Sobre vivir en Porlier

Tras finalizar la Guerra Civil, la cárcel de Porlier se convirtió en un núcleo de represión franquista

Madrid, 1936-1937. Guerra Civil Española, aspecto de la Gran Vía | ABC

Érase una vez, sin que el pensamiento se traslade a tan remotos años, que la respuesta al hombre por querer llenar de estrellas los corazones fue encerrarlo entre rejas durante veintitrés inviernos, siendo obligado a ver morir a la primavera en campos ajados, debido a la consternación que les impregnaba. «Ya olvido la dimensión de las cosas / su color, su aroma… / Escribo a tientas: «el mar», «el campo»… / Digo «bosque» y he perdido / la geometría de un árbol», escribió Marcos Ana, seudónimo que utilizaba Fernando Macarro, a escondidas de los funcionarios que recorrían altaneros los pasillos del horror. El poeta, cautivo desde 1939 hasta 1961 por el régimen franquista, plasmó a través de versos, que escribía «a la macilenta luz de un extraño candil», su vida en prisión. Las primeras rejas que envolvieron al escritor formaban parte de, temida anteriormente por otras pieles, la cárcel de Porlier. 

Porlier, esa «sólida y moderna construcción en forma de cuatro fuertes muros de piedra de cantería y hormigón armado», en cuyo patio aún deambulaban los primeros muertos de una encarnizada guerra, pasó a convertirse en una cárcel franquista en 1939 cuando la contienda hubo finalizado, puesto que en Madrid sí pasaron. 

Marcos Ana, a quien se le acusó de adhesión a la rebelión y le fueron imputados tres asesinatos de manera injustificada y, por ende, condenado a muerte en dos ocasiones, cuya pena le fue conmutada, siendo liberado en 1961 por Amnistía Internacional, plasmó en ‘Decidme cómo es un árbol’ sus memorias de prisión y, en parte, deceso.  En ellas, el poeta expuso cómo recibió la pena de muerte en Porlier: «Quedé impresionado y perplejo por las acusaciones del fiscal. Me hacían responsable de hechos sucedidos en Alcalá de Henares por los que ya habían sido juzgados muchos compañeros y algunos de ellos fusilados. Era la práctica habitual en aquella época confusa, especialmente en los pueblos: imputar a los dirigentes más conocidos la responsabilidad de todo lo ocurrido en el lugar». Además, el escritor afirmó que las penas de muerte que ese día se impusieron a gente inocente fueron masivas. 

Reliquias con corazón

Tomás Montero, historiador español e impulsor y coordinador de ‘Memoria y Libertad’, espacio web del colectivo de familiares, amigas y amigos de las víctimas del franquismo en Madrid, destilaba una mezcla de nostalgia y emoción cuando hablaba de su abuelo, también Tomás Montero, a quien no llegó a conocer por obra y no gracia del régimen franquista, cuyos ejecutores, como diría Ceija Stojka, «le arrebataron la vida con violencia y obligado tuvo que salir de su cuerpo». Con el sol sobre sus hombros, Montero mostraba la pequeña, única y por desgracia reliquia que poseía de su abuelo: una carta de despedida que escribió a su familia cuando se encontraba en la quinta sala de la tercera galería, denominada Galería Provisional, de Porlier, donde se hallaban los condenados a muerte, que por aquel entonces oscilaban entre los 600 y los 1.000 presos. La nota, escrita a escondidas, porque hacer danzar un trozo de grafito sobre papel era peor visto que matar, doblada en cinco para que cupiera entre las diminutas grietas de los muros y plastificada con el fin de inmortalizar sus palabras, decía: «Ahí te mando el monedero con 6 pesetas y mi sortija para que tengas un recuerdo mío. Adiós, para siempre. Adiós. Me despido de ti y de toda la familia para siempre. Adiós a todos». Firmado: Tomás Montero. También la carta de capilla de Santos Mañes, escrita en Porlier la noche antes de ser fusilado en el Cementerio del Este, el 7 de octubre de 1940, consiguió escapar de la censura que imperaba en la prisión.

 

En 2009 Montero, junto a los familiares de las víctimas del franquismo en Madrid, decidió contestar a todas aquellas cartas que viajaron sólo de ida y publicarlas en ‘Las cartas de la Memoria’. «Abuelo, lo demás me da igual, Dios murió antes de que yo naciera…», comenzó Montero su misiva en respuesta a la que escribió «de madrugada, en un Madrid sin sueños y solo entre 79 almas más» su abuelo. 

En la Porlier de la posguerra, la palabra ‘ejecución’ transitaba a sus anchas originando un asfixiante desasosiego entre la población penal, que era de casi 6.000 reclusos. En su patio se instaló un garrote vil con el fin de ‘amedrentar’ a los allí cautivos. Según Marcos Ana en sus memorias, la máquina de matar trabajaba sin descanso. «Yo bajé varias veces para barrer y subía descompuesto: en un rincón, tapado con una lona, mirábamos con espanto el instrumento del garrote, un siniestro ‘sillón’ de madera y hierro en el que el verdugo, después de sujetar con un grillete la garganta de la víctima, giraba un enorme tornillo hasta romper el cuello del condenado», expuso el escritor. Hay registro de algunas ejecuciones certificadas por Luis Sánchez Ruíz, médico oficial de Porlier: «A las cuatro horas del día siete del corriente –1939–, falleció el recluso de esta Prisión Marcelino Casado García, a consecuencia de asfixia, producida al ser ejecutado en garrote vil, por el Ejecutor de la Justicia…». 

«La cárcel de Porlier era un volcán en ebullición», afirmó José Américo Tuero, ciclista republicano, en ‘Mi desquite’, sus memorias en las que describió su vida en esta prisión. Además de la composición política –dirigentes comunistas, socialistas y anarquistas–, Porlier también contaba con toda clase de artistas e intelectuales, de los cuales 31 de ellos formaban parte de la Orquesta de Porlier, y realizaban veladas musicales y ceremonias religiosas, en las que la poesía de Rubén Darío encandilaba al mismo Amancio Tomé, director de la prisión y encargado de organizar este tipo de ‘festividades’. «Casi sin fuerzas para tocar, hacían un deleite la misa dominical a la que a todos, incluidos los ateos, nos obligaban a asistir. Esas misas eran un espectáculo en parte grandioso y en parte grotesco», afirmó Tuero.

Porlier siguió siendo hospicio del cataclismo y el horror hasta el 18 de marzo de 1944 cuando, a las once de la mañana, el ministro de Justicia entregó el edificio donde se había establecido la cárcel de Porlier a los Padres Escolapios. Un edificio, donde a día de hoy, el jolgorio de los más pequeños da sepultura a los fantasmas del pasado. 

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