Del desahucio a la plaza del Celenque


Trece años después de su separación matrimonial, Áurea Matesanz afronta un desahucio consumado en los tribunales, pero dudoso en muchos aspectos
Acampados en Celenque

Acampados en la plaza del Celenque | Fotos: J. L. G.

Una separación matrimonial en 1999, tres hijos, un chalet en Villaviciosa de Odón, no sentir la necesidad de trabajar. Un desahucio en 2012, pérdida de los tres hijos, un trastero por 166 € al mes y jornadas de diez o hasta doce horas. Trece años separan estas dos orillas escarpadas por el furioso río de la vida de Áurea Matesanz. Desde los apacibles 46 años a los turbulentos 59.

«Intento salir adelante ayudada por los servicios sociales». Tras la separación, en el año 2000, «un familiar me informa de la existencia en Alcorcón de viviendas de protección oficial». La solicita y en el mismo año se la conceden en régimen de alquiler con opción a compra. Los propios servicios sociales le facilitan el dinero necesario para realizar la reserva. Firma un contrato inicial de dos años prorrogado por un plazo más de tres. Transcurridos los cinco años, le comunican la posibilidad de renovar de nuevo hasta completar los diez de alquiler.

A la firma de este último contrato en las oficinas de la constructora Metrovacesa consulta con la persona que firma el documento sobre la fecha de venta del inmueble, pues su deseo es adquirirla. Otra persona de la empresa le contesta: «Señora, estas viviendas no se van a vender». Ante tal respuesta, al salir de la oficina, se dirigió a la Comunidad de Madrid «para solicitar información sobre el estado de la casa». Allí le proporcionan la documentación en la cual figuran los datos técnicos y los precios de tasación estipulados por la Consejería de Obras Públicas y Urbanismo, tanto para el alquiler como para la venta.

Transcurridos 10 años desde la firma del primer contrato, un mes antes de la finalización del mismo, el 8 de mayo le comunican que la empresa Lazora, nueva propietaria de los inmuebles, «exige la renegociación del contrato de alquiler, en unas condiciones que nada tienen que ver con las recogidas por la Comunidad de Madrid». De no aceptarlas deberá abandonar su casa antes del 30 de mayo.

Ante la sorpresa, se dirige de nuevo a la Comunidad. La venta entre empresas no aparece por ninguna parte, ni tampoco los documentos en el archivo. Entre largas y papeles, transcurre mes y medio. Con la ayuda de un abogado, realiza la solicitud por escrito. Le responden escuetamente que «las viviendas han perdido la protección oficial», sin información adicional sobre la fecha de venta o las circunstancias del cambio. Los abogados consultados le aconsejan presentar denuncia contra Metrovacesa por incumplimiento de contrato, contra Lazora por actuar de mala fe, y contra la Comunidad de Madrid por permitir la actuación tratándose de inmuebles protegidos por un periodo de 30 años.

El proceso judicial

Entre idas y venidas, «intentando conseguir un abogado de oficio», se ve obligada a pagar uno particular antes de que se consuma el plazo para la finalización del contrato. Le han dicho que el pleito es caro y el Estado considera que si desea ejercer sus derechos deberá contratar un abogado a su costa. Mientras estudia el caso, la constructora le denuncia exigiendo el abandono de la vivienda y comienza su tratamiento psiquiátrico.

Llega el día del juicio. Su defensa explica a la juez la situación y la reciente constitución de una asociación con las 153 familias afectadas. No se persona el abogado de Lazora, la constructora que la denuncia, sino el de Metrovacesa, alegando que en el proceso judicial no tienen relevancia las condiciones iniciales, puesto que se trata de un desahucio por expiración de contrato. La sentencia es favorable al desalojo.

«Parece que la supuesta corrupción urbanística llega a todos los ámbitos y afecta siempre a los más desfavorecidos», sostiene Áurea indignada. «Tan sólo 25 familias han podido afrontar las nuevas condiciones impuestas por Lazora». El resto se han marchado. «Entre los antiguos vecinos, había varios matrimonios de personas mayores».

Este año, en el mes de mayo, la policía cortó la calle. Dice haber contado 27 agentes (descontando los de paisano, más difíciles de precisar). No recuerda con claridad los detalles del que no duda en calificar como «el peor día» de su vida. Como el trastero al cual trasladó sus muebles es pequeño se vio obligada a tirar parte de sus pertenencias.

Desahuciado en el centro de Madrid | Foto: J. L. G.

Desahuciado en el centro de Madrid

Hoy se siente «engañada, burlada y estafada». Siempre había creído que aquella casa acabaría siendo de su propiedad. Los ahorros han ido a parar al bolsillo de abogados y procuradores. Las noches las pasa en casas de amigas, de su madre y en ocasiones en la plaza de Celenque, en compañía de otros que cuentan historias de vidas que se vinieron abajo como la de ella. Cuando dispone de tiempo cocina para los acampados ante Bankia. La semana pasada fueron dos ollas, una con macarrones y otra con lentejas. «Vergonzoso. Hacen alarde de defender los intereses de los ciudadanos pero es falso», se queja en referencia a los políticos. Y defiende sin miedo: «Quiero mi casa».

Una niña tira del brazo de su madre al atravesar la estrecha plaza. Tiene prisa por llegar a la recepción del príncipe Aliatar. Otros niños se agolpan a las puertas de El Corte Inglés. Suenan machaconamente por los altavoces referencias al portal de Belén. Oscurece. Áurea se agacha sobre un caldero de zinc para avivar las brasas con ayuda de un cartón. Comienza a hacer frío. En los soportales de Bankia, se hacen presentes a los ojos de los habitantes del Celenque luminosas esferas de colores.

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Texto por: J. López García

Ver los artículos de J. López García
(Asturias, 1969) Tras pasar los últimos 20 años como físico en la Universidad de Oviedo, ahora me encuentro de corresponsal en la calle Montera.

4 Respuestas to “Del desahucio a la plaza del Celenque” Subscribe

  1. Ana María García Rodriguez 14 diciembre, 2012 en 0:57 #

    El pez grande se come al chico. Lamentablemente, siempre ha sido así y siempre pierden los mismos y, en la mayoría de las ocasiones, el principio tuitivo del derecho brilla por su ausencia. (Será, legal, no estoy lo discuto, pero es bastante triste que lo sea).

  2. Paz García Ramos 14 diciembre, 2012 en 18:43 #

    Es lamentable que estas situaciones se den con tanta frecuencia. Es bueno que se publiquen porque ayudan a concienciarnos.

  3. Manuel Bermúdez 14 diciembre, 2012 en 19:25 #

    Por desgracia,el caso de Aurea es lo que leemos cada mañana en los rotativos de nuestra España. En el peor de los casos,acaban en suicidio como la mujer de hoy en Málaga. Sería necesario o quizá tal vez urgente una reforma de la Justicia española. Creo que no hay mayor controversia,cuando alguien dijo que ” la justicia es igual para todos”. Aurea que no decaiga y que siga luchando por sus derechos. Seguro que no tendrá la suerte que posiblemente vaya a tener el Sr. Díaz Ferrán……..

  4. felix garcia 15 diciembre, 2012 en 13:17 #

    Una historia de las que por desgracia nos vamos a encontrar de aqui en adelante,mientras que estos mangantes,(politicos,banqueros y especuladores)se siguen riendo de nosotros.

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