«La asistencia psicológica tiene que estar al alcance de todos para evitar más suicidios»

La salud mental comienza a desestigmatizarse, sacando a la luz la falta de visibilización o de recursos dispuestos para solucionar los problemas que afectan a la población

Varias personas sostienen diferentes pancartas en una marcha con motivo del Día Mundial de la Salud Mental, a 10 de octubre de 2021, en Madrid / Europa Press

El 20,8% de los adolescentes españoles  sufre algún tipo de problema mental diagnosticado según el informe “Estado Mundial de la Infancia: En Mi Mente” elaborado por Unicef, el dato más alto de Europa. El estudio también destaca que el suicidio se ha convertido en la segunda causa de muerte entre jóvenes de 10 a 19 años, solo por detrás de los accidentes de tráfico. La relevancia de la problemática ha provocado que se introduzca en el debate público a través de figuras como el cómico Dani Rovira, la actriz Verónica Forqué o el Presidente del Gobierno,  que hablan abiertamente de un tema que hasta no hace mucho era tabú.

Sin embargo, “todavía queda mucho para que se normalice”, señala Ada, psicóloga y encargada del personal de PsiCall, el servicio de atención psicológica de la Universidad Complutense de Madrid. Desde la plataforma notifican un aumento en la solicitudes de alumnado que pide ayuda desde que comenzó la pandemia del Covid-19. “Al principio las llamadas tenían relación con el miedo al contagio o la muerte de algún familiar, pero actualmente, la ansiedad, el bajo estado de ánimo o los exámenes se han convertido en los temas más comunes”, afirma Ada.

El papel de los medios de comunicación y las redes sociales es fundamental para la difusión de información sobre la salud mental. Para PsiCall, el problema no es el hecho de hablar sobre asuntos como el suicidio, sino la forma en que se trata.  “Se enfocan en casos concretos, pero no en como prevenirlo”, apunta Ada. En referencia a las redes sociales, Ada destaca que, si bien hay gente muy preparada que ofrece información precisa, hay que tener cuidado con quien la expone. “Necesitamos reducir el estigma que rodea a la salud mental con educación específica y recursos para la gestión de las emociones”, sentencia la psicóloga.

María, Marina e Itziar son estudiantes de Publicidad en la Universidad Complutense. Coinciden en que los casos de ansiedad y depresión son cada vez más comunes. Todas tienen a algún conocido cercano que haya sufrido alguna de estas problemáticas, aunque las posibles razones son variadas. “Tu te metes en una carrera con ilusión, porque te gusta, pero con el tiempo te das cuenta de que las asignaturas se repiten, que no hay salidas claras . La incertidumbre te desanima”, comenta María. Para Marina, la pandemia ha supuesto “perder muchas experiencias universitarias que añaden aún más a la frustración”, mientras que Itziar destaca la “nefasta” introducción de la educación online. Las tres amigas están de acuerdo en que, aunque cada vez se habla más abiertamente de la salud mental, existe una brecha generacional con sus padres, todavía “reticentes” a hablar sobre este tema.

UNA VIDA COMBATIENDO EL TOC

Desde que tiene uso de razón, Clara –nombre ficticio-, madrileña de 28 años, empezó a experimentar pensamientos reiterados que afectaban a su comportamiento. El Trastorno Obsesivo Compulsivo (TOC) que padece provoca que realice `rituales´ para evitar que sus temores se materialicen, afectando a todos los aspectos de su día a día. Sus padres y hermano mellizo, que la acompañan en la entrevista, señalan como desde muy temprana edad daba vueltas a las farolas cuando caminaba, o se quedaba atrás cuando iban juntos por la calle. “La gente suele asociar el TOC a lavarse las manos compulsivamente o al orden, pero va mucho más allá”, afirma Clara.

Aunque no resultó sencillo comprender qué le ocurría, su madre empezó a sospechar que algo no iba bien desde que estaba en el colegio. “Cuando estás dando saltos en el patio, intentando evitar pisar las rayas de la baldosa, la gente piensa que solo es una niña jugando, no que lo hace para evitar el pánico que te produce”, señala Clara. Su madre solicitó ayuda al colegio, pero se limitaron a decirle que tenía “un mundo interior muy rico”, cuando la realidad era que tenía un problema que la hacía sufrir y que se guardaba dentro.

Cuando Clara cumplió 15 años, ocultar su problema se convirtió en imposible. Su hermano comenta que le hacía esperar constantemente porque tenía que cambiarse de ropa varias veces antes de salir de casa. Clara afirma que sentía que si se ponía cierta prenda ocurriría algo terrible, por lo que se cambiaba, pero el ciclo se repetía. Su mellizo indica que alguna vez se fue sin ella porque pensaba que lo “hacía por rabiarle”, porque no era fácil identificar lo que le pasaba por la cabeza.

“Cuando iba en bus o metro, tenía que ir con los ojos cerrados, agarrada al brazo de mi madre, para evitar ver las líneas del suelo”

No fue hasta que un especialista le diagnosticó el TOC, que tanto Clara como su familia empezaron a comprender a lo que se enfrentaban. Decidieron que acudiese a un centro psiquiátrico y, tras batallar con la ley de su parte, consiguieron que subvencionasen parte de los 1200 euros mensuales que costaba. Como el grado de discapacidad que le determinaron era del 48%, la joven no tuvo acceso a la mayoría de ayudas, para las que se exige un 66% de discapacidad. Y, al tratase de un  trastorno que no puede apreciarse a simple vista, Clara tuvo que lidiar con que su problema fuese puesto en duda, incluso por los trabajadores de los centros sanitarios.

La situación empeoró cuando, tras una ruptura amorosa, Clara sufrió una depresión que deterioró sus síntomas hasta el punto de inhabilitarla para prácticamente cualquier acción. Fueron los momentos más duros para la familia, que tenía que acompañarla en todo momento. “Cuando iba en bus o metro, tenía que ir con los ojos cerrados, agarrada al brazo de mi madre, para evitar ver las líneas del suelo”, afirma Clara. Era especialmente doloroso cuando la gente se reía de su comportamiento, provocando que se sintiese incomprendida y débil.

Los problemas se extendieron a todos los aspectos de su vida cotidiana. Clara tenía dificultades para tareas como coger su plato de comida, mirar a los ojos o incluso para dormir. “Cuando me acostaba no podía dormir porque pensaba que iba a pasarme algo malo si me quedaba en esa cama, así que me cambiaba a otra, pero entonces volvía a ocurrir lo mismo y no conseguía conciliar el sueño”, afirma.

Su madre añade que, “como no contaba con ayudas para el transporte, tenía que llevarla e ir a recogerla al centro todos los días, lo que implicaba conducir 120 kilómetros”. “Si tuviese que trabajar no podría haberme hecho cargo”, sentencia.

“Lo más importante para seguir adelante es que te reconozcan tal y como eres»

A pesar de la dificultades, Clara consiguió titularse en biología sin ningún tipo de prestación. Gracias a la ayuda de ASAM (Asociación Salud y Ayuda Mutua), consiguió un trabajo en el campo de la investigación, pero sus problemas siguieron atormentándola. Debido a la ansiedad social que padece, tenía dificultad para relacionarse con sus compañeros, que tampoco se mostraban receptivos ni comprensivos. “Me llamaban la atención, diciendo que espabilase, pero yo tenía que seguir realizando mis rituales y los ocultaba con excusas como ir al baño”, afirma Clara.

Con la llegada de la pandemia y el confinamiento, la situación de la joven no empeoró. Le sorprendía ver como la ansiedad empezaba a generalizarse en la gente, en menor grado que el suyo, y le hizo darse cuenta de que no era tan débil como pensaba. Además, el teletrabajo le facilitó no tener que lidiar con su fobia social.

Actualmente, Clara se siente mejor gracias al apoyo incondicional de su familia, además de la labor de ASAM, el primer lugar donde realmente la entendieron, sin juicios de ningún tipo. “Lo más importante para seguir adelante es que te reconozcan tal y como eres, que te dejen ser tu misma y que no te increpen o se rían de ti”, concluye Clara.

La familia reclama que es necesario que se eduque a la población para que haya consciencia de la magnitud real de patologías como el TOC y que se pongan los recursos necesarios para tratarlos. La madre de Clara destaca el abandono que sufren las especialidades psicológicas y psiquiátricas en la Sanidad Pública.  “¿Cómo puedes decirle a alguien con su problema que venga media hora cada 3 meses?”, afirmó. En el caso de Clara, el seguro de salud que tenía su padre por su trabajo le permitió asistir de forma semanal a la consulta, aunque a partir de la sesión número quince tuvo que pagar. “La asistencia psicológica debería de estar al alcance de todos porque, si no, habrá gente que opte por el suicidio”, concluyó Clara.

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