Madrilánea

Ataúlfo Casado: la ceguera, un «arma de doble filo» para el pintor

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El artista, que perdió la visión debido a una enfermedad degenerativa, no ha dejado que la felicidad desaparezca de sus obras. «Forma parte de mi vida», explica

Estudio de Ataúlfo Casado (Foto: Nerea Chicote)

 

Deambulando por el barrio de Malasaña encontramos Mondo Pichito, una sala en la que se expone temporalmente la obra de un pintor marcado por la ceguera: Ataúlfo Casado. Dos jóvenes, Alejandro Flores e Ike Cerrada, son los impulsores del proyecto. Comienzan a llegar los primeros asistentes y la experiencia empieza a centrarse en la vista, tapada por una tela, de los participantes. Lo primero que se escucha es una grabación de voz en la que el artista se presenta y explica quién es, algo que obliga a centrarse únicamente en su historia.

El barrio de Lavapiés nos invita a recorrer sus calles y, a través de una ventana entreabierta, Ataúlfo nos anima a entrar en su casa. Al cruzar la puerta, los colores de la docena de lienzos colgados se llevan toda la atención. Aquí comienza el recorrido. Con dos años y nueve meses, una famosa carta escrita a los Reyes Magos le trajo sus primeros materiales: un cuaderno y unos lápices de colores.  Recuerda que pasó todo el día de Reyes dibujando y fue en ese momento cuando se dio cuenta de lo feliz que podía hacer a sus padres. Con apenas tres años, Ataúlfo ya había encontrado el significado que tenía para él la pintura.

Con siete años y ocho meses se trasladó a Madrid y se apuntó al que sería su primer certamen de pintura en la capital. Este, celebrado en El Corte Inglés de Preciados- el único que existía aún en Madrid- , se fundó bajo el eslogan «un beso y un regalo». Lo ganó durante tres o cuatro años, algo que apreciaba por los premios. Recuerda dos en particular: una plancha solar y una sábana bordada. Esto, que poco interés parece tener para un joven de siete años, era una bendición para Ataúlfo ya que se convertían en obsequios que hacían feliz a su madre. Cuenta, con una tímida sonrisa, que eran cosas que las familias no se podían permitir comprar por su elevado precio por lo que su madre, al recibirlos, se sentía afortunada. Ataúlfo cumplía, de nuevo, el objetivo de su pintura. «Había hecho feliz a mi madre, que más se puede pedir», confiesa mientras sujeta su Fortuna casi consumido.

Curro, un amigo del colegio, le animó a  presentarse al Concurso Nacional de Pintura de la Falange Española. Ataúlfo ganó el premio con apenas 10 años, aunque recuerda que para él no significó nada especial. Lo que sí recuerda importante en su vida fueron las figuras de sus maestros, Don Emilio y Don Teófilo. De este último aprendió desde muy pequeño que debía ser educado y respetuoso con todo el mundo. También le enseñó que lo más importante es ayudar, una lección que le marcó como persona ya que siempre intenta buscar ese especial respeto y cariño hacia las cosas. Su casa es un fiel reflejo de esto: la mesa está llena de pequeños adornos y sus muebles están repletos de fotos y recuerdos bien cuidados.

La plasmación de un otoño en un lienzo le dio la oportunidad de convertirse en el copista más joven de El Museo del Prado de Madrid. Al empezar su trabajo, se fijó en el cuadro de uno de sus grandes maestros, Claudio de Lorena, y recuerda que la sensación fue compleja, «tenía catorce años y estaba ante una obra maestra», se explica mientras coloca sus muletas en su sitio exacto. 

 

Dos cuadros pintados por ATA (Foto: Nerea Chicote)

 

Entró en la Real Academia de Bellas Artes de Alcalá, donde siguió su formación. Tenía claro que él no quería hacer lo que hacían todos los demás, él quería pintar siguiendo su estilo propio. Le gustaba la técnica del Sfumato, aprendida en la libertad que le daba Don Emilio, y no quería dejarse llevar por la técnica de Pedro Mozos (la cual seguían la mayoría de los jóvenes artistas de la escuela). Llegados a este punto, Ataúlfo (o Ata, como le saludan sus conocidos) dejó atrás El Prado y comenzó a exponer sus obras.

Ata se enteró de su enfermedad por casualidad. Un amigo le propuso la idea de revisarse los ojos ya que estos eran lo más importante para realizar su trabajo. «Algo me chocó mucho al terminar la revisión», recuerda, y añade que sabía que «algo pasaba pero no me decían que era». Fue aquí cuando preguntó a uno de los médicos que había salido al pasillo. «El señor, sin bata ya, llevaba una chaqueta de pata de gallo inglesa, le pregunté qué pasaba. Tardó cinco o seis minutos en reaccionar y me dijo que tenía una enfermedad degenerativa: Retinosis Pigmentaria», señala el pintor.

Hay un momento que recuerda con precisión por lo que supuso para él. A las doce menos dos minutos, bajó su mirada para consultar la hora y cuando volvió a levantar la vista todo se volvió gris y borroso. Él era consciente de lo que iba a suceder, pero no sabía el cómo. «Fue instantáneo, algo que no es común en una enfermedad que debía ser degenerativa», aclara. Con 40 años, los ojos de Ata comenzaron a ver la vida de otra forma, no mala, sino distinta. 

Obra de Ataúlfo Casado (Foto: Nerea Chicote)

 

El artista dejó de lado las brochas durante diez largos años pero un doce de octubre pensó en que podría volver a pintar aunque estuviese ciego. Y aquí le llegaron los recuerdos. Buscó vasos de usar y tirar, brochas y un lienzo y comenzó a crear. El primer cuadro que pintó sin ver fue una abstracción, en la que jugó con los colores, evocando el recuerdo que tenía de unas canicas. Su ayudante fue una asistenta doméstica de origen rumano, «la chica llevaba ya tiempo viniendo y era maestra en Rumanía. Me ayudó a crear mi obra, era muy simpática», recuerda agradecido. 

Al terminar el cuadro, Ataúlfo sintió «la satisfacción que siente una persona que veía las cosas claras en la mente pero que no sabía si expresarían algo en el lienzo». «Había muchas preguntas, pero nadie las respondería si no veía mis cuadros», reflexiona. Para dar solución a sus inquietudes, llamó a su amigo Inocente y le pidió sinceridad en cuanto a este primer trabajo. «Le dije que sería claro en si debía seguir pintando o no, que no me iba a ofender, y que no se dejase llevar por mi estado». Y gracias a la respuesta de su amigo, Ata siguió pintando. La clave estaba en Inocente. Acudió a él porque «vivía la pintura desde su interior, desde su profundidad», aclara. 

Pintar para Ata es igual a felicidad «aunque haya bofetadas que la vida te da, como la ceguera». La intuición es su mejor aliado: «cuando intuyo que una pincelada más podría estropearlo todo es cuando doy por finalizada mi obra», confiesa. También explica que solo puede estar pintando alrededor de una hora y media como máximo debido a su salud, por lo que intenta finalizar su cuadro en ese escaso tiempo, también porque es la duración exacta que el recuerdo puede mantenerse en su mente. En cuanto a su predilección por algún color, Ata responde contundente: el rojo. «Es el color que representa el amor, y el amor en la vida es vital. El amor es el motor de la vida, el porqué de vivir», concluye el protagonista.  Insofacto, se levanta de la silla y recorre la breve distancia que separa el salón de su dormitorio. «¡Hoy no he escuchado música!», cuenta mientras los instrumentos empiezan a sonar.

 

Cuadro de Casado (Foto: Nerea Chicote)

 

De repente desaparecen los sonidos y nos trasladamos de nuevo al suelo de Malasaña. Tras un recorrido por su vida y una explicación visual de sus obras, las vendas caen de los ojos. Y todo lo que tu mente ha construido en los 25 minutos de sesión se escenifica en un lienzo. Al ver por primera vez sus obras, empiezas a entender cada palabra que sale de la boca de Ataúlfo. Comprendes la importancia que tiene la felicidad en su vida y, lo más importante, comprendes su forma de disfrutarla: «la ceguera es un arma de doble filo, todo depende de cómo lo aceptes. Esto estaba dentro de mi plan de vida, ¿para qué me voy a amargar?», concluye Ata.

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