Ladrillos con clase (media)

vistas de Moratalaz. Por JoseMaria

Son las 5: 30 de la mañana y ya hay un pequeño mosaico de luces encendidas —de héroes fuera de las sábanas— en las cocinas y en algún que otro salón que comienza a recibir vida. Como si fuesen celdas de una colmena, los hogares despiertan ahora progresivamente, luego con una coordinación sinfónica, en forma de luces blanquecinas y de cafeteras silbantes que apremian a las abejas que se preparan para la obra. Al fondo, el Pirulí recibe las primeras luces del alba mientras cantan las sirenas de una patrulla de la Policía. En el cielo se aprecia la «boina» que, con la contribución de millones de tubos de escape, cubre con casticismo la capital. El corazón de España despierta y Moratalaz late con energía.

 Luis Blanco, un carnicero con bigote que regala caramelos, ya entrechoca los cuchillos para atender a Conchi, una de las consumidoras más madrugadoras de cinta de lomo. Conchi comienza a preparar la comida nada más levantarse: «Ir a la carnicería o a la frutería es como mi ritual diario. Luego por la tarde ya descanso». Los niños desfilan sobre el empedrado arrastrando sus mochilas —de superhéroes— en un ruido ensordecedor. El estanco sube la persiana metálica y el quiosco vende su segunda oleada de periódicos, esta vez a la tercera edad. Mientras, las urracas, cuando no palomas o golondrinas, se posan gordas sobre las ramas flexibles de los plátanos de sombra, el árbol natural del microclima morataleño que lucha por alegrar estación tras estación la homogénea frialdad de los edificios. El afilador discurre sobre el asfalto mientras mira hacia arriba en busca de clientes. Sin embargo, las ventanas están ahora más cerradas que nunca.

 Hace 52 años, los rebaños de ovejas pacían en las dehesas de Moratalaz, las mismas por las que años antes el Rey Alfonso XIII jugaba al polo con sus súbditos. De hecho, el término «Moratalaz» significa «campo sembrado en alto», resultado de la unión de «morat» (altura) y «al fahs» (en árabe, «campo sembrado).

 Debido a la cercanía de estas tierras con el parque de El Retiro y con el cementerio de La Almudena (el más grande de Europa), la urbanización no alcanzó a este alegre mirador de Madrid hasta los años sesenta, cuando madroños y trigales fueron suplantados por múltiples edificios de ladrillo de construcción rápida. Hoy día, los más de seis kilómetros cuadrados de Moratalaz acogen a alrededor de 100.000 personas, el 1,5 por ciento del total de la Comunidad de Madrid.

 Latidos de fiesta

Es de noche y una jauría de automóviles busca un lugar de aparcamiento. Para muchos, el trabajo durante las horas de sol termina en un descanso bajo la luna. Sin embargo, a otros les resulta más saludable un paseo o unas cervezas. La Lonja es el lugar de ocio por excelencia. En la misma área de donde se reúnen los testigos de Jehová y donde los musculosos del barrio mantienen a tono la fibra en un gimnasio de vanidades a buen precio, niños y adultos disfrutan de helados y de cervezas —respectivamente— en los bares que abarrotan los márgenes de este río de comercios. «Aquí ponen cervezas grandes y siempre mucho que comer. Luego vendré con mis amigas a ver el partido del Madrid», comenta Laura entre las risas de su novio.

 Más allá, al «chino» del barrio le sigue la tintorería. A ésta el videoclub, la tienda de trajes de señora para ir a misa y el establecimiento  de hamburguesas que siempre está —y seguirá estando— vacío. En apenas media calle puedes comprar el pan, revelar las fotos, elegir el pescado más fresco, recoger la chaqueta ya sin el tomate en las solapas, tomarte un tinto e ir a misa en una de las quince parroquias repartidas por todo Moratalaz. Sin contar con la iglesia evangélica y con la Iglesia de los Santos de los Últimos Días, el templo de los mormones más grandes de toda España.

 Alrededor de las calles a veces repletas de fumadores (debido al inmenso número de bares) y de gatos callejeros (en Marroquina todos son negros) siempre hay árboles cicatrizados en los que cobijarse del sol anaranjado que proyectan los edificios aderezados de toldos, aires acondicionados y ropas tendidas al ventistatis. El ciudadano de Moratalaz tiene «verde» una quinta parte de su distrito. Por eso, el morataleño joven es, por lo general, ocioso, reposado y deportista. El anciano es ocioso y reposado. Los parques son al atardecer un caladero de bicicletas, carritos y perros. Los niños corren entre los bancos de madera donde algún que otro drogadicto fuma y toca la guitarra. Las notas agónicas sobrevuelan hasta la noche misma, cuando los acordes se mezclan con alguna radio o con el bramido de algún reality show que se escapa por una ventana abierta, a veces de la mano del aroma casero de alguna empanadilla o boquerón.

Sencillez de ladrillo

Melendi, el rastas que engendra todo barrio medio que se precie, ya recogió el carácter de Moratalaz en una de sus canciones: «Porque en Moratalá, desde el Baco al bar del Chema (…) su gente es de verdad, sus aceras son sinceras, así es Moratalá». También la Cabra Mecánica citó al distrito en su pieza llamada «En la soleada tarde de domingo en un parque de Moratalaz».

En otro nivel, Francisco Umbral hablaba de Madrid como «una excusa para contar historias». «Madrid es un género literario», sentenciaba. Moratalaz es, en la misma línea, la excusa perfecta para vivir historias. Las cotidianas, que son las inolvidables.

Termina el fútbol y las colmenas bajan sus persianas. Varios coches buscan aparcamiento mientras la guitarra no cesa en su lamento. Los héroes que están en sus casas duermen mientras otros, a tan solo unos metros, pretenden serlo. La luna en Moratalaz nunca se va. Como los sueños.


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