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El secreto del mago

Fotografía de un póster de la tienda de Ángel Vicente
Fotografía de un póster de la tienda de Ángel Vicente

Ángel Vicente es un mago de verdad. No porque sea famoso, no porque sea un gran intérprete, no porque ofrezca pomposos espectáculos en grandes teatros, llenos de gente, llenos de trucos, vacíos de hechizos, sino porque cree en la magia.

Es socio y profesor en As de Magia. Una tienda de artículos «encantados» que también tiene escuela. Acaba de abrir hace cuatro meses, pero para él no es un negocio, es su casa y un club de magos.

Está en el número 14 de Eugenio Salazar, una calle angosta perdida en la urbe madrileña. Es curioso verla desde fuera, desde el papel de espectador. Las luces blancas de sus focos de neón atraviesan su amplio escaparate. Inyectan un chorro de electricidad, de vitalidad, en una acera sin vida. No parece una tienda de magia, o por lo menos no a simple vista. Parece más una librería de cómics extranjeros o un comercio que vende discos de música ecléctica, dispersa, esa clase de estilo que nadie entiende.

Al entrar se ven extraños objetos como un gorro de terciopelo rojo y negro que llevaría el bajista roquero de la banda de Aerosmith. Unos hierros mezclados con bolas de colores atravesados por una lanza que parecen el resultado de una noche de delirio del inventor de la película Regreso al futuro. Por otro lado, hay una ola de cartas de póquer que empapela las paredes rojas y los marcos de las ventanas negros. Pero sin duda, el broche de oro es una placa dorada que cuelga de una puerta de madera sobre la que está escrito con letras negras: Club Privado, asociación internacional de magos.

Ángel Vicente abre la puerta. Entra en una sala con muchas sillas en forma de semicírculo, no se sabe para qué sirven. Tiene las paredes llenas de espejos y una pequeña mesa de madera, apartada, escondida en una esquina.

–En esa mesa nos reunimos los magos para hacer nuestras tertulias, para compartir nuestros trucos. Las sillas las usamos para cuando viene algún maestro importante a dar alguna charla, dice Ángel Vicente.

Habla en un tono pausado, con frases cortas. Es elegante, lleva una americana beis clara, camisa, vaqueros y zapatos de vestir. Tiene gafas redondas, pelo gris y da la impresión que se recorta la barba con tijeras. Parece un caballero inglés. «Los magos siempre cenamos tarde. Nos gusta quedarnos de tertulia después de las actuaciones». Son en esas reuniones, si se escucha y se sabe preguntar, cuando se les pueden sacar sus secretos.

Alberto de Figueiredo es uno de los magos más conocidos de Madrid. Ha hecho más de 3.500 actuaciones en los mejores teatros de la capital, guiones para la televisión e imparte cursos de magia. Es amigo y cliente de Ángel Vicente. Aparece en su tienda con pantalones grises de cuadros y chaqueta marrón de puños color rojo. Habla de manera muy expresiva, arquea las cejas al comienzo y cierre de cada frase. Mueve mucho las manos. Cuando se le pregunta cuál es su secreto responde que él es un mago muy pragmático. No cree que haya ningún secreto, sino una «mezcla de habilidad, técnica, psicología y saber comunicar con el espectador». Y añade: «Un buen mago es un buen intérprete».

Gimmick y Fake

Alberto dice que una parte de su secreto son los gimmicks y fakes. Gimmick es un accesorio que permite hacer un truco de magia. Un fake es un objeto trucado, aparenta algo que en realidad no es, como la caja de una baraja de cartas sin base. Alberto no tiene ningún problema en compartir, enseñar sus trucos delante de la cámara, pero Ángel Vicente es más reticente a descubrirlos. Opina que los trucos son de los magos y que si se muestra el truco se desvela su misterio. Es un profesional de la vieja escuela, de los que se reúnen en clubs privados. No quiere que su cara salga delante de la cámara cuando se le graba, solo sus manos.

La tienda As de Magia no vende productos a cualquier persona que entre por la puerta, solo a profesionales o aficionados. Ángel Vicente comenta que a muchos magos no les gusta compartir sus trucos y que establecimientos como Magia Madrid hacen pasar a sus clientes un examen de mago antes de venderles un artículo.

—En una ocasión fui a comprarles, pero no querían venderme nada. Me dijeron que todo lo que anunciaban en su página web pertenecía a su colección privada.

Javier es un empresario de Vitoria, y un mago aficionado, que ahora vive en Madrid, en un apartamento cerca de Atocha. Tiene 36 años, es alto, delgado, cercano, tiene don de gentes. Fue uno de los estudiantes de Alberto de Figueiredo: «Sacó lo mejor de mí. Empecé sus clases siendo de los últimos, pero me lo tomé en serio. Practicaba más de dos horas al día y acabé el curso entre los tres primeros». Javier acaba de iniciar en el mundo de la magia, aunque siempre le gustó. Tiene una empresa familiar de importación de cobre, pero antes trabajó muchos años como comercial. Suele perderse entre las calles, los bares, los hoteles con su baraja de cartas, haciendo trucos a la gente que se encuentra en su camino. Reconoce que dedicarse a la venta le ha ayudado mucho porque está acostumbrado a «tocar muchas puertas». También admite que al principio tenía que especificar que era alumno de Alberto para que algunas tiendas accedieran a venderle sus productos.

Gimmicks, fakes, don de gentes, desparpajo, interpretación, teatro… parecían ser los secretos de los magos, hasta que Ángel Vicente reveló el suyo

El secreto de Ángel Vicente

—Antes de abrir la tienda y escuela tenía una imprenta, pero siempre me gustó la magia. Hace años solía hacerles trucos a mis sobrinos de cuatro años. Lanzaba uno de los antiguos duros al aire y sin que se dieran cuenta lo cazaba al vuelo para esconderlo en el bolsillo de atrás del pantalón. Cuando crecieron se percataron de que no era magia.

Mira de manera sincera, no parece que está actuando. Sigue hablando mientras observa una foto que tiene colgada en la pared de su Cub Privado junto al mago argentino. La señala, y pregunta: «¿Sabes por qué cambié mi vida y me dediqué de lleno a la magia? La primera vez que fui a comprar a la tienda Magia Studio, donde trabajan mis amigos José Luis y Encarnita. Había un cartel en la puerta que ponía: cerrado, conferencia de Henry Evans, un mago argentino. Pensé: ¿quién diablos era ese Henry Evans que me había hecho perder la tarde? Pero como no tenía nada que hacer decidí entrar y quedarme a la charla. Henry Evans es uno de los tres mejores magos del mundo, está a la altura de Juan Tamaríz. Para alguien como yo, que acababa de empezar en el mundo de la magia, encontrarse con él fue un shock».

Cuando la reunión terminó la gente empezó a irse. Solo quedaron tres personas: José Luis, que es el dueño de la tienda Maiga Studio, Henry Evans y él.  A partir de ese momento, se hicieron grandes amigos. Henry le llamaba cada vez que pasaba por Madrid. Gracias a él descubrió los misterios de la magia, abandonó su imprenta, su viejo negocio familiar y decidió abrir una escuela, tienda y Club Privado de magos en la oscura, discreta acera de Eugenio Salazar: «He bajado más de 10 kilos desde que empecé con la escuela. Ahora soy mago, profesor e invito a los grandes maestros a mi casa; me siento féliz». Sin quererlo, porque es una persona muy reservada, reveló cual es el secreto de un mago: creer en su magia.


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