El inalcanzable «Maestro de Vida»

Estantería con libros. Por Gianluca.Golino

Sus manos acarician el papel

mientras que sus pensamientos

se transportan a lo vivido.

 

Sus finos dedos

expresan con delicados movimientos

cada palabra entintada en aquel cuaderno.

 

Su mirada me inquieta,

es profunda como el abismo,

llena de historia,

cargada de magnetismo.

 

Sus ojos irradian electricidad,

me provocan una corriente eléctrica

cada vez que le siento cerca.

 

Le sonrío.

La descarga me produce temblores.

Mi mirada le busca.

Le encuentro,

pero sus ojos se me escapan, me rehúyen,

salen corriendo.

 

Quizá sus anteojos

actúan como barrera

impidiendo la transmisión de mi transparente sentimiento,

o, simplemente,

no ha deparado en mi galvánica conmoción.

 

Pero su etéreo ser,

llena todo el espacio que me rodea,

acompañándome de manera invisible,

a cada lugar,

sintiendo desde lo más lejos su calor.

 

Cada palabra que sale de su boca

es precisa, exacta,

como el reloj que marca la hora de nuestro reencuentro.

 

Sus canosos y lacios cabellos

recogen la sabiduría y experiencia de su ser.

 

Hombre de artes,

loco de ingenio,

maestro de vida.

 

Su inquieto intelecto

pretende transformar el estatismo en movimiento,

y lo imposible en una meta.

 

Su don sublime,

lleno de grandeza y sencillez,

me transmite fuerza.

Un amor puro e inalcanzable,

«sed de belleza y de bondad[1]»

que domina la naturaleza de mi espíritu,

que jamás será correspondido,

pero que siempre

alimentará los pensamientos de mi existencia.

 

[1] El Banquete, Platón, 380 a.C.

 


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