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«A las doce en Sol»

Veo que el músico se asoma a una esquina de la terraza que hay en la plaza. Enciende el carrito del acompañamiento y entona ese bolero dulzón y embriagador que Tito Rodríguez susurraba a media voz. Pero el clarinete, con el sonido cascado por la crisis, no acierta a animar Vázquez de Mella, esta trastienda de la Gran Vía –que hoy no sé por qué–, al contrario de otras muchas noches se encuentra apagada y fría.

Mientras bajo a Sol encuentro cortada la calle Montera. Lo mismo sucede con la de Tetuán. Bajo entonces por la del Carmen hasta Preciados, donde encuentro un check point. Me pongo en fila y acabo en las inmediaciones de la Puerta del Sol. Esquivo como puedo las varillas de los paraguas de una jarca de pelirrojas.

Es la última noche de 2012. Delante de mí, una botella de champán pasa de mano en mano. Los que parecían punks, gritan ¡Qué viva España…! Llevan guirnaldas de plástico, brillantes por la luz de la farola. Al andar, tropiezo con objetos de lata abandonados en el suelo. En lo alto, el reloj. Soy de los pocos que no lleva uvas. Un chico con pasamontañas azul marino –casi negro por el agua de lluvia–, y chubasquero azul celeste cae sobre mí. Otro, moreno, de unos cuarenta y cinco años le ha empujado. El del pasamontañas tantea su bolsillo para saber si la cartera continúa siendo de su propiedad.

Miro hacia la torre. Faltan veinte minutos. Le pregunto si se encuentra bien. Se disculpa. Nos saludamos. Habla un español cálido, como algunos latinoamericanos. Su cara no me encaja con el acento.

–Soy de California.

Como todos los guiris da clases de Inglés. Dentro de cinco minutos se le acabará el permiso de residencia y quedará sin papeles. Deberá regresar a San Francisco. Apenas conseguimos escucharnos, cuando comienzan a caer uvas verdes como granizo, arreciando sobre las cabezas y los pasamontañas.

–Happy new year!

–Happy new year!

Nos besamos en la boca. Repetimos la frase hasta la saciedad con la gente de alrededor. Me siento más ligero este año nuevo, más ¿cómo decirlo…? ¡Sí, más cosmopolita!

Al regresar, tropezamos con los botes que parecen de aceitunas (supongo que contendrían uvas). No sólo hay botes por los suelos. Además hay bloques de hielo, alas de ángeles caídos, papeles… Elegantes vasos de plástico. Botellas de champán. Grupos de chicas arracimadas en los portales. Secos estallidos de pólvora.

Son las doce y veinte. Silban los obuses callejeros. Los de la limpieza arrastran los primeros contenedores. Suenan las sirenas. Los municipales de Montera no dan abasto. Las mismas putas de siempre no parece que tengan mucho que hacer. En pie, bajo los bistechos del McDonald’s, pequeños grupos descorchan más botellas. La fiesta se esconde en bolsas de Mercadona. Seguramente teman que el año sea largo, o sino que se lo pregunten a Rajoy, que a estas horas andará sin gafas.

Atravesamos la Gran Vía. En la calle Hortaleza, el ilegal me pregunta:

–¡Dime la verdad! ¿Puedo dormir en tu casa?

 

 

Un comentario en ««A las doce en Sol»»

  • Plaza del Sol de Madrid. Una mañana “invernal” de Mayo. Una abigarrada multitud de transeúntes deambula por la plaza en continuo ir y venir, de paso a sus destinos. Yankees, yonquis, guiris, gurús, progres, carcas, rubios, morenos, altos, bajos, ricos, pobres, casados, solteros…, encuentran en ella el lugar idóneo para pregonar sus diferentes “mercancías”. Esta mítica Puerta del Sol, multirracial y multicultural, visita obligada del viajero que va a la capital, aguanta impasible el run-run y permanece indiferente ante las reivindicaciones de los manifestantes, los problemas de los parados y la falta de vivienda de los desahuciados.

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