Grabador de emociones


Antonio Ríos acude al Rastro para exponer sus obras a los curiosos, sacarse unos euros que le ayuden a vivir y financiar los gastos que le ocasiona su afición artística
Puesto del Rastro | Foto: J.L.G.

Puesto del Rastro (Foto: J. L. G.)

Antonio, antiguo vecino de El Tiemblo (Ávila), de 65 años, que gracias al apoyo de su madre, con 17 abandonó sus campos y las viñas familiares para marcharse a Madrid y entrar de aprendiz con el señor Fortunato. Un industrial «roñoso» que regentaba una casa de curtido de pieles, con las cuales elaboraba bolsos de mujer y maletas de viaje. Por 1.100 pesetas hacía de pinche, sirviendo bolsos enormes a las casas particulares de sus clientas: «No veas el bochorno, cargando con un maxibolso de color verde en el Metro hasta Vallecas, que no había manera de disimular», recuerda ahora. En su condición de chico para todo, todas las semanas se veía obligado a ver el trasero desnudo de su patrón para ponerle una inyección. «Tenía un culo gordo. Por aquella época me veía a mí mismo como un personaje de Dickens», relata con sinceridad.

Decidió cambiar el cuero por el metal, tras pasar un tiempo por el Banco Central. Aprendió el oficio de tornero y entró en la Citroën. Los tiempos cambiaban y su vida también. De la mano de una amiga, se afilió a la CNT (Confederación Nacional de Trabajadores, sindicato anarquista). Participaba en la organización del 1º de mayo. Leía el Libro Rojo, pero «sin comulgar mucho con Mao». Con 25 años quiso estudiar Sociología a la vez que trabajaba. El tribunal de selección le preguntó por un filósofo: «Marcuse…, Marcuse…, ¡pues para eso vengo yo a la Universidad! para que me lo enseñe usted». No pasó la prueba, pero al año siguiente logró matricularse en el turno de noche de Magisterio.

Se acababa de meter en un piso cuando le despidieron de la Citroën en 1981. Su actividad como enlace sindical comenzó a resultar molesta. Trabajaba en el Departamento de Contabilidad:

—Antonio, debería usted hacer horas extra este domingo con el fin de poner las cuentas al día.

—Lo siento señor, el domingo tengo que ir a misa.

Llegó el fin de año y el despido un 28 de diciembre. Se presentó en la oficina vestido de smoking y capa negra a la manera castellana para despedirse de sus compañeros.

—Sí, ¡fijaos qué drama!, precisamente hoy pediré la mano de la hija del cónsul de Venezuela.

Pidió un taxi hasta la próxima esquina. Se bajó y continuó a pié. Estaba sin blanca.

Tras su teatral marcha de la fábrica, tampoco sintió vocación para dedicarse a la enseñanza ni inclinación por los métodos didácticos del momento: «en las prácticas con los alumnos escuchábamos discos». Muy interesado en la escuela pedagógica de Rudolf Steiner, el sistema educativo español aún rechinaba al escuchar la palabra Antroposofía. Más cerca de Hare Krishna que de la Enciclopedia Álvarez, se marchó a la India para entrar a formar parte de una comuna budista. El gurú se marchó con el dinero antes de llegar él. Se lo pensó dos veces y regresó.

 

La vendimia | A. Ríos

La vendimia | Antonio Ríos

 

El Club de La Latina

Hizo amistad con los del Club Gay de La Latina, cuando vestido de blanco asistía a los guateques de la vanguardia madrileña mucho antes de la movida. «Te detenían si te veían por la calle abrazado a otro chico», como le sucedió a José, su pareja. «¡Eh!, no os animéis mucho», les advertían las hermanas Bacarrá. Tiempos duros y divertidos a un tiempo. «Un jueves me lanzaban botes de humo en el Seminario, junto a los del apostolado seglar. El domingo entraba a escondidas en casa de mi amiga para la asamblea de la CNT». Perteneciente a una generación muy combativa, se acuerda de «un amigo de Logroño, médico, que pinta pañuelos de seda. Se fue de casa con un chorizo, un salchichón y 4.000 pesetas. Nosotros nos lo creíamos», remacha.

En vehículos militares, por poco dinero, cargaba con cántaros de Cuenca, Mota del Cuervo o Talavera camino de Barcelona. Alfonso, un compañero amante de la cerámica y la pintura, le mostró un oscuro grabado de uno de los hermanos Panero. De toda la pintura que había colgada en la casa siempre acababa frente a aquel aguafuerte.

Será más tarde cuando José le enseñe la técnica de los ácidos para atacar las planchas de metal y con ellas estampar sobre papel las medias tintas. Sin pretensiones, sólo como medio de vida. Sus escenas de Albarracín, Medinaceli o Tarazona evocan las piedras judías, cristianas o morunas de la geografía castellana y su recio pasado. O sin ir más lejos, los escenarios más paganos de las entrañas de Madrid.

 

Amantes | A. Ríos

Amantes | A. Ríos

 

Clientela selecta

Un sábado, con el puesto instalado en la Plaza de Santa Ana, se le acercó un donjuán admirable. Feo, católico y sentimental, médico en Vigo y amante de la obra gráfica. Don Carlos del Valle-Inclán, marqués de Bradomín e hijo del dramaturgo, le encargó 4 o 5 planchas, con una tirada de 200 o 250 grabados sobre dibujos de Antonio Mingote. El Rey también posee obra suya, pues a la Reina sus obras le parecen «muy monas».

En otra ocasión, se llenó el puesto de gente, «éstos me van a quitar el sitio». Siete u ocho «armarios» —guardaespaldas—, cercaron el tenderete. Otras tres o cuatro mujeres fueron eligiendo hasta tres grabados, que Antonio mostraba a los de afuera: «¿Os gustan a vosotros?… ¡Pero si es la Hillary!». Con capa morada, la primera dama de los Estado Unidos por entonces, se fue sin decir adiós.

Hace dos años, Antonio pasó unos meses en Nueva York. Para conocer el mundo de las galerías y aprender un poco de inglés. Su compañero en el loft, «harto de la tortillita de patata», ahora echa de menos su buena mano en la cocina.

El Rastro

Hoy día, son los guiris quienes le llenan el plato de lentejas. Una chica de unos treinta años le pide el único de entre todos los grabados que se encuentra enmarcado. Pacientemente, Antonio descerraja la enmarcación de madera sin conseguir arrancar las grapas que lo sujetan. Ella, una marroquí vestida a la moda francesa, demuestra su pericia arrancando los anclajes con la navaja, mientras su marido asiente entre resignado y satisfecho: «¡Ah oui! ¡Une caractère très forte… vraiment!».

Son las tres de la tarde del domingo. Le ayudo a recoger el puesto del Rastro, descolgando los grabados como quien retira las ropas secas del tendedero, y se me ocurre que aquella imagen del jovencito despreocupado con pañuelo y sombrero pajizo, descansando entre vides…, saltándose las normas con naturalidad…, recuerda al Walt Whitman que él encarna:

—«Desconocido, si al pasar, quieres hablarme, ¿por qué no has de hacerlo?

—Y, ¿por qué no te hablaría yo?»

 

 

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Sentimento

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Texto por: J. López García

Ver los artículos de J. López García
(Asturias, 1969) Tras pasar los últimos 20 años como físico en la Universidad de Oviedo, ahora me encuentro de corresponsal en la calle Montera.

6 Respuestas to “Grabador de emociones” Subscribe

  1. Ana María García Rodriguez 6 diciembre, 2012 en 18:53 #

    La calle de cualquier gran ciudad alberga grandes artistas anónimos, mezclados entre la gran multitud de gente normal y corriente. Saber distinguirlos es una cualidad que requiere una mirada diferente, de soslayo, traspasando la dura corteza exterior que a todos nos protege de las miradas, simplemente, indiscretas.

  2. Manuel Bermúdez 7 diciembre, 2012 en 13:59 #

    Curiosa y tambaleante vida la de Antonio. Es el clásico chico de la postguerra que abandona su hábitat natural para buscar una vida mejor en el Madrid de la época.
    Por cercanía a la edad de Antonio y leyendo este reportaje parece que fue ayer cuando trabajaba de aprendiz por los talleres de mi Gijón.
    Por fortuna para mí, no encontré a ningún Fortunato. Esperemos que tenga suerte y alguien valore su obra en su justa medida. Interesante artículo.

  3. antonio 9 diciembre, 2012 en 22:06 #

    Hola Pepe, ahora con el`paso del tiempo, me parece
    divertido y simpatico la forma de contar una vida que
    tal como fue, me parece que mereció la pena lo vivido
    y que es un regalo el vivir y hacer lo que te gusta disponiendo del priviligeio del tiempo y la libertad.
    Tu sencillez e inteligencia te abriran todos los caminos
    que emprendas, pues sabes sacar partido de la
    adversidad y tu mayor trienfo es que sigas siiendo como eres.
    ¡Un gran tipo¡. Un fuerte abrazo. Antonio.

  4. antonio 9 diciembre, 2012 en 23:09 #

    Hola Pepe, ahora con el paso del tiempo, me parece
    divertido y anecdotico como describes una vida que tuvo momentos dificiles, pero merecio
    la pena lo vivido y que hacer lo que te gusta y vivir de
    ello, es el mayor privilegio y la mayor riqueza es la de disponer de tu tiempo y libertad.
    Gracias. Con tu sencillez e inteligencia conseguiras exito en el camino que emprendas y a pesar de la
    adversidad siemppre saldras airoso por ser como eres.

    Un fuerte abrazo. Antonio

  5. charo García Ramos 12 diciembre, 2012 en 17:07 #

    Ya te mandé por correo mi opinión. Me parece que le sacaste provecho a la entrevista. el es un tipo interesante y los dibujos preciosos.

  6. Ana María García Rodriguez 13 diciembre, 2012 en 0:30 #

    Interesante y bien contada la vida de Antonio Ríos. Se puede decir con propiedad que, para sobrevivir hoy en este “crítico” período que nos toca vivir, hay que ser artista y reinventarse cada día con imaginación y creatividad para no caer en pozo de la desesperanza y la marginalidad

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