Un oasis medieval en un castillo de harina y levadura

Un joven se prueba un casco medieval
Un joven se prueba el casco de un soldado frente a la panadería. Foto: I. Miranda

En otra vida fue Alfonso VIII. Hoy es un pollero de Hortaleza reconvertido en panadero de finales del siglo XII. La que encarnó a su mujer y reina consorte de Castilla, Leonor de Plantagenet, ha dejado atrás su corona para convertirse en la mujer de este panadero que inaugura establecimiento. Arqueros, soldados, mendigos e incluso nobles se han acercado al lugar. Es un encuentro fugaz. Un paréntesis en el siglo XXI. Un oasis que se desvanece rápido porque, ante todo, los grupos de recreación histórica son nómadas en busca de lugares a los que llevar la cultura.

Fernando de Magerit es «carne de cañón». Un campesino mandado a la guerra por su señor. Lleva lo justo: un casco, un almófar (un pasamontañas de cota de maya) y un gambesón (sacos acolchados que llegan hasta mitad de la pierna). También lleva dos cinturones de los que cuelga cuero sobrante. «Lleva más longitud de la normal porque el cuero es muy caro de hacer, sobre todo el curtido. Si engordo, adelgazo, me pongo más cosas o menos… solo tengo que hacer agujeros». En el segundo cinturón porta el bolso: «Llevo aquí lo importante porque lo que se ha quedado en el campamento, si perdemos la batalla, es saqueado automáticamente por los mismos cocineros».

Pero Fernando no se llama Fernando. Solo cuando se mete en el papel del campesino. Forma parte de una asociación de recreación histórica española. En su caso, Magerit. Honor et gloria reza su lema bajo un blasón que incorpora un oso. «Todos somos pequeños artesanos», explica. Elaboran todo lo que visten menos el casco y la espada. Estudian la Historia y reproducen cada detalle. Trabajan el cuero y cosen. Montan campamentos y entrenan en combate. No es cosa de un día, sino un estilo de vida: son capaces de hacerse ocho horas en coche de ida y otras tantas de vuelta cada fin de semana para reunirse. Fernando tiene hasta una pequeña fragua en su casa.

Sin embargo, estos grupos aún son desconocidos por los españoles. «No se conoce demasiado, la gente nos dice: «¡Ah sí! Lo de los mercadillos”. No. Nosotros no vendemos nada, ni compramos nada, aunque parezca mentira, solemos ir gratis o pidiendo por favor que nos dejen ir a los sitios», cuenta Fernando. Son pequeñas asociaciones, aunque hay cierta unión entre ellas. «Gracias a internet, últimamente estamos haciendo cosas más grandes».

Pero todavía no llegan a los niveles del Reino Unido o Francia, donde existe una gran tradición. Así lo explica otro soldado, pero este del siglo XIV. Trancos es su nombre de guerra. Carga 30 kilos de peso encima por la armadura a pesar de que no lleva una coraza metálica. En su tiempo no tenían la tecnología necesaria para desarrollar chapa larga. Por eso viste una brigantina —una coraza en forma de jubón con láminas metálicas cosidas por dentro—, al igual que sus compañeros de este siglo. Y la espada, sin filo.

«Se puede llevar, pero en las rodillas sí que se nota un poco el peso», dice Trancos. Roger de Outremer, un noble del siglo XIII —aunque un noble no demasiado acaudaladado— escucha la conversación e introduce un flashforward [gran salto adelante]: «Una cosa que recrean en las películas muy mal es un combate entre guerreros, sobre todo acorazados, que van corriendo como locos y gritando “¡aaaaahhh!” y luego llegan al lugar y hacen con la espada “¡uuuuuggggg!” [hace gesto de levantarla con dolor]. ¡Y era al revés! La espada no pesaba tanto, lo que pesaba era la armadura».

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Un soldado del siglo XIV y un mendigo

Se nota que la recreación es su pasión. De Outremer es un caballero, algo que transmite el color del tejido: el granate. «El estatus no solo se medía en función de las capas de ropa, sino en la calidad del teñido», bromea. Dentro lleva una túnica, que no se quita nunca, la calza y el calzón. El acabado de sus zapatos es mucho más elaborado. La espada se la ha hecho un artesano recreacionista y lleva una daga de juego: «Tú ves las cantigas de Alfonso X y hay cantidad de miniaturas con este tipo de dagas».

Bezudo, un soldado destacado de la conquista de Cuenca de 1177, porta su arco de madera de tejo y merodea por el lugar. No lleva almófar, ni espada, ni cota de malla. Pero cuando sale de su personaje es el presidente de Conca. «Nos llaman de diferentes lugares porque no solamente es en Cuenca o en Madrid, sino que vamos a cualquier provincia. Nos llaman para sus fiestas medievales, para sus eventos, porque nosotros aportamos lo que ellos no pueden normalmente, calidad», destaca. Recrean un personaje concreto y muchos se documentan para uno con nombre y apellidos, como en su caso.

En esta ocasión han acudido a Hortaleza para apoyar a uno de sus compañeros de Conca: Alfonso VIII durante la fiesta de la conquista de Cuenca, Joaquín como nombre de pila. Ha decidido aunar pasión y trabajo. Hoy lleva la ropa propia del pueblo en el siglo XII. Desde el primer día de diciembre, el barrio no cuenta con un nuevo rey, sino con un oasis de historia hecho de harina y levadura.

Isabel Miranda Pinillos

-¿Y tú por qué estás aquí? -le preguntaba Barlés, guasón, aquella noche en el vestíbulo del hotel Dunav de Vukovar. -Porque me gusta -respondía Gervasio humilde, en voz baja. (Territorio Comanche)

Un comentario en «Un oasis medieval en un castillo de harina y levadura»

  • el 9 diciembre, 2012 a las 12:03
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    ¡Enhorabuena a los recreacionistas de la historia por mostrarnos la Edad Media tal cual era alejada de fantasías, leyendas o «películas»!

    También felicidades al promotor de la panadería por el arrojo de montar un negocio en los tiempos que corren ¡buena suerte!

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