Encuentros

Hermann Tertsch: «Tengo más miedo a la gentuza que a las granadas»

Hermann Tertsch en su visita al XXV Máster de Periodismo ABC-UCM
Hermann Tertsch, durante su visita al XXV Máster de Periodismo ABC-UCM. Foto: Regina Rivera

«El periodismo se aprende observando a los ‘perros viejos’; pero para sobrevivir en la profesión, son imprescindibles grandes dosis de pasión y cariño». Hermann Tertsch (Madrid, 1958) define así un oficio del que conoce casi todos sus entresijos. Su currículo le avala: ha trabajado para Efe, El País y ahora ABC, y cubrió desde los últimos años de la URSS hasta la guerra de los Balcanes. Sabe lo que supone ejercer el periodismo y la opinión libre: ya le retiraron el visado de la Rumanía comunista por sus crónicas y hoy dice temer más a «la gentuza que a las granadas». Ni antes ni ahora ha pensado en cambiar. «Estoy comprometido con las cosas que hago. No me gustaría reporcharme el callar por conveniencia», asegura.

El bicho del periodismo le picó desde muy pequeño. Gracias a su padre, director de periódico, pudo hacer los primeros pinitos cuando aún estaba en edad escolar. Crecer entre tinta y papel —a su casa llegaban 28 periódicos internacionales que ya hojeaba con seis años— le permitió incluso poder debatir con su padre sobre la «Guerra de los Seis Días», allá por 1967.

Con estos orígenes era imposible que no acabara enganchado a una profesión que le llevó a convertirse en uno de los referentes en los años 80 y 90 para saber qué pasaba realmente en Europa Oriental. Fue corresponsal de El País para la zona gracias a estar en el lugar adecuado en el momento adecuado, como siempre ocurre todo en la vida. Mientras trabajaba en Viena para Efe, el ya fallecido Paco Eguiagaray le dijo que le acompañara a cubrir una reunión de los países del Pacto de Varsovia y que pidiera a los de El País (donde ya había publicado algo) que le enviaran allí. Hermann Tertsch pensó que en el diario no aceptarían. Pese a todo, Eguiagaray le convenció e incluso le prestó el dinero del viaje a condición de que se lo devolviera «con lo que te fueran pagando por las piezas». Unos reportajes que nunca confió en que fueran a ser demasiados. Para su sorpresa, se estrenó con dos portadas en el diario que por aquel momento «mejor información internacional tenía».

Junto a Paco Eguiagaray (corresponsal de ABC) y a otros «perros viejos» se fogueó como reportero. «Aprendes cuando te fijas en cómo hacen las cosas los demás», explica. En los Balcanes se convirtió él en el maestro.  Allí guió hasta el frente a un periodista novato para que se curtiera: «Me pidió que le acompañara y, mientras nos cubríamos de las balas, veo que se pone a mear en mitad de la plaza. Le cogí, le metí en el coche, y le dije ‘moriras después, pero no conmigo’». De aquellos días, quizás los últimos donde un periodista podía moverse con libertad en un conflicto, también recuerda lo rápido que puede cambiar todo: «Me llamó Arturo Pérez-Reverte a la habitación para que bajara a tomarme algo con él y Ramiro. Cuando subí, una granada había impactado contra la pared de mi habitación y se había clavado una esquirla en mi cama».

En todos estos conflictos pudo ver la muerte de cerca. «Es algo que vas acumulando, nunca sale y te va haciendo daño». Es algo que no olvida, que nunca ha querido olvidar. «Las épocas largas en Sarajevo, con mucha tensión, con muchos muertos y niños, te van minando». Ahora, para ayudar a los reporteros, hay cursos de descompresión para superar el estrés postraumático, antes no era así. «Te tomabas una copa al salir y fuera». Eran años salvajes de periodismo en estado puro.

En su encuentro con los alumnos del Master ABC-UCM de periodismo, no ha querido obviar su «deportación» de El País. «Es el deterioro más espectacular de un medio en los últimos tiempos, es llamativo. Habría que estudiar lo que ha pasado en estos siete años, que coinciden con los del último director. Ahora llega Antonio Caño, que sabe más del oficio que el que se va».

Kapuscinski y el futuro del periodismo

Hermann Tertsch también tuvo tiempo para encontrarse en varias ocasiones con un «afable» Ryszard Kapuscinski. Aunque le considera un «must» de periodismo, piensa que no «puedes ser un héroe con los límites tan estrechos que te marca trabajar para la agencia de noticias comunista en Polonia». Además, no olvida que «estaba sujeto a una disciplina ideológica, aunque no la practicara». De las «licencias poéticas» que supuestamente se concedía el considerado mejor reportero de la historia, no lo duda: «empiezas con una, luego dos…Es un error de aproximación de la gente que se acerca a él como si fuera un ser moralmente impoluto, como un santo actuando en un espacio vacío de ideología o condicionantes».

Pese a estas apreciaciones sobre Kapuściński, el reportaje —y también el análisis—,  son la apuesta de Tertsch para solucionar la crisis de los medios tradicionales. «No se puede competir con las noticias que se transmiten en tiempo real. Todos los medios transmiten lo mismo. Ya no se trata de adelantarse a nadie porque es imposible, son fracciones de segundo. El periodista ahora tiene que diseñar e innovar». Por eso pide a los jóvenes que empiezan que se diferencien, que destaquen y aporten «valor añadido», una expresión que repite como un mantra necesario para sobrevivir en los medios. Menciona al maestro Manuel Chaves Nogales para ejemplificar cómo trabajar: «Hay que tener creatividad, inteligencia y divertirse con ello. Querer hacer cosas propias y dar valor añadido con tu propia personalidad, sino pasamos a engrosar el ejército de profesionales que entran a la Facultad creyendo que el periodismo es otra cosa y que se sienten aliviados si acaban en un servicio de prensa».

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