40 locales. Sin embargo, los dueños se fueron jubilando y nadie tomó el relevo. «No hay prácticamente profesionales, ha desaparecido el oficio», lamenta. «Los aprendices no se quieren llenar de polvo. Es muy bonito darle a los botones del ordenador», asegura Bujalance. En este sentido, piensa que hoy en día los jóvenes no están preparados para formarse en un oficio que requiere paciencia y, sobre todo, vocación. «Es un trabajo complejo y creativo. Como no te guste no lo aprendes», resalta Mariano Bujalance.

Carbones y leñas

Las carbonerías son, sin duda, otro de los negocios que han ido desapareciendo de las ciudades. Si antes la leña y el carbón eran necesarios en el hogar, tanto para calentarse como para preparar la comida, desde la llegada de los nuevos sistemas de calefacción y de las cocinas de gas natural, su uso cotidiano descendió. Atrás quedan las colas de vecinos que bajaban a primera hora a la carbonería más cercana, cubo en mano, para abastecerse. Ahora, los principales clientes de estas tiendas pertenecen a la hostelería.

José Javier Castro en su carbonería, situada en el distrito de Tetuán (Madrid). Foto: L.M.

José Javier Castro es uno de los pocos carboneros que quedan en la capital. Su tienda, ubicada en la calle Jaén, del distrito de Tetuán, lleva abierta desde 1936 y fue fundada por su padre. El local es pequeño, pero los metros cuadrados están bien aprovechados. En el fondo se acumulan pilas de sacos llenos de carbón, que irán directos a las cocinas de algún restaurante. A mano derecha, los troncos de leña para chimeneas invaden el suelo.

Este madrileño se inició en el oficio por el elevado paro que había en su época. Empezó ayudando a su padre mientras esperaba conseguir algún trabajo que le gustara: «A mí me tocó la crisis de los 80, no encontraba nada. Esto lo llevaba mi padre y yo le echaba una mano. Me fui metiendo un día, otro, hasta que me saliera una cosa. Al final, me quedé con esto».

«Antiguamente todo Madrid era carbón. Hoy ya no, entonces han bajado las ventas», asegura Castro, de 58 años, que lleva al frente del negocio desde hace tres décadas. Si en otro tiempo acudían todo tipo de clientes, desde jóvenes hasta personas mayores, hoy la mayoría de encargos se realizan por teléfono o email.

La carbonería de José Javier Castro fue fundada en 1936. Foto: L.M.

La carbonería de José Javier Castro fue fundada en 1936. Foto: L.M.

Los ingresos procedentes de la venta a particulares son reducidos y el negocio subsiste gracias al sector de la restauración: «Esto poco a poco se pierde. Vas aguantando por los restaurantes, si no hace ya muchos años que se hubiera acabado». Castro señala que «antes eran camiones cada dos o tres días y ahora con dos camiones tienes todo el mes. Esto es de los dinosaurios ya», bromea este carbonero que, pese a las dificultades, no pierde la sonrisa. Su conclusión es que el oficio «está en extinción» y pone como ejemplo su propio caso: «En el momento que yo me jubile esto se cierra. ¿Quién va a abrir una tienda de carbón en Madrid? No lo quiere nadie».

Románticos, aprovechen, porque todavía, en el lugar y momento más inesperados, pueden encontrar un taller artesanal luchando por permanecer en su barrio.

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Texto por: Laura Montero Carretero

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