Navegar en Madrid

Estatua del Estanque. Por M.P.
Estatua del Estanque. Fotos por Marina P.

En una orilla, un chino sonriente entrega a la encargada un billete de cinco euros. Habla poco español, pero se defiende. Su compañero, más bajito y joven, hace un movimiento brusco y lanza un puñado de monedas en la bandeja de cobro. Ninguno de los dos habla inglés. Los chinos bromean algo en su idioma y al final gana el billete.

En otro margen, dos patos machos nadan, una oca con un ala rota huele una bolsa y peces con boca de besugos tragan todo lo que hay en el agua. Cae el sol y el goteo de gente que solicita una barca en el embarcadero del estanque del Retiro es imparable.

«Venimos mucho. Vamos, la última vez en verano, pero todos los años seis veces como mínimo», dice un padre que aparece con su hija entusiasmada en patines, y su amiga extranjera, con patinete.

– ¿Se ven las tortugas?– pregunta la niña a la taquillera, una señora sonriente que viste un polo rojo como uniforme.

Taquilla

Mientras ordena billetes y explica en diferentes idiomas las normas de alquiler de las barcas, la señora dice que nunca ha tenido ningún problema, «la gente es muy amable», declara. La estadística de su memoria cuenta que «italianos, franceses, ingleses y chinos» son los que más utilizan las barcas. Todos se sorprenden del precio de las mismas: 4,65 euros por tres cuartos de hora. 45 minutos remando. «El lío lo forman cuando ya están en el agua. Pero ahí se encargan mis compañeros de seguridad del parque. Aquí todos son educados», matiza la empleada.

Junto con ella, en el estanque trabajan a diario tres personas vestidas de verde que se encargan en el embarcadero de colocar a la gente en sus barcas, les indican dónde sentarse, les ayudan y les empujan al salir. También se encargan de recibirlos al final del paseo y hacer las veces de fotógrafos para las familias.

– Las tortugas se ven sobre todo en verano, ahora se esconden, mucha gente no sabe que hay

La encargada prefiere mantenerse en el anonimato, lo deja claro al explicar su contrato con el Ayuntamiento: trabaja de lunes a domingo de 12.30 a 21.30 en primavera y verano y descansan un día a la semana además de domingos alternos.

Los barcos son de madera, su exterior está pintado de azul y su interior de blanco. Tablas hacen de asientos y en la popa –la parte de atrás– están marcados sus números. La cifra más alta de las barcas amarradas es el 99.

«Four person por ship», dice la encargada a un grupo de cinco ingleses. Sólo caben cuatro personas por barco, por lo que los chicos se distribuyen: dos en una embarcación y tres en otra. Más tarde unirán sus navíos en el centro del estanque y charlarán. «Es un plan muy barato, vienes con tres amigos y pagáis poco más de un euro cada uno», explica la trabajadora.

Más allá de los remos

Atardecer en el Retiro

Además de las barcas, los domingos desde las diez de la mañana y hasta las cinco y media de la tarde se puede dar un paseo en el Barco Solar, una nave propulsada exclusivamente por energía solar a través de unas placas instaladas en su techo. Caben treinta personas y es una opción más barata que el alquiler de una individual: cuesta 1,20 euros por un cuarto de hora. «Es un euro más económico, pero tienes la desventaja de que no vas solo, de que dura poco tiempo y de que no puedes pararte relajado», dice un señor que se va a montar en otra barca. Sin embargo, desconoce que el dinero se dona al Centro Tecnológico Electrosolar para la implantación de barcos solares por el mundo. Otra de las actividades que se puede realizar en el estanque es el piragüismo y remo deportivos (se llevan a cabo competiciones y entrenamientos).

Es una tarde de invierno pero en Madrid hace calor, el sol se pone por el margen del lago opuesto al gran monumento que lo corona, decenas de personas ven el atardecer desde los escalones de la escultura y otros desde las barcas, el astro de invierno calienta el alma de los que pasan las horas en las aguas del Retiro.

Un estanque ligado a reyes

Existen diversas teorías sobre la fundación del estanque, aunque la más aceptada es que se hizo durante el reinado de Felipe II (1556-1598) a partir de un lago ya existente. A lo largo del siglo XIX, unas obras impulsadas por Fernando VII (1784-1833) cambiaron la fisonomía del embalse. Lo principal fue la construcción de un embarcadero en el lugar que hoy ocupa el monumento de Alfonso XII. Con Isabel II (1833-1868) al mando, el lago se convirtió en un lugar de recreo para el público que comenzó a pasear en barcas.

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