El reponedor

Pasillo de supermercado
Un pasillo como este puede convertirse en una tortura durante las navidades (Foto: ABC)

Marcos, 19 años, estudiante de Filosofía, un metro y setenta y cinco centímetros de altura, setenta kilos de peso, gafas. Ha aceptado una oferta para ejercer de reponedor durante lo que, en términos comerciales, se conoce como: Campaña de Navidad. Lo ha hecho tras pasar unas sencillas pruebas y cursillos de formación de una conocida cadena de centros comerciales. Requisito esencial en el que ha aprendido cosas tan útiles como saber cargar peso para no dañarse la espalda, o cómo y cuándo lavarse las manos para coger diversos productos de alimentación. «Se deben pensar que somos gilipollas», pensaba mientras recibía tales conocimientos a través de un programa informático de la época en la que Bill Gates usaba chupete.

El primer día, la zona de personal parece un pelotón de reclutamiento. Al pasar por una ventanilla, una señora con los labios excesivamente pintados en comparación con el nivel de maquillaje del resto de la cara, le ha dado dos batas blancas (que ha justificado con un: «para cuando se te manche») y una chapita con el nombre del centro comercial y el suyo propio: M. Rodríguez. Lo primero que ha pensado es que se llevará ese artilugio cuando salga de fiesta con los amigos y que cuando termine de trabajar ahí echará sobre él una buena ración de orina elaborada con unos cuantos botellines de cerveza. Mientras se disponga a tal ejercicio, pensará en los cinco euros con cincuenta céntimos que en realidad le pagan por hora trabajada.

Le han dicho que él no va a estar en el supermercado general sino en la zona reservada a comida gourmet. Su tía abuela siempre le decía que era un chico con un duende especial. En los últimos 17 años, lo único especial que le ha pasado es que su tía le dijera eso. Si todo ese duende se va a reducir a que la pata de jamón que tiene que cargar sea más cara que las otras, la vida es una puta mentira.

Ha subido a su sección, donde todo está tan bien puesto que da pena moverlo. El jefe, Óscar, es un tipo orondo, un humano con pintas de cerdo o viceversa, que acumula sudor en el bigote, lo que resta cualquier legitimidad al traje barato que lleva puesto. Además, la corbata obliga a que la papada, como un mazacote de carne, cubra buena parte del cuello de la camisa. Es serio, con un humor tan peculiar que no hace gracia, y con una facilidad extrema para cambiar el tono y hacer la pelota a los clientes. El resto del personal es normal. Personajes que no destacarán nunca por nada, que aprenden con cierta holgura una habilidad determinada y la explotan hasta la jubilación. El carnicero, Luis, presume de la moto de alta cilindrada que tiene aparcada en la puerta. Marcos cree que tal actitud se debe a algún tipo de carencia en sus atributos sexuales. Las dos dependientas, Maruchi y Aida, son dos señoras cincuentonas y con un fuerte olor a perfume barato y anciano. Le recuerdan a aquel día que se duchó con gel Heno de Pravia y olió a viejo durante casi dos días.

La primera jornada es tan apasionante como lo será el resto del mes. El ritmo de trabajo consiste en reponer la estantería de las mermeladas, sacar algunas patas de jamón ibérico, servir café a granel y, cómo no, colocar más y más cajas de Moët & Chandon donde todo el mundo pueda verlas. «El champán de los fracasados que quieren presumir de buen gusto delante de la familia», le confiesa Óscar.

Los riñones le duelen. Ser el único reponedor de su área hace que no tenga ni un minuto para descansar. Seis horas seguidas, del almacén a la tienda, ida y vuelta. Se ha fijado que hay una serie de botellas de agua carísimas, que sólo contienen eso: agua. Nota la boca pastosa, como si masticara arroz recocido. Se encierra en el almacén y se bebe medio litro de agua elitista mientras se dice a sí mismo que va a ser la meada más feliz de su vida y que es una pena no poder profanar la chapita identificativa en ese momento.

Pasan los días, el cansancio se va notando. Los compañeros no han ofrecido nada que Marcos no esperara. Luis machaca la carne mientras mira de reojo su casco, que está guardado en una pequeña estantería a la altura de las rodillas. Maruchi sólo sabe hablar de que ha descubierto la literatura erótica y que hace «cosas» con su marido que antes ni se le ocurrían. Aida apenas aborda temas de conversación que vayan más allá de sus hijos, que son «responsables y muy educados, pero que no han querido estudiar», y su madre, que anda «muy floja, hija mía, pero a esa edad ya se sabe».

Cuando las escucha, a Marcos le gusta pensar en su madre. Su madre es una señora de cincuenta y muchos, espigada y comedida. Mientras carga una caja de mermelada de tomate, piensa en la cantidad de veces que les llama cuando la cena está lista. Lo cierto es que apenas le hacían caso, hasta que un día la vio sola en la cocina, con el pijama puesto y los platos sobre la mesa, escachando con un trozo de pan la yema del huevo y la tele como espejismo. Aquel instante aprendió que la soledad existe y que es más sencilla y banal de lo que creía.

Es 24 de diciembre. Está exhausto y algo cabreado. «Puto gordo», murmura mientras Óscar le pide que sea más delicado recolocando los artículos. Se acerca un niño, repeinado y repelente, de esos que todavía se creen con derecho a llevar pantalones cortos con calcetines largos en pleno siglo XXI. «¿Tienes huevos de erizo?», le pregunta. Marcos piensa en un erizo y en el niño mordiéndole las pelotas mientras el animal intenta huir. También en el niño lleno de púas, sangrando abundantemente, sufriendo tanto dolor que ruega ser ahorcado con uno de esos calcetines, mientras un coro de ñoños cantarines toca la guitarra y baila a su alrededor. Todo eso pasa por su mente como una exhalación. Atina a responderle: «¿Cómo?». La criatura le explica que «su yaya» le ha pedido que pregunte si tienen «huevos de erizo de mar». Marcos le contesta que no. Realmente no tiene ni idea, puede que tengan aquí o allá. Eso es lo de menos. Le hace feliz hacerle perder un cliente al establecimiento. Es su manera de atracarles y darse a la fuga. Es su manera de joderlos.

Hay altavoces por todo el techo. Para que cada altavoz emita sonido es necesario que decenas de metros de cable funcionen a la perfección. La suerte no está de su lado. Daría la vida (no la suya, pero sí la de cualquiera de sus compañeros) por un leve sangrado de oídos. Una sordera reversible pero absoluta. Preferiría una pizarrita colgada en su cuello y una tiza en el bolsillo. Que todos se comunicaran con él a través de ella. Los villancicos parecen haberse unido en uno solo. Una machacona melodía con coro de infantes absurdamente felices. «Los niños que cantan deberían estar laringectomizados», le dice a Luis, que le mira con cara de asco mientras recuerda lo bien que se lo pasaba bailando el Antes muerta que sencilla en la verbena del pueblo. «Luis es así, un pichacorta hortera», piensa.

Al final de la jornada le lleva poco tiempo cambiarse. Apenas quitarse la bata, echarse un poco de desodorante, abrigarse y salir a la calle. Va directo a casa. La gente camina feliz mientras sujeta orgullosa bolsas del centro comercial en el que Marcos trabaja. Ha podido robar unas cuantas chocolatinas para comerlas en el autobús. Ve cómo todavía algunos entran en plena Nochebuena a la tienda. «Menuda panda de tocapelotas», se descubre diciendo en alto.

Una vez en el salón-comedor, rodeado de familiares, se detiene en observar que en toda la mesa no hay ni un producto de los que él repone, recoloca, informa, asesora, explica, sirve o vende. La mesa está libre de rutina y eso le reconforta. Al primer langostino le arranca la cabeza y las patas con placer de psicópata que debería estar interno el resto de sus días. El puro que fumará su tío tras el postre tiene la forma del arma de fuego con la que le gustaría ir a cobrar a principios de enero. Ha visto la montaña de apuntes que le espera para los exámenes de febrero, y reza porque la señora de labios excesivamente pintados en comparación con el nivel de maquillaje del resto de la cara haya leído a Platón, el filósofo griego que entendía la filosofía como una forma de purificación del alma y preparación para la muerte.

P.d.: El 9 de enero, Marcos acudió a cobrar por su mes de trabajo, que fue pagado en efectivo, a través de una ventanilla con cristalera, a razón de la cantidad por hora trabajada que había imaginado. Al salir por la puerta, pensó en volver a trabajar allí las próximas navidades. Antes de eso, revisó el Código Penal.

Juanma Fernández

Historiador reciclado en periodista. Escribo columnas en Heraldo de Aragón y mantengo un blog de opinión en La Vanguardia. Estuve dos años en ABC Punto Radio Aragón, donde hice casi de todo. Llevo gafas y mido 1,72.

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