Reporterismo

El festival de Año Nuevo chino lo organiza un cura

Dos sevillanas bailando flamenco durante el fin de año chino 2013
Dos sevillanas bailando flamenco durante el Año Nuevo chino. Todas las fotos: I.M.B

Juan Alfonso Fu es un joven sacerdote. Lleva 8 años viviendo en Madrid. Es pastor de una parroquia de emigrantes católicos en Getafe, ha estudiado teología en la Universidad Pontificia de Salamanca. Y es chino.

No le gusta hablar de él, sino de la asociación que ha formado: Casa China. Trabaja mucho con jóvenes. Reúne a voluntarios asiáticos para que cuiden a niños y ancianos en hospitales madrileños. Cooperan con voluntarios españoles, «entre ellos se llevan muy bien», dice sonriendo. Tiene una expresión tierna. Y las ideas claras, las expresa como si fueran ecuaciones matemáticas.

«Casa China empezó sin un solo céntimo». Emprendió el proyecto en  2011 junto con algunos amigos para ayudar a los emigrantes. «Cuando pasaba por la calle veía que los emigrantes chinos tenían pocas sonrisas». El sacerdote pensaba que era por la diferencia de culturas. En una ocasión le preguntó a una mujer latinoamericana si se sentía feliz viviendo en España. Ella le dijo: «No, porque no es mi tierra». Decidió fundar su asociación para que «la gente tenga más sonrisas».

El capellán Juan Alfonso Fu en su discurso durante el festival
El capellán Juan Alfonso Fu en su discurso durante el festival

Llamó a la Comunidad de Madrid. Preguntó que le recomendaran una ONG española para integrar a los jóvenes chinos que querían ser voluntarios. Le aconsejaron Desarrollo y Asistencia. Presentaron un programa juntos en el que integraron 200 voluntarios chinos con 1800 españoles. «Consiguimos financiación», dice  María del Valle Pinaglia, directora del programa de voluntariado de la organización.

Año Nuevo asiático con sevillanas

Cada año chino se corresponde con uno de los doce animales del Zodiaco. El 2013, que es el de la serpiente, representa la fortuna. Se celebró el sábado 9 de febrero. Pero en Madrid se cancelaron las fiestas oficiales. Aunque Juan y su equipo seguían con su idea de conseguir «más sonrisas». Reunieron a un gran número de emigrantes y voluntarios en el restaurante JU BIN LOU, en la calle Marcelo Usera. «Usera y Parla» son los chinatowns madrileños, cuenta Juan.

«Estoy muy contento de estar en Madrid porque puedo celebrar dos veces el fin de año», dijo el capellán mientras leía un dinámico discurso, en un atril de madera. Dio la bienvenida al año en un restaurante, con más de 200 invitados de distintas nacionalidades. Sentados en mesas redondas de manteles rojos, vasos de copa —aunque no había vino, ni alcohol, solo refrescos— y servilletas de papel blancas.

En la comida se vivieron curiosos momentos. Como el de dos andaluzas con traje y peinetas rojo carmín bailando flamenco en un escenario decorado con lámparas de farolillo rojo. O el de un cantante asiático de pelo rapado, bigote, gafas de pasta negras, pajarita marrón, camisa de cuadros y pantalones de pana tocando la guitarra y cantando música country.

Para comer hubo más de ocho platos distintos de comida: pan chino blanco (Man Tou), patatas rebozadas (Yu Tou) , ternera con pimientos (Suan Tai) o  rodajas de pescado cocido, blando como las gominolas. «Si invitamos a un chino a una casa española y les ponemos una ensalada con un filete van a pensar que somos unos maleducados», comentó una mujer jubilada madrileña. También trabaja como voluntaria para la asociación Desarrollo y Asistencia.

Una mujer asiática realiza un baile tradicional durante la fiesta
Una mujer asiática realiza un baile tradicional durante la fiesta

Integración, tarea difícil

Pero, pese a las palmadas de la fiesta, la integración no es tan fácil. Elena, es una joven china de 23 años y universitaria. Lleva un año y medio viviendo en España. Estudia Periodismo en la Universidad Carlos III. Tuvo que pagarle a la universidad madrileña 2.000 euros por cursar sus estudios. Es voluntaria en Casa China. También asistió al Año Nuevo en el restaurante JUN BIN LOU «Conocí a Juan en una reunión en la que organizaba a los cooperantes», y ahora ayuda a enfermos con el resto de colaboradores. Al igual que Juan, viene de la provincia de Shanxi. Está cerca de Pekín, donde vive un gran número de familias de clase acomodada. Es hija única, ya que «desde los años 80 hay una ley que prohibe a una familia tener más de dos hijos. Si te pasas, pagas una multa». Al preguntarle si tiene amigos españoles responde,«no muchos», a los españoles les gusta «salir tarde de casa».

Lo mismo le ocurre a Mayte, una joven estudiante de doctorado de Literatura Hispanoamericana en Madrid. «El Cervantes es muy famoso en China. Hay muchas traducciones», comenta entre risas. Su libro favorito es El Amante de Todos los Santos de Gabriel Vázquez. Viene de la provincia de Hebei. Tiene el pelo corto, mechas rubias, flequillo recto. Para el festival lleva un vestido tradicional asiático de flores, con colores vistosos. Lo combina con unas mayas negras. Y unas zapatillas de plástico rojo con plataformas blancas, abrochadas con cinco tiras de velcro. También es voluntaria en Casa China. Vive con una familia madrileña, enseña chino a sus hijos.  Su mejor amiga española se llama Rosa, es su anterior casera. Al igual que Elena, la mayoría de sus amistades son jóvenes chinos. Ambas añaden que son culturas muy distintas. Ninguna de las dos tiene intención de quedarse en España. Elena quiere volver con sus padres, y Mayte pretende regresar para ser profesora de español en China.

Mayte, a la derecha, con una amiga durante el festival de Año Nuevo chino
Mayte, a la derecha, con una amiga durante el festival de Año Nuevo chino

De los 180.000 chinos registrados que hay en España, 37.000 residen en Madrid. Cada vez vienen más jóvenes estudiantes como Mayte y Elena, que conviven con madrileños e intentan combinar sus culturas. Hablan español a la perfección. Pero la integración sigue siendo difícil. La colonia china vive en barrios aislados, como Usera, se relacionan entre ellos y muchos tienen dificultades con el idioma. «La cultura asiática es hacia dentro. Invita a la reflexión, a la meditación. Los occidentales son hacia fuera. El gran problema es el desconocimiento», dice Juan.

El capellán tiene una multitud de proyectos para fomentar la integración «queremos llevar voluntarios a Pekín». Sobre el futuro que le espera a Casa China sonríe y dice: «No lo sé.  Está en las manos de Dios».

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