Madrilánea

Morriña de ‘ecuavoley’

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Un solo campo para dos equipos. A un lado, varios extranjeros defienden el deporte de su país. Al otro, jóvenes españoles que sólo quieren divertirse

ecuavoley

Los ecuatorianos de Getafe reavivan un descampado jugando al ecuavoley. Foto: E.J.

Solo son las seis de la tarde, pero la noche ya asola Getafe. El frío y la oscuridad han evacuado las calles. Pero existe un lugar que todavía bulle de actividad, ajeno al silencio del resto. Junto al Parque Castilla-La Mancha, en la frontera que separa un barrio residencial de la Universidad Carlos III, una veintena de personas charlan en animados corrillos. Lo hacen sobre un terreno sin iluminar, arcilloso, desigual y abandonado, que contrasta con el césped impoluto del parque.

A pesar de lo que pueda parecer a simple vista, el motivo de la reunión no es departir, sino jugar al ecuavoley,  un deporte que se practica con un balón de fútbol y que reduce a tres miembros los equipos del voleibol internacional. Movidos por la pasión que despierta el juego más popular inventado en su país, y por la necesidad de permanecer unidos a sus raíces, estos ecuatorianos pasan las tardes de los fines de semana en el campo de fútbol abandonado.

En la oscuridad se distinguen las siluetas de Janet y Víctor, recogiendo los bártulos que les han permitido jugar el torneo vespertino. «Los hemos comprado nosotros», comenta él sobre los palos de la red, casi medio metro más alta que la oficial.

La aclaración no es baladí, si tenemos en cuenta su iniciativa de formar la asociación Udicma con el fin de practicar el ecuavoley en libertad. Aunque su primer intento en el parque acabó en expulsión por parte del Ayuntamiento, nada les impidió jugar finalmente en el campo de barro.

Marcar el territorio

Pero incluso los campos yermos generan disputas. Los miembros de Udicma comparten la explanada con «otros compatriotas» que llevan sus propias redes, y con los adolescentes de Getafe que se sientan en las gradas de hormigón a hacer botellón. La convivencia es correcta, pero se ve afectada por el hecho de que «muchos van a hacer negocio vendiendo cervezas, se emborrachan y orinan…» en presencia de los hijos de los jugadores, que también acuden a los partidos.

Un ejemplo de las diferencias que plantea este pequeño campamento intercultural se obseva cuando Víctor y Janet detienen bruscamente su conversación y se tapan los oídos. Uno de los chavales de la pandilla, apoyado contra un muro con grafitis, acaba de lanzar un petardo hacia ellos. Y otro.

Pero del mismo modo que las reglas del ecuavoley no permiten patear ni cabecear el balón, Víctor no consiente la falta de respeto. Y lo hace saber con un «¡Ya vale, chicos!» que surte su efecto. La hija de Janet observa la escena agarrada al brazo de su madre, con cara de sueño. Apenas tiene diez años.

«Nosotros queremos hacer las cosas bien», concluye Víctor. Y «bien» significa negociar con el Ayuntamiento un terreno estable donde jugar. Mientras tanto, seguirán organizando torneos de un deporte fruto del mestizaje urbano de los años cincuenta.

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