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Educar en una ciudad en cuarentena

El patio de recreo del colegio Eirís de La Coruña, vacío durante cuarentena por el coronavirus

Juan tiene trece años y se levanta puntual a las 7:30 de la mañana. Se ducha e inmediatamente se viste con el uniforme de su colegio de La Coruña, ciudad donde vive junto a su madre y sus dos hermanos, de catorce y quince años. Desayunan todos juntos. La mayoría de los días, fruta, un Cola Cao y galletas. Cuando termina, aún con las zapatillas de casa puestas, enciende la tablet, un par de aplicaciones y pulsa el botón de videollamada. Su profesora de Lengua, desde su residencia, aparece en el otro lado de la pantalla. «Hoy tenemos que leer un texto de Bécquer, el Monte de las Ánimas», comenta Juan. Tras hablar con ella un par de minutos, como el resto de sus compañeros de clase, comienza con sus tareas y, por ende, su nueva rutina estudiantil.

 

La Coruña, como todas las ciudades de la geografía española, ha necesitado de una reinvención improvisada por la pandemia del coronavirus. El día a día se ha visto condicionado por la crisis sanitaria, que ha culminado con poblaciones desérticas y un confinamiento residencial obligatorio como resultado. Los colegios e institutos de la urbe, que acogen a más de 30.000 alumnos entre todos sus centros, incluyendo los de Formación Profesional, han sido de los organismos más castigados, porque, según Isabel Ruso, directora del Instituto Eusebio Da Guarda, que cuenta con más de mil jóvenes en sus aulas, «en esta profesión, el contacto es fundamental».

 

En el centro público, una de las instituciones emblemáticas de la ciudad y fundado en 1862, los alumnos fueron los primeros en enterarse de la suspensión de las clases por el avance de contagios. «Sentó un poco mal en el profesorado de nuestro centro, que durante la reunión que tenía la Consellería de Educación sobre qué se hacía con las clases, se filtrara la noticia a la prensa y se enterasen todos antes que nosotros», explica Ruso.

«A contrarreloj»

La directora asegura que, desde el pasado día 13, cuando se echó el cerrojo a las clases presenciales en la comunidad autónoma, todo se ha hecho «a contrarreloj». En el Eusebio trabajan con varias aplicaciones y están en contacto con sus alumnos, principalmente, por correo electrónico. «Los profesores mandan tareas y siempre están abiertos a resolver dudas, pero la implicación de los alumnos depende de su caso en particular. En algunas casas solo hay un ordenador, y a veces es difícil», confiesa Ruso. «Algunos estaban muy pendientes al principio, pero poco a poco se diluyeron».

 

En el colegio Eirís de La Coruña, de financiación privada, los alumnos, como Juan, cuentan con un horario que siguen a rajatabla, con clases, «recreos» y tutorías todos loas días de la semana. Incluso el profesor de Educación Física les ha enviado una tabla con ejercicios para trabajar durante la cuarentena. «Está bien, aunque echo de menos el baloncesto y entrenar con mis compañeros», confiesa Juan. Respecto al trato con sus amigos de clase, y pese a que añora en cierta manera el contacto directo, el joven coruñés explica que se habla con ellos de forma diaria, ya sea por wasap, videollamada o por los chats de los videojuegos online, como el Fornite o el NBA2K, actuales focos de congregación de las nuevas generaciones.

 

Oladapo Oladipo, jefe de estudios de Secundaria del Eirís, asegura que cuando supieron de la cancelación de las clases, se llevó a cabo una reunión de profesores para desarrollar un plan de cómo trasladar a la escuela a casa. El profesional recalca que, el que los alumnos estén familiarizados con las nuevas tecnologías, «hizo mucho más sencillo este trasvase». También la condición internacional del centro, que cuenta con colegios en Italia, «nos ayudó a tener un canal de comunicación abierto y a prepararnos mejor para lo que estaba por venir», explica Oladipo.

Los dos grandes problemas de la Galicia confinada

Por otro lado, Ruso, que también es Directora de la Asociación de Directores y Directivos de Institutos de Galicia, desgrana la situación tanto a nivel local como a nivel comunitario. «En Galicia hay dos grandes diferencias respecto al resto de comunidades: la dispersión geográfica y el nivel socioeconómico, que están dificultando las cosas», asegura. Las familias, como cuenta la coruñesa, se están solidarizando. «En las zonas menos pobladas, si no se cuenta con conexión a internet o no es posible que un mensaje llegue directamente de un profesor a un alumno, se utiliza el boca a boca entre amigos y conocidos o el reenvío de correos, y así hasta que llega el mensaje. La gente se mueve», explica.

 

Todavía no hay fecha para la vuelta a las clases, mientras cada vez se cierran más establecimientos y se congelan más actividades profesionales. Tanto Ruso como Oladipo coinciden en lo anómalo de la situación, ya que «no había un caso previo en el que basarse». Mientras dure esta pandemia, los colegios coruñeses deberán desenvolverse en «el día a día» para poder seguir educando, aunque sea con una cuarentena de por medio.

 

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