Madrilánea

El santuario de los burros en tiempos de pandemia

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Burrolandia es un hogar para una especie a la que la sociedad da de lado

Burrolandia nació en enero de 1996 de la mano de Dilfenio Romero. En sus comienzos solo había dos burros y hoy hay más de cuarenta. Es una protectora animal sin ánimo de lucro fundada como Asociación Amigos del Burro (Amiburro). En la finca los jumentos conviven con otros animales como caballos, gallinas, cabras o una mula. El objetivo de los fundadores y simpatizantes es evitar la extinción de la especie y, de alguna manera, devolver al burro todo lo que ha hecho por el hombre.

 

Asno en la finca de Burrolandia (Foto: Andrea Muñoz)

Descubriendo Amiburro

Mañana de domingo un poco nublada en Tres Cantos. Dejando atrás el núcleo urbano y el Castillo de Viñuelas se divisa a lo lejos una señal que indica el destino: Burrolandia. Unos dos kilómetros de senda, baches incluidos, separan la «civilización» de este santuario de burros. Se comienzan a ver los coches aparcados en un parking improvisado en medio del campo. Son las doce y media y ya hay gente esperando en la puerta para entrar. Los domingos son los únicos días en los que este hogar de borricos abre sus puertas al público. Con la pandemia las visitas se realizan en dos turnos, de 10:30 a 12:00 y de 12:30 a 14:30. Reservar es un requisito indispensable para acudir a este lugar en tiempos de Coronavirus. La entrada es gratuita y se puede adquirir a partir de los lunes. Normalmente se agotan enseguida, pero si hay alguna cancelación durante la semana existe la posibilidad de conseguirlas el viernes.

En la puerta una voluntaria se cerciora de que únicamente entren las personas que dispongan de reserva para ese turno. Al entrar en la finca llaman la atención unas esculturas que recorren el camino que desemboca en las cuadras. Patricia, voluntaria, comenta que son obra de Dilfenio Romero, presidente Amiburro. Desde el acceso al terreno los borricos se acercan a pedir comida a los forasteros. Aunque no se pueden pasar alimentos de fuera, dentro se pueden comprar cubos con zanahorias, lechuga y pan.

Esta asociación se mantiene gracias a las aportaciones económicas mensuales que realizan los miembros, a los donativos que los simpatizantes dejan en sus visitas, a la venta de merchandising y a la ayuda de los voluntarios que van a las jornadas de puertas abiertas.

Esculturas de Dilfenio Romero en Burrolandia (Foto: Andrea Muñoz)

Coronavirus en Burrolandia

No es la primera vez que la protectora vive momentos difíciles, en abril de 2018 hubo un incendio en las instalaciones que quemó gran parte de la parcela. En 2020 debido al confinamiento tuvieron que echar el cierre temporalmente. Con el cese de los días de apertura al público perdieron una gran parte de las ayudas que recibían. Con motivo de la situación actual hay pocos voluntarios. «Fijos de los domingos somos de 3 a 6 los que venimos a ayudar», asegura Patricia.

Durante los meses de encierro los animales han estado acompañados y cuidados en todo momento. «El tiempo que duró el confinamiento lo pasamos aquí, los animales necesitan cuidados y tienen que comer». Siguiendo las recomendaciones sanitarias han incorporado medidas excepcionales para asegurar que se cumplen las normas de prevención contra el Coronavirus. «Hemos pasado de tener entre 1100-1200 visitantes los domingos a 500 como mucho y en dos turnos», afirma Romero. También se han visto suspendidas las históricas charlas entre amigos de los burros. Romero asegura que los visitantes le preguntan cuándo volverán, pero nadie tiene una fecha final de la pandemia.

Burrolandia (Foto: Andrea Muñoz)

En peligro de extinción

Este animal, que pertenece a la familia de los équidos, lleva más de 4.000 años entre nosotros. A mediados del siglo XX había alrededor de un millón de burros censados en España y actualmente quedan unos 30.000. Romero recalca que estos animales antes tenían «una introducción directa en el campo, para cualquier actividad eran necesarios» hoy en día con la industrialización de la agricultura el burro se ha quedado sin lugar. En la actualidad los asnos corren serio peligro de extinguirse. En China utilizan la piel del burro para la medicina tradicional, su gelatina sirve para elaborar un remedio conocido como ejiao, que ayuda a mejorar la producción de sangre. Sin embargo, en España hay varias reservas y asociaciones que, como Burrolandia, trabajan para preservar la especie y frenar su desaparición.

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