El ocaso de los mercados de abastos

El Mercado Municipal de Pacífico solo conserva 42 puestos de los 240 disponibles. Foto: M. R.
El Mercado de Pacífico solo conserva 42 puestos de los 240 disponibles. Foto: M. R.

En el mercado de abastos de Pacífico, en el distrito madrileño homónimo, ya nadie pregunta «¿quién es el último?». En los últimos seis años, los rollos numerados que ordenaban el turno de cada cliente en la cola han dejado de contar. Frente al bullicio, las prisas y los coloquios improvisados de los clientes, solo queda el silencio. Una calma que inquieta a los 42 comerciantes que aún luchan por sacar adelante su pequeño negocio familiar. En este tiempo, han visto bajar de forma permanente y sucesiva las persianas metálicas de los otros 200 puestos que daban vida al mercado. Esta estampa desoladora se repite en más de la mitad de los 46 mercados municipales de la capital. Solo unos pocos han logrado reciclarse con éxito transformándose en espacios gourmet.

Son las seis de la tarde y la arteria principal de este tradicional zoco madrileño, pese a ser hora punta, sigue prácticamente vacía. Al final de un largo pasillo lúgubre, que un día estuvo abarrotado de carros de la compra, la luz fluorescente de un mostrador indica que aún hay vida en un mercado que nació en 1959 y que ahora agoniza. «Estamos condenados a desaparecer», resume con resignación Juan Manuel Hernández, un carnicero que resiste en su plaza desde hace 25 años.

Hernández se afana en limpiar los utensilios y, mientras espera a que llegue algún cliente, explica que «en este barrio han abierto un supermercado por cada 50 metros y su competencia nos está destruyendo. El comercio grande se ha comido al chico», sentencia. «En solo tres años han descendido las ventas un 40%».

Ahogados por la falta de ingresos, los vendedores se han visto obligados a despedir a sus empleados y a reducir su margen comercial para mantener fiel a la clientela. «Antes teníamos a cuatro personas contratadas, ahora solo cuento con la ayuda de mi mujer», explica Hernández. Su caso es la tónica general para la mayoría de vendedores: «Quedarán tres o cuatro puestos más con uno o dos empleados, como mucho».

Además de las dificultades económicas, se enfrentan a otro problema que trunca el futuro de los mercados tradicionales: la ausencia de relevo generacional. «Soy hijo y nieto de carniceros pero la saga se acaba conmigo. En este oficio ya no hay savia nueva, no hay cantera», se lamenta Hernández. Una opinión similar tiene Jesús Alonso Gaitán, el presidente de la Asociación Profesional de Comerciantes del Mercado de Pacífico. «Nuestros hijos no quieren este trabajo, es muy esclavo. Hay que madrugar, echar doce o trece horas al día. Es un oficio que implica sacrificio y cada vez menos ingresos».

No obstante, el panorama es aún más desesperanzador en el piso de arriba. Allí se atrincheran los doce últimos comerciantes de los 120 que hubo hace no tantos años. Una escalera de piedra sin rampa es el acceso más cercano al puesto de Juan Carlos García. El ritmo constante que marca el bastón de una clienta que sube con dificultad los peldaños, interrumpe la charla con este pollero que heredó el puesto de sus padres. «Nuestra clientela tiene una media de 60 años y las instalaciones no se han renovado apenas: no hay ascensores y ni siquiera las escaleras están adaptadas», se queja mientras pesa una pechuga de pavo.

La unión hace la fuerza

La única receta que parece garantizar la viabilidad y el éxito de estas instalaciones es la transformación total en un mercado gourmet. Así lo demuestran los de San Miguel –cerca de la Plaza Mayor– y el de San Antón –en Chueca–. Sin embargo, los comerciantes de Pacífico rechazan esta posibilidad porque «no es una zona turística, aquí la gente viene a buscar productos frescos para el día a día a buen precio, no delicatessen», explica Avelino García, un charcutero leonés que no pierde la sonrisa a pesar del panorama pesimista. Lo cierto es que es de los pocos que rompe la estadística y mantiene un flujo constante de clientes.

Avelino García es uno de los pocos supervivientes del mercado.  Foto: M. R.
Avelino García es uno de los pocos supervivientes del mercado. Foto: M. R.

«Mi madre compraba en este mercado y yo seguí la tradición comprando en los mismos sitios que ella porque son de confianza hasta que algunos cerraron. Me gusta el trato directo con los tenderos», explica Concha, una de las clientas a las que atiende Avelino. «Los jóvenes ya no dedican tiempo a cocinar, por eso no compran tantos productos frescos y ese es el problema, que el futuro del mercado dependerá de nuestros hijos tanto para atender como para comprar. Es una pena que se pierda la costumbre de comprar aquí».

Pese a que todos coinciden en que el futuro de este tipo de comercio tradicional es incierto, consideran que «no está todo perdido». «En agosto está previsto que empiecen las obras para que se instale una gran superficie en el piso de arriba», anuncia Alonso Gaitán. Así, los doce puestos que perduran en esa planta se mudarán al piso de abajo. Un acuerdo que ha sido aprobado por unanimidad por todos los comerciantes de la Asociación. «Creemos que esto ayudará a cambiar la imagen del mercado, y ojalá así recobre la vitalidad de antes», expresa Alonso esperanzado. Esta fórmula ya ha sido utilizada en otros mercados como el de Santa María de la Cabeza o el de Nueva Numancia y aunque no acaba de funcionar como esperaban, ellos no pierden la fe: «Tenemos que intentarlo hasta el final. No queda otra. Lo que está claro es que si no hacemos algo todos juntos, esto se muere».

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