Madrilánea

El jardín de las delicias de Luis Eduardo Aute

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Considerado por él mismo más pintor que cantante, su obra siempre bebió de la libertad que da ser un «abstemio a las brújulas de la corriente»

 

Fotograma extraído del documental Aute Retrato (2019) de Gaizka Urresti

 

A principios de abril de 2020, el ayuntamiento de Madrid propuso colocar una placa en honor a Luis Eduardo Aute en su particular isla en el centro de Madrid: el Parque de Fuente del Berro. El violinista Enrique Iniesta, Gustavo Adolfo Bécquer o el romántico ruso Pushkin serán quienes hagan hueco en el censo de monumentos del parque, a un exclusivo giraluna, entre tanto giralunático.

Después de llegar de su natal Manila y traer el tagalo, catalán, español e inglés como lenguas vehiculares de su pensamiento, Aute vivió en Madrid desde los 11 años y ha sido durante más de tres décadas residente del barrio.

como hicieran sus contemporáneos Piero della Francesca, Tiziano o Miguel Ángel. Aunque siempre fue admirador de sus compatriotas Velázquez y Francisco de Goya, a quienes dedica un tríptico de canción de luces y sombras. Como le cantara Sabina, Aute «pinta novelas dylanianas», verso donde con un sólo verbo, sustantivo y adjetivo alcanzan para resumir su calidad como cultivador de las artes.

Su fascinación por la luz se reflejaba en las calles donde vivía, «alguna vez salíamos con el caballete y me enseñaba a pintar, intentando captar la luz del momento» cuenta su hijo Miguel quien siente una admiración profunda por un padre que sobresalía en su labor familiar despuntando fuera del marco.
Es fácil imaginar una de esas clases maestras paternofilial, a un Aute ataviado con una camisa prácticamente desabotonada y veraniega, con unos pinceles y un par de lienzos en una mano y en la otra su perenne cigarrillo, mientras entraba por la fachada principal neomudéjar del parque charlando con su hijo pequeño: «Oye Miguel, recuerda que cuando alumbra la penumbra la oscuridad deslumbra».

Es probable que Luis Eduardo Aute cayera de algún cometa fuera de circulación, y es que no sólo en el panorama musical y pictórico revolucionó, sino que se ocupó de componer poesía, poemigas como él mismo los denominaba. Aute siempre tuvo el gusto irresistible de jugar con las palabras, como describiera Huxley cuando le preguntaron en qué consistía el oficio de escritor.

Su hijo heredó el amor — «invento que sirve al ser humano para poder sobrevivir», decía Aute — por la imagen y la pintura. Ambos compartían horas en su taller donde Aute solía ser filmado para sus entrevistas, y se oían de fondo los pájaros exóticos que alberga el parque, incluido el glugluteo de algún pavo real vecino del barrio. Tumbados, displicentes, pero de oído fino, sus perros formaban parte del cuadro que sin intención representaba Aute en su estudio: «mis perros son los primeros oyentes de mis canciones». Eran sus animaLhitos compañeros en las noches en vela que se desvelaban en días. «También se iba él solo a pasear a menudo y conversaba con los dueños de los perros que había por allí, a quienes conocía por el nombre de sus mascotas», recuerda Miguel Aute.

Siempre se consideró más Cronopio que Fama o Esperanza, y un paseante de esos estíos de Madrid donde el frescor del parque de Fuente del Berro invitaba a «echarse a dormir en las lomas de césped», aseguraba Luis Eduardo. En el triángulo escaleno conformado por Las Ventas al norte, el Palacio de los Deportes al oeste y el Pirulí de Torrespaña al sur, el barrio de Fuente del Berro se cerca con la omnipresente M-30 al este. Entre estos puntos cardinales transitó Aute para sus conciertos, entrevistas, intervenciones televisivas o espectáculo taurino; sólo el último desde la barrera. «Mi padre decía siempre que en nuestro barrio no faltaba de nada y que podías vivir toda la vida sin necesidad de salir de él», cuenta su hijo.
Invariablemente todo espacio se complementa con el tiempo, visto como «una convención creada por el ser humano, que al no existir, tampoco hay calendario; lo que hay que hacer es ver de qué manera podemos ajustar ese calendario a los deseos de cada uno», apuntaba el propio Luis Eduardo Aute.

Desertor de los convencionalismos a lo Antoine Doinel, veía el cine como la mejor herramienta donde almacenar todas las autes visuales. Su taumaturgia lograba aunar cine, música, pintura y religiosidad — no confundir con religión como institución — en un engranaje armonioso. Fue asiduo del mítico Mac Mahon parisino o de la histórica sala Alphaville madrileña.

En el parque de Fuente del Berro habrá en unos meses una placa con un verso grabado elegido por su familia para honrar su memoria. Desde hace años en Calanda comparte callejero con su gran referente cinematográfico Luis Buñuel. ¿Una sala de cine a su nombre, una biblioteca, un centro cultural? Mejor escuchar y leer a Luis Eduardo Aute como fármaco para esta exposición de hoy, que llegó como itinerante y parece permanente, propensa a la obnubilación de nuestro espíritu; evitaremos así que este mundo cruel se salve con una homilía fuera del guion.

 

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