Al hilo de la crisis no le falta carrete

Unas manos cosiendo a máquina un bajo de un pantalón
Mari, la costurera, cose a máquina un bajo de un pantalón. Fotos por P. B.

Tac Tac Tac Tac. Unas manos expertas bailan al son de esta música metálica, guiando una tela al compás de los pies, que accionan un pedal que pone en marcha el instrumento: la máquina de coser. Cada vez a mayor velocidad, la danza contrasta con el destino del tejido, que pasa por debajo de una cruel prensa, agujereado sin compasión por la aguja y cruzado irremediablemente por el hilo. Pero como el gusano que se convierte en mariposa, la tela se convierte en una pieza única, a medida, como un guante. Es la magia cotidiana del antiguo arte de la costura y que parece revivir, un auge contradictorio en tiempos de crisis.

Este primitivo oficio —del que se tienen referencias desde el paleolítico— resurge en la actualidad, una especie de un back to basics (volver a lo básico, a las esencias, en inglés). En tiempos de bonanza era común comprar un nuevo pantalón cuando el viejo tenía rota la cremallera. Ahora se arregla. Y ahí es donde entran las costureras o modistas —la mayoría mujeres—, quienes tienen un gran nicho de oportunidad. Este trabajo es de los pocos que se han visto favorecidos por la crisis. De hecho, hay tanto mercado que parece haber espacio tanto para las que llevan años el oficio que aprendieron de sus madres y abuelas como para las que se arriesgan a emprender su propio negocio.

«Mi madre me mandó a aprender con la modista del pueblo a los 13 años», relata Mari, una de esas mujeres que casi nació con aguja y dedal en las manos. Esta alcarreña fue durante años aprendiz de Nani, a la que ayudaba con los pedidos de la marca Casa D’Orsay, hasta que su maestra decidió cambiar de rumbo y se quedó con su tarea. «Íbamos a cobrar a la calle Serrano, número 48 de Madrid», recuerda con exactitud. Eran tiempos en los que solo había dos opciones para una mujer como Mari: «O te ibas a servir a una casa o cosías». Por suerte, su pasión siempre ha sido la aguja y el hilo.

Sin embargo lo dejó cuando se casó. «En aquellos años estabas supeditada al hombre. Me quedé embarazada por primera vez, luego llegó el segundo y después el tercero. Además mi marido montó un restaurante y tuve que trabajar durante 20 años entre fogones. Pero nunca me gustó», explica. No fue hasta hace diez años cuando el negocio empezó a flojear y Mari tuvo que buscar una segunda vía de ingresos. Empezó entonces a tomar contacto con diferentes sastres y tiendas para las que empezó a confeccionar de nuevo prendas y volver al redil de lo que más le gusta. «Luis Triguero, un sastre del pueblo donde vivo, me propuso que le hiciera los arreglos a sus trajes. Pero con la crisis el volumen de trabajo ha bajado, y ya tengo que empezar a hacer arreglos de la calle. De momento, aguantamos», asegura.

 

Un sastre en un mundo de mujeres

Luis Triguero, cuyo nombre es un referente en el sector de la confección de trajes —sobre todo de novio— en la provincia, bucea en un mundo liderado por mujeres. «¿Te puedes creer que durante mis estudios estuve haciendo ropa de mujer?», dice rodeado de trajes para hombre. Él también comenzó muy joven en una empresa de confecciones, trabajo que compaginaría con sus estudios en diseño, estilismo y patronaje. Cuando terminó decidió montar su propio negocio, que fue viento en popa durante los primeros años: «Cortaba cientos, miles de prendas. Pero después la técnica evolucionó, sobre todo por la tecnología y la mano de obra más barata de otros lugares, y tuve que dar un vuelco a mi negocio y hacer cosas más personales».

Entonces apostó por la calidad en tejidos y acabados, además de los trajes a medida. Sin embargo, con la crisis llegó el bajón. Además, las grandes superficies irrumpieron en Guadalajara, castigando al pequeño comercio. «La única manera de sobrevivir es dar calidad. Cuando tú vas a una tienda mayorista y te compras una camisa por diez euros si te sale mala no vas a reclamar. En cambio, si yo la vendo y no te da buen resultado, vienes y me dices que qué es lo que te he vendido. Esa es la diferencia: en el comercio pequeño te atienden; en el grande, te despachan», asevera.

Taller del sastre Luis Triguero
Luis Triguero, al fondo, mientras trabaja en su taller

Ni las modistas ni los sastres serían lo que son sin la materia prima: las telas. En Guadalajara, la tienda de Charo y Raquel siempre está llena, y sus pasillos repletos de rollos de telas de todos los colores y tejidos imaginables. Además de la tienda, ambas se dedican a los arreglos. «Abrimos la empresa hace 23 años. Al principio solo nos dedicábamos a hacer arreglos de piel, pero hace una década comenzamos a coger todo tipo de prendas», cuenta Charo, quien se encarga sobre todo de asesorar a los clientes. La mayoría son mujeres, y además, muchas de ellas, modistas.

Raquel entra y sale del cuarto de la costura. «Perdona, de verdad, es que no tengo nada de tiempo», dice mientras saluda a algunas compradoras habituales. «Es que mañana tenemos la entrega de Punto Roma, y los lunes vamos a contrarreloj», aclara Charo. Al entrar en el pequeño terreno de la trastienda, una habitación de altas paredes con más rollos y multitud de bolsas –donde hay ropa para arreglar– rodea a la modista. Está cosiendo una mochila de plástico: «Esto hace unos años lo tirábamos, pero ahora, por un euro, lo tienes solucionado».

Taller de la tienda de telas y retales de Charo y Raquel
Raquel trabaja en su taller de arreglos rodeada de telas

Cuenta cómo hace más de dos décadas dijo en Barcelona que iba a poner una tienda de retales. «Me dijeron que eso es tercermundista, la gente ya no se hace su propia ropa, eso no tiene futuro. Es cierto que allí siempre nos han llevado ventaja y a lo mejor por eso nos fue tan bien al principio. Luego sí que es verdad que hubo un parón, porque la gente prefería comprarse las cosas hechas, pero ahora mismo, con la crisis, tenemos más trabajo del que podemos abarcar». Charo también lo tiene claro: «La verdad es que a pesar de lo duro que es, nos va muy bien. Y no notamos la competencia, aunque sabemos que muchas clientas se han puesto a hacer arreglos porque vienen y nos preguntan por los precios que ponemos nosotras. Pero tenemos tanto trabajo que no lo notamos».

 

La joven competencia

Una de sus competidoras es la joven Ana Butrón. Hace apenas tres meses que puso su tienda de arreglos, El taller de Ana, tras terminar sus estudios en diseño, patrón y costura. «La verdad que nunca me había imaginado haciendo lo que siempre he visto hacer a mi abuela», comenta respecto a su reciente actividad. Lleva solo tres meses en el negocio, pero está orgullosa: «Es muy gratificante ver cómo funciona el boca a boca, que es mejor que la publicidad, ya que procede de clientes que están satisfechos con mi trabajo». La aspiración para la mayoría de los estudiantes de este campo es trabajar con las primeras marcas y tener su propia línea de ropa, en el caso de Ana, prendas infantiles. «Dedicarse a los arreglos forma parte de lo menos glamuroso dentro de este mundo. Pero no hay que olvidar que el diseño en sí está integrado por muchas tareas, incluida esta. Además, hay veces que hay que tener mucha imaginación y creatividad para ajustar la ropa».

Mostrador de la tienda "El taller de Ana"
El mostrador de la tienda El taller de Ana, donde se puede leer «Un bonito armario en tiempos de crisis»

Estas cuatro historias están unidas por el mismo hilo de una máquina de coser, alimentada por el pedal de la crisis. Al menos para remendar la ropa, seguirá funcionando a pleno rendimiento.

Patricia Biosca

"Deseo poder escribir algo tan misterioso como un gato" E.A. Poe

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