El peligro en una roca

[Carlos, David e Iván llegan a La Pedriza, una montaña de granito en Manzanares el Real, al noroeste de Madrid. Comienzan a ascenderla a través de un sendero.]

DAVID.— A ver si hay suerte.

CARLOS.— Después de este madrugón, esperemos que salga alguna víbora.

IVÁN.— Para eso hemos venido. Además, hace sol y las lluvias por fin pararon.

[Siguen andando para dirigirse a unas zonas rocosas.]

DAVID.— Si subimos hasta donde están esas piedras, será el lugar perfecto para poder encontrar alguna.

CARLOS.— Son ya las once de la mañana y hace un calor horrible.

IVÁN.— ¿Habéis traído agua, no?

DAVID y CARLOS.— Sí.

IVÁN.— Ya estamos cerca de las rocas. ¿A cuánta altura pueden estar sobre el nivel del mar?

DAVID.— A unos mil o mil doscientos metros. Las serpientes no suelen estar en grandes alturas.

[Alcanzan las rocas y comienzan a mirarlas.]

CARLOS.— No sé si habrá alguna. Será mejor que levantemos alguna piedra grande porque a las serpientes les gusta cobijarse debajo de ellas.

[Mueven las piedras y se toman un pequeño descanso.]

DAVID.— Será mejor que descansemos un poco y que almorcemos. Así le damos tiempo al sol para que caliente más las rocas y pueda haber alguna que salga a calentarse.

IVÁN.— (Sonriente y hambriento.) Yo me he traído un bocadillo de jamón serrano con tomate.

CARLOS.— ¡Qué cabrón!

IVÁN.— ¿Quieres?

CARLOS.— No, no, gracias. Tengo que cuidar la línea, que pronto llegará el verano.

[Ríen todos.]

[Tras una pausa de media hora viendo el paisaje y disfrutando del aire fresco y limpio de la montaña, los tres vuelven a moverse por la zona.]

IVÁN.— Aún tenemos tiempo. Son poco más de las doce.

DAVID.— (Señalando hacia la izquierda.) Quizás habría que mirar por allí donde hay algún que otro árbol y además hay rocas.

CARLOS.— Vamos, porque aquí no creo que haya nada.

[Caminan un centenar de metros para llegar a una zona que recibe también los rayos del sol, pero algo más húmeda que la franja rocosa anterior.]

CARLOS.— ¡Mirad! ¡Toma! ¡Toma! Es una víbora hocicuda de las que más hay en la Península. (Nervioso y, a su vez, alegre.)

La víbora hocicuda sobre una roca que recibe la luz solar. Fotos por: Iván Gurrea
La víbora hocicuda sobre una roca que recibe la luz solar. Fotos: I. Gurrea

DAVID.— (Lo celebra.) ¡Vamos! ¡Toma ya! Dame tu mochila para sacarte los guantes. Procura que no se escape.

IVÁN.— (Saca su cámara de fotos para hacer unas cuantas instantáneas.) ¡Ha habido suerte! Eso seguro que es porque hoy he venido yo.

[Ríen todos.]

IVÁN.— Carlos, voy a por un palo largo de alguna rama de un árbol para que hagas como Frank de la Jungla y juegues con ella.

CARLOS.— (Ríe.) Ja, ja, ja.

[La víbora estaba enroscada con su propio cuerpo. Por el estado de su cara, demostraba estar nerviosa y con un poco de mal humor.]

IVÁN.— (Ofrece un palo estrecho de una rama de un árbol.) Toma cógelo, Carlos.

DAVID.— Ponte los guantes primero.

CARLOS.— Esperemos que no me muerda porque el veneno que tiene es tóxico y me haría un destrozo importante.

[Carlos intenta cogerla distrayéndola con su mano izquierda para atraparla por la cola con los dedos de su mano derecha.]

CARLOS.— Bufff… (Risa nerviosa.) Creo que tiene mala hostia.

DAVID.— De momento vas bien. Mantén una cierta distancia por si pega un brinco.

IVÁN.— ¿No dicen que cuando se enroscan es para impulsarse?

DAVID.— Sí, pero también lo hacen como posición de defensa. Se acurruca porque está en alerta.

CARLOS.— Hey… Por favor, no me pongáis nervioso.

[Con una rapidez extrema, Carlos consigue cogerla de la cola.]

CARLOS.— ¡Vamos! Ya la tengo.

IVÁN.— ¿Qué pequeña es, no?

DAVID.— Es el tamaño normal de una víbora más o menos adulta. Medirá cerca de medio metro.

[Carlos utiliza el palo para controlar que la cabeza de la víbora no se le vuelva hacia su cuerpo y así evitar una mordedura.]

CARLOS.— Hazme una foto, Iván.

Carlos, sujetando a la víbora con una rama de un árbol
Carlos, sujetando a la víbora con una rama de un árbol

CARLOS.— (Tras ser fotografiado.) ¿La queréis alguno?

IVÁN.— No, gracias.

[Ríen todos.]

DAVID.— Hoy te dejamos que seas tú el héroe.

[Vuelven a reír.]

IVÁN.— Déjala con cuidado para que no se te vuelva y te muerda.

DAVID.— Ponla en la misma roca donde estaba.

CARLOS.— Voy. El problema es que las víboras muerden desde cualquier posición porque sus colmillos son flexibles.

[Carlos la deja con menos delicadeza de la que esperaban sus dos compañeros de excursión, lo que provoca las risas por el miedo a una mordedura.]

CARLOS.— Ya está. Ha merecido la pena la experiencia.

DAVID.— Volvamos a casa que hoy nos hemos ganado la comida.

[Ríen todos y se marchan caminando montaña abajo.]

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