Concierto de un piquete, serenata en las cocheras

Policías en las cocheras de la EMT en La Elipa Por A. Calleja

Eran las 4:30 de la mañana y ya había unas 200 personas agitando sus banderas frente a las cocheras de la EMT (Empresa Madrileña de Transportes) en La Elipa. Un grupo de señoras cantaba, algunos comían galletas de chocolate y todos silbaban a los furgones de la Policía Nacional que se iban aproximando. De las cocheras salió un portavoz de Comisiones Obreras para anunciar algo a los allí presentes. Un policía le dijo que hablara frente a él, no detrás. El sindicalista se enfadó y levantó los brazos. «Pues me voy», anunció. Y se fue. Se acercó en su lugar uno de sus compañeros: «Vamos a respetar los servicios mínimos. Así que, por ahora, calma», dijo. Y de pronto seis policías a caballo se apostaron a lo largo de la entrada de las cocheras. El piquete comenzó entonces a pasárselo en grande: «¡Qué bonito, qué bonito!», coreaba mientras los corceles desfilaban frente a él con mansedumbre. «¡Si Franco levantara la cabeza qué orgulloso estaría!», gritó alguien. Los cánticos variaban desde lo más moderno a lo más tradicional. «¡Defiendo mi empleo, por eso piqueteo!»; «¡Hueeeeelgaaaaaaa!», gritó uno. «¡Hueeeeelgaaaaaaa!», contestaron todos.

Sobre las 5:20 comenzaron a salir los autobuses «mínimos», los acordados que realizarían su trabajo. A pesar de ello, todos los vehículos que salían de las cocheras eran recibidos con una pitada general. Cada autobús en la carretera era una derrota, un abuso. Cada autobús que volvía a la cochera, sin embargo, era una victoria. Una conquista. Así lo veían los piqueteros de guardia. Los caballos decidieron animar un poco la situación y se dispusieron cara a cara de los huelguistas. Muchos, lógicamente, se lo tomaron como una afrenta. «¡¿Democracia dónde, terrorista quién?!», gritó uno. El piquete se vino arriba. Minutos después, todos estarían coreando la Internacional puño en alto, justo enfrente de unos policías que no sabían a dónde mirar.

El grupo de señoras no dejaba de cantar. Un anciano, mientras, las alentaba con un altavoz: «Gracias a estas mujeres, con su sensibilidad… como en la comuna de París. ¡Fueron las que empezaron todo!». Las mujeres siguieron entonando sus letras de la Guerra Civil:

En la plaza de mi pueblo
dijo el jornalero al amo
«Nuestros hijos nacerán
con el puño levantado».
Esta tierra que no es mía
esta tierra que es del amo
la riego con mi sudor
la trabajo con mis manos.
Pero dime, compañero,
si estas tierras son del amo
¿por qué nunca lo hemos visto
trabajando en el arado?
Con mi arado abro los surcos
con mi arado escribo yo
páginas sobre la tierra
de miseria y de sudor.

Allí estaban, en la avenida de las Trece Rosas de La Elipa, frente a las tapias del cementerio de la Almudena, cantando letras de otra época frente a unos agentes de Policía de la Unidad de Intervención, que parecían alucinar. ¿Habíamos viajado en el tiempo? No; estas señoras estaban ahí por una reforma laboral muy cuestionada que ha sido aprobada por el Gobierno de Mariano Rajoy, del Partido Popular.

La líder del coro se llama Juana, que presenta a sus compañeras como unas «sindicalistas con conciencia». Son de CC. OO., como la mayoría de los huelguistas del piquete. Los menos son de Izquierda Unida y del 15-M. «Esta reforma laboral hipoteca nuestras vidas. Cuando nos quiten todos los derechos se acabará la crisis», afirma Juana, que cree que el problema viene del euro, de Maastricht y del capital. María, una de sus compañeras con conciencia, dice que la crisis se está generando desde California.

«¿Por qué Rajoy es el lacayo de Merkel y de Sarkozy?», se pregunta. «No me quiero quedar en casa. La gente está subliminada. Necesitamos un Robin Hood o un Guillermo Tell. Somos esclavos del poder, y lo peor es que el pueblo está de acuerdo».

— «Nuestras únicas armas son la huelga y las palabras», comenta después Juana. «A la Policía solo le quedan dos caminos. Proteger al pueblo o ser su asesino».

—«O ser su enemigo», puntualiza un amigo de Juana.

José Luis Mateos es de CC.OO, del 15-M y de la Plataforma contra la Impunidad del Franquismo. Se pregunta por qué hay tanta gente que no se une a la huelga. Quizás sea por el dinero. «La dignidad es barata», concluye. Y acabamos hablando de la Guerra Civil. Ya solo quedaban algunos gritos: «¡Viva la lucha de la clase obrera!». Sobre las 6:15 el piquete ya era apenas un pequeño grupo de gente. El resto continuaría la revolución en otra parte.

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