El Barrio de las Letras escribe el guion de Celia

La infancia de Elena Fortún se desarrolló entre el Ateneo de Madrid y la calle Huertas. Allí se forjó la historia que le convirtió en un referente de la literatura infantil en el siglo XX.

 

Hay quien escribe para evadirse de su realidad y hay otros que prefieren reflejar sus experiencias para subsanar su vida. Elena Fortún es del segundo equipo. La escritura ha sido para ella no solo un arma social para defender la justicia, sino una auténtica catarsis de su experiencia de vida. El rostro que se esconde bajo el pseudónimo de Fortún es el de Encarnación Aragoneses Urquijo. Su infancia solitaria y envuelta en el Barrio de las letras supondrá una fuente de inspiración para escribir ‘Celia’, su gran obra, que cuenta las aventuras de una niña pícara y espabilada que cuestiona el mundo de los adultos. 

El Ateneo de Madrid, una institución fundamental en la vida y barrio de la escritora para la creación de ‘Celia’, ha organizado una recaudación de dinero para un retrato de la escritora que se colgará en la Galería de Retratos del Ateneo de Madrid. Las calles que la vieron crecer recogen donativos en sus establecimientos para que el rostro de la creadora de ‘Celia’ se haga un hueco entre los artistas más emblemáticos de la institución. Desde el Ateneo aseguran que la influencia de esta institución en su legado es más que evidente. Allí se forjó su carrera como profesional: “En el Ateneo consigue ampliar su círculo intelectual y amistades como los artistas Victoria Durán o Magda Donato”. 

Elena Fortún pasó los primeros años de su vida en el Barrio de las Letras, concretamente en la calle Huertas. Allí vivió junto con su familia una infancia marcada por una enorme soledad. Su madre, Manuela de Urquijo, pertenecía a la nobleza vasca, mientras que su padre era alabardero real. Con solo dos años le diagnosticaron una enfermedad física congénita y los libros se convirtieron en un refugio para ella. Un modo en el que vivir otras vidas. También, su madre, que a menudo presumía de ser descendiente de la nobleza, evitaba el contacto de su hija con cualquier amistad poco digna de su cuna. “La frágil salud de Encarna y la obsesiva actitud de su madre de apartarla de los niños que no consideraba de su clase fueron conformando en ella una personalidad solitaria, soñadora e hipersensible, que halla su cauce en una especial afición por la lectura de cuentos maravillosos, a las premoniciones y a los avisos del más allá”, ha indicado José Antonio Molero, profesor de la Universidad de Málaga y experto en filología hispánica. 

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Placa de Elena Fortún en la calle Huertas de Madrid. Fotografía: Ayuntamiento de Madrid.

 

La pequeña Elena pasó las tardes en el primer piso de la calle Huertas 41, tras salir del colegio de señoritas situado en la calle Amor de Dios. Allí entabló una amistad con Vicenta, la hija del portero, a pesar de sus diferencias económicas y sociales. En las cartas que escribió a sus amigas, la pequeña se quejaba de que apenas le dejan jugar con los niños, de modo que cuando nadie le veía, ella bajaba a jugar con su vecina. “El hecho de que el matrimonio no tuviese más hijos motivó a que Elena creciera en un ambiente caracterizado por un excesivo proteccionismo de parte de la madre y el cariño y la complicidad del padre, al que estuvo siempre muy unida”, ha explicado Molero. 

La tristeza invadió de pronto la infancia e inocencia de Elena. Uno de los acontecimientos más traumáticos que sufrió la escritora es el fallecimiento de su padre. En el libro de ‘Celia madrecita’ indicó cómo fueron esos momentos: “Lloré sobre mis catorce años, que habían sido felices hasta la muerte de mi padre […] y los pájaros de mi cabeza, que aleteaban moribundos”. Ese mismo año tuvo que abandonar el colegio y dedicarse a otros estudios dirigidos especialmente a las mujeres. Eso le llevó a cambiarse de barrio a uno más accesible para la familia. Esta experiencia, junto con otras de su infancia vividas en este barrio, quedaron reflejadas en toda su obra literaria. “Toda su literatura está vinculada a su vida”, ha expresado en más de una ocasión Nuria Capdevila-Argüelles, una de las mayores expertas de la obra y legado de Fortún.

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Secuencia de la serie ‘Celia’, una adaptación de las novelas de Elena Fortún, en la que aparece Celia junto con su padre. Fotografía: RTVE

Quien haya leído los libros de ‘Celia’ puede comprobar que la infancia de la escritora es muy similar a la de la protagonista. Con evidentes rasgos autobiográficos, Elena escribió la historia de una niña de la alta sociedad madrileña, que sueña constantemente y que es reprendida a menudo por sus ideas. La complicidad y especial relación de Celia con su padre, la amistad que entabla con Solita, la hija del portero, la soledad de Celia o su pasión por los libros son algunos acontecimientos que marcaron también la infancia de la escritora en el Barrio de las Letras y que quedaron reflejadas en sus libros. “Celia es el síntoma más evidente que nos dejó de su vida una escritora escondida detrás de su personaje”, ha contado Nuria. En muchas ocasiones le gusta comparar a la escritora con un iceberg: el espacio oculto influye de forma evidente en la forma exterior. También, en la serie que se produjo años después sobre las aventuras de Celia, se aprecia con detalle el hogar de esta joven, como en el que Elena pasó sus primeros años en la calle Huertas 41. 

La literatura, su gran aliada

Desde que tiene uso de razón, Elena Fortún soñó con mundos imaginarios en su mente, algo que preocupó siempre a sus padres y que trataron de evitar. También esto se refleja en la vida de Celia. “Celia muestra a la Fortún sorprendida ante su misma necesidad de dedicarse a la escritura y de ser absorbida por esta vocación y lograr su independencia a través de esta labor”, ha indicado Nuria. 

El Barrio de las Letras no solo ha sido su lugar de residencia, sino que fue su primer contacto con el mundo literario y la escritura a través del Ateneo de Madrid. Esta institución asegura que Elena comienza a frecuentar el ambiente artístico y literario de la institución desde joven y así consigue sus primeros contactos. Tras cursar estudios en biblioteconomía inició sus publicaciones en la revista ‘Blanco y Negro’, concretamente en la sección Gente Menuda, dirigida al público infantil. En 1931 se hizo socia del Ateneo. Desde allí aseguran que los años como ateneísta coinciden con su gran creación: Celia. En este periodo escribió los cuatro primeros cuentos en los que intenta reflejar el mundo y la visión social de Celia, además de cuestionar el universo de los adultos. También servirá de inspiración para otras obras: “Allí forjó una gran amistad con Carmen. Fruto de esta amistad les llevará a escribir de forma conjunta ‘De corazón y alma’”.

 

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