Madrilánea

Jorge Lozano: «La seguridad piensa que eres un ciudadano, la vigilancia te considera un código de barras»

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Con la perenne máscara que nos oculta desde marzo, Jorge Lozano con la vista cansada pero la mirada centelleante —como dijera Josep Pla de los italianos— nos atiende en su despacho de la facultad de Ciencias de la Información

 

Jorge Lozano, catedrático de Teoría de la Información   (Foto: Grupo GESC)

Jorge Lozano (La Palma, 1951) es catedrático de Teoría de la Información de la Universidad Complutense de Madrid, director del Grupo de Semiótica de la Cultura (GESC), profesor visitante en la Universidad Ca’Foscari de Venezia. Ocupó la dirección de la Academia de España en Roma y fue secretario de Revista de Occidente. Autor y coordinador de obras como El discurso histórico (1987), Persuasión. Estrategia del creer (2012) o Moda. El poder de las apariencias (2015). También es profesor del Máster de Periodismo Multimedia de El Correo (Vocento). 

– Como si se tratase del contador de la farmacia Morelli que avisa del número de habitantes que van quedando en Venecia, ¿cómo valora la presencia de la cifra diaria y la acumulada del número de contagiados y muertos por parte de los medios sobre la pandemia desde el mes de marzo?

La cuantofrenia es una enfermedad muy mala; significa que la cifra está por encima de cualquier descripción o explicación social. Vivimos en la era triunfal de la cuantofrenia.

– En cualquier operación de descubrimiento nos encontramos siempre con máscaras, y teniendo en cuenta que desde Aristóteles informar quiere decir dar forma, producir forma, ¿considera posible la existencia de algo a desvelar detrás de esta información oficial que desde los medios se está transmitiendo sobre la pandemia?

Siempre. Debemos acostumbrarnos a no tener categorías de cemento. En este momento se está dando una paradoja: hay rumores, negacionistas, fake news, mentiras, etc. Todo porque no hay un paisaje de certidumbres. Uno de los problemas fundamentales es que se ha puesto en cuestión el propio discurso científico, el cual se ha visto lesionado por autocontradicciones. Nietzsche decía que detrás de una máscara hay, acaso, otra máscara. En ese sentido, el problema no es lo que oculta una determinada información oficial, sino que detrás de ella no tiene por qué haber nada, una nada que, sin embargo, significa. La máscara se convierte, así, en un signo que muestra y oculta. Detrás de ella está el misterio.

– A partir de la búsqueda por la otra verdad detrás de la información oficial, ha proliferado en estos meses asociaciones de profesores por la verdad, médicos por la verdad, abogados por la verdad….

¿Hay una de profesores también? No me asociaría. Cuando la situación es de gran turbulencia, en semiótica decimos de altísima semioticidad, lo que suele suceder es que no se sabe muy bien por dónde van realmente los tiros. Por ejemplo,  en el momento actual no se sabe casi nada del virus. Si por el contrario, que es la primera vez que se ha encontrado una vacuna en tiempo récord, lo cual puede hacernos pensar que la situación que estamos atravesando es bastante grave. Del mismo modo, si bien no sabemos todavía qué resultados obtendremos con esta vacuna a largo plazo, lo significativo ahora es la actitud que se tiene ante un escenario que no controlamos cognitivamente.

En 1935, Salvador de Madariaga, antes de la guerra civil española, decía que en «nuestro país no hay conversación» Comentaba su fascinación al observar que en las charlas cotidianas lo que mejor se hacia era esperar el momento de poder decir lo que se estaba pensando. Respecto a este asunto, Julio Cortázar tiene un pasaje en Rayuela titulado «diálogo típico de los españoles» donde recrea esta singularidad de monólogos intercalados. Por tanto, venimos arrastrando desde hace décadas una falta de comunicación efectiva que perjudica la acción en conjunto. ¿Qué herramientas ve necesarias para arreglar este mal común de los españoles?

La respuesta sería que se hagan franceses. Aunque no me parece una respuesta adecuada. Gabriel Tarde, a finales del XIX, contaba que un hábito de los españoles era no contestar a las cartas. El pueblo español no es muy dado al intercambio, a la interacción, y por eso hay tanto exabrupto, tanto entusiasmo, tanto gracioso. Son unas Volk Kategorien. De todos modos, no generalizaría. En España hay una tradición admirable que son las tertulias; cuentan con unas reglas codificadas de cómo debe funcionar una conversación, e incluso saltarse alguna supone la expulsión de la tertulia. Es claramente un contraejemplo de lo comentado sobre la conversación.

– Justo en relación a la admiración por uno mismo, Giorgio Gaber tiene una canción titulada «La parola io» donde habla de la evolución del propio uso del «yo» desde la infancia hasta la edad adulta. Cuenta con una estrofa que dice:

«La parola io                                                   (La palabra yo
è uno strano grido                                           es un extraño grito
che nasconde invano                                       que esconde en vano
la paura di non essere nessuno                        el miedo de no ser nadie
è un bisogno esagerato                                    es una necesidad exagerada
e un po’ morboso                                              y un poco morbosa
è l’immagine struggente del Narciso»            es la imagen conmovedora del Narciso)

¿Cómo explicaría esta vanaglorización del individuo en busca del reconocimiento en el otro, tan en boga en las redes sociales?

No es fácil; hay muchos elementos que coadyuvan. La intervención en las redes implica, tal y como sostenemos en el GESC, la digitalización de la opinión pública. En este entorno mediático el like es la sanción con la que uno muy cómodamente dice lo que piensa, siguiendo, así, las reglas de la conexión, no las de la comunicación. Si desaparecen las reglas de la comunicación y de la interacción y prima la conexión, es más fácil que pronominalmente se tienda a declinar el yo como si se tratase de un nosotros. No pienso que sea tanto un problema de narcisismo, ni de individualismo, es más bien un problema de conectividad. La conectividad sitúa la hegemonía de la primera persona del plural en el pronombre personal yo. No hay discusión, no hay debate, solo likes. Es un problema que ya todo el mundo acepta: mucha conexión y poca comunicación. La comunicación es transitiva y la conexión es reflexiva. Estamos en una época de gran reflexividad, donde prima solo la propia opinión. Pienso que en los pronombres es donde se sitúan artificialmente las ideologías: el nosotros frente al ellos es un clásico de la semiótica de la cultura. 

– En la cita de Eugenio Montale del Corriere della Sera en el 64 que usted expuso en un artículo hablando sobre Umberto Eco: «debo decir que no es para nada un fanático integrado: sabe que quien se integra corre el riesgo de desintegrarse; y reconoce que los apocalípticos son muy conscientes de su extraña condición de quien protesta contra los medios, aunque dentro de los medios». ¿Qué piensa de la vigencia de esta archiconocida obra?

El comentario de Montale, es extraordinariamente inteligente. Creo que una de las grandísimas ventajas de Eco es que era un tipo de marketing impresionante. Y no hay estudiante de ciencias de la comunicación que no haya oído alguna vez ese título. Te voy a decir una frase de Eco cuando se habla de los medios y la universidad que contradice lo anterior: «en un departamento es plausible que se haga un seminario sobre las abejas, y eso no quiere decir que las abejas den un seminario». Es un problema para decir, en la universidad podemos estudiar el periodismo y los periodistas, y eso no quiere decir que los periodistas tengan que hacer un seminario.

La posición que ahora crea mucha confusión son los espacios en la universidad. Los periodistas deberían ser profesores asociados, es decir, quienes se encarguen de explicar su experiencia y cómo tratar una noticia, pero no que enseñen teoría de la información ni semiótica, ni redacción periodística. Esto que digo es completamente antipopular, y este un país tan moderno que de repente todo ha cambiado, estamos basados en la neomanía. Sinceramente, me alegro que me hayas dicho lo de Aristóteles, su definición de información no ha sido superada: es dar forma, no contenido. La prueba es que en la universidad la gente sigue hablando de análisis de contenido como si fuera un instrumento útil.

– En la obra Viajes y otros viajes, Antonio Tabucchi cuenta en el capítulo «Kioto, ciudad de la caligrafía» su visita a la tumba de Tanizaki (1886-1965). Describe que sobre su piedra encontró un ideograma cincelado y pintado. Lo copió en un cuaderno lo más exacto posible, y que esa noche se lo enseñó al recepcionista de su hotel que hablaba un perfecto inglés. «Silence» le tradujo el recepcionista. Y luego mirándolo detenidamente y con una leve sonrisa, añadiría: «Or nothing, Sir». ¿La palabra seguridad, como término empleado para justificar las medidas restrictivas, puede llegar a tener otro significado desde un punto de vista semiótico?

Por supuesto. La configuración del campo semántico de «seguridad» no es para nada simple. Por una parte, puede significar «proveer seguridad» y por otra, puede derivar en un sistema de vigilancia terrorífico. En ese sentido, el concepto de seguridad puede entenderse como un avance para que, por ejemplo, las mujeres puedan pasear solas por las noches y simultáneamente, como un sistema de vigilancia como el chino. El primer caso piensa a las personas como ciudadanos, el segundo como números. Prueba de ello es el capitalismo de la vigilancia, que convierte al ciudadano en un dato al que se controla con fines consumistas. Con la vigilancia se ha llegado a la sociedad más opresiva que se podía llegar, digamos de falta absoluta de libertad de movimiento y de reducción del ciudadano a un código de barras.

– En la discografía de Luis Eduardo Aute hay una canción titulada «la guerra que vendrá». Cuenta con un verso que invita a la reflexión: «pretenden convertir aquel milagro que una vez fue el ser humano, en simple, productor, consumidor, contribuyente, ciudadano». ¿Qué conclusiones puede sacar de esta afirmación a partir del mundo que se está desarrollando desde marzo?

Lo primero decir que mi simpatía por Luis Eduardo, al que conocí, es enorme. Es evidente que el desarrollo del capitalismo ha hecho que progresivamente el ciudadano se haya preñado de consumismo, de tendencias, etc. Efectivamente, la idea que plantea Shoshana Zuboff en La era del capitalismo de la vigilancia (2020) es que en la revolución industrial desapareció el concepto de humano en la naturaleza, y en el capitalismo de la vigilancia lo que no hay es naturaleza. Hay una transformación de un citoyen que de repente se encuentra como en la admirable película Tiempos Modernos (1936) de Chaplin. Pero evidentemente los Big Data te convierten en códigos de barras.

– En cuanto a los carteles utilizados por la Comunidad de Madrid para concienciar a los jóvenes sobre lo perjudicial que resulta saltarse las medidas sanitarias establecidas por el gobierno, se leen eslóganes como «Reunión familiar sin protección = enterrar a tu abuela» o «si vas de fiesta la próxima estación puede ser el tanatorio». ¿Piensa que se trata solo de concienciación o de una inoculación del miedo hacia la población más joven por parte del Estado?

Qué sutiles… te contesto con un ejemplo: los australianos hicieron una campaña de prevención para que los chicos usaran preservativo. El objetivo era la prevención de embarazos no deseados y evitar contraer enfermedades. Inicialmente, como fue tan poco eficaz, subieron el tono y al final se convirtió en una campaña similar a la de la Comunidad de Madrid. Al emplear un mensaje tan brutal se pueden dar dos fenómenos: pánico o indiferencia.

– Manuel Chaves Nogales decía: «dudo de mi vocación de escritor cuando me descubro en el flagrante delito de indiferencia ante los problemas del mundo que en nuestra era son los políticos». ¿Comete ese flagrante delito de indiferencia en relación a la clase política actual?

Te voy a decir mi campaña: hubo una época que la diferencia era una marca importante. Luego hubo otra de indiferencia. Ahora estamos en una fase que es la no diferencia. La no diferencia es no intervenir en clase para no diferenciarse de los demás, vestir como los otros… es una época de deflación de lo crítico, de lo teórico, que acabará por volver. En cuanto al discurso político, una característica muy presente es la renuncia sistemática y compartida de que el destinatario no es un colectivo generalizado, o un bien general, piensan que el destinatario es su destinatario. El caso máximo para mí es Rufián, quien cambia prosódicamente según habla a unos u otros, no es capaz de estar en un grupo tradicionalmente de derechas, ni apuntarse a la izquierda. Se limita a hacerse el gracioso, a ser un poco bufón. Además, al igual que Trump, es muy activo en Twitter y los tweets son la reducción de un discurso, es decir, la cancelación de un discurrir en el discurso.

– Su línea de investigación «El periodista como historiador del presente» de la que partió la obra Documentos del presente. Una mirada semiótica coeditado con Miguel Martín, está en contraste con aquella afirmación de Borges sobre la prensa escrita: «los periódicos son museos de minucias efímeras», o aquella metáfora de Eco, de la que usted en su momento manifestó su disgusto: «el periódico es como un cerdo, se aprovecha todo». ¿Debiera tener un papel más crítico el periodista, y los periódicos en sí, en el tratamiento de las noticias?

Normalmente en clase les digo: «si alguno de ustedes está en agosto en una redacción y le llega siete noticias y tienen que dar una, aunque no hayan estudiado ciencias de la información, saben qué noticia tienen que dar». Eso se llamaba en las teorías inglesas, rutines. Sostengo que hoy en las rutinas, cuando un periodista tiene que elegir entre dos noticias, hay una tendencia a destacar aquella que tiene más picante. El escándalo es un elemento de atracción y por eso es muy difícil los géneros con tertulianos, no se sabe si es un programa crush o es solo cash. No se sabe por qué se privilegia el escándalo o el humor, lo cual a mí no me gusta nada, pero también entiendo que es el signo de los tiempos. Como pasa con el programa de Ferreras, que trata de atraer a la audiencia a través de la proliferación de acontecimientos con una marca distintiva de algo que no lo es. El problema del periodismo es la urgencia del tratamiento de la noticia por su instantaneidad, no contarlo bien sin una reflexión previa.

– Por último, recordar aquella anécdota de Umberto Eco cuando una joven le preguntó en un congreso: «¿cómo es posible que un semiótico, que tiene que hurgar en las vísceras de un texto para analizarlo, pueda acabar apreciando su belleza?». Eco, le respondería socarrón: «¿Es que no sabe, señorita, que los ginecólogos también se enamoran?». ¿A qué obra literaria recurre Jorge Lozano cuando quiere resguardarse en la belleza?

Sí, me gustaría recordarlo. También a un periodista español se lo dijo así exactamente. Si tuviera que elegir un autor diría Auden…o Eliot. Dentro de la literatura española tengo que decir el Quijote, soy muy clásico.

¿Qué piensa de la contradicción de llamarle castellano a la lengua que se habla en España?

Solo digo castellano si lo tengo que oponer al bable. Si tengo que hablar de alemán, italiano, inglés, es español. Si tengo que decir bable, aranés, es castellano. Uno de los riesgos intelectualmente más importantes son las analogías, te pueden llevar por derroteros infames.

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