El Temple, un hobby de Caballeros


Apenas mil años después de la última Cruzada, los nuevos templarios se labran un nombre ayudando a los más débiles

Ceremonia de ordenación templaria. Fotos: Somect

«Disculpa, es que los templarios damos tres…» Alberto Calleja esboza una sonrisa bajo su bigote mosquetero. Los tres besos de este D’Artagnan moderno ponen punto y final al Consejo Nacional de la Somect (Soberana Orden Militar Española de los Caballeros Templarios). Más que un espadachín, este abogado madrileño es un caballero del siglo XXI que vela por la legalidad del Temple.

Por el hall del hotel desfilan uniformes negros. El antiguo convento de Santa Clara, en Alcázar de San Juan, acaba de celebrar el cónclave de una organización excomulgada en la Edad Media. Pero si en el siglo XII estos caballeros se hospedaron junto al Templo de Salomón para defender el Santo Sepulcro, el rechazo centenario de la Curia Vaticana no podía impedir que se reunieran en un hotel construido sobre la fe.

«No tenemos nada contra la Iglesia. Lo único que les pedimos es que nos dejen hacer lo que queremos». Armando Méndez Serrada, Maestre Nacional de la Somect, se muestra escéptico ante la visita diplomática que su Orden —la segunda más grande de España tras la Osmtj— realizará en marzo al Vaticano.

Desengañado de un utópico reconocimiento templario de la Santa Sede, el Maestre parece más preocupado por el resto de los mortales. Siglos después de la desaparición del Temple debido al fracaso de las Cruzadas, «mucha gente no sabe que existimos, otros nos consideran una secta y hay quien cree que tenemos que ir a caballo y con espada…»

Renovarse o morir

Conscientes de la necesidad de cosechar la voluntad popular, los Caballeros no tardaron en borrar la estrategia militar del orden del día. Ahora se preocupan por la sociedad, a través de la entrega de alimentos en comedores sociales o la instalación de una sala de rehabilitación en la cárcel de Alcázar.

El tono del Maestre transmite una disciplina cultivada durante sus años en el ejército, y no deja dudas sobre el origen marcial de la organización. Para él ser templario es «tan normal como ser socio de un equipo de fútbol». Por eso invita a la gente a ordenarse. Hacerlo cuesta 100 euros, el precio del manto y la venera que se visten en la investidura.

Joven templario

«La ceremonia no es nada esotérica», dice Miguel Darriba, Comendador de Galicia y Asturias y Comisionado de Asuntos Sociales y ante el Vaticano. «Solo te dan una espada como a los caballeros medievales». El resultado es un ritual por el que «mucha gente paga y luego no vuelve».

El mundo ha cambiado mucho en 800 años, y los templarios se han adaptado a su tiempo. Según su líder, el único voto que cumplen es la obediencia a sus propias normas. De ahí que en el Temple pueda entrar «cualquier hombre o mujer cristiano, con ganas de contribuir al bien social». Aurora Méndez es la dama con más poder de la Orden. Nadie ingresa sin la aprobación de esta joven Preceptora.

Sin embargo, no todo el mundo es bienvenido en la Somect. El mejor ejemplo son los masones, filántropos a los que se unieron los templarios para sobrevivir en clandestinidad tras su desaparición. Respecto a la reivindicación de ciertas órdenes mixtas como herederas del Temple, el Maestre las desafía a probar su teoría: «La introducción de algunas órdenes en la masonería debería ser ilegal. Pero allá cada uno con su conciencia»

En lo que sí reina la unanimidad es en que ser templario es una forma de vida. Félix de Heredia, Primer Senescal, Primer Lugarteniente y Legado Internacional; supo que sería templario a los 13 años. Tras fundar la Somect junto a tres Caballeros en 2007, este capitán del ejército ha hecho méritos suficientes para convertirse en la mano derecha del Maestre.

Ajeno a las miradas que le rodean, De Heredia se esfuerza en recordar el mando más bajo en su interminable lista mental. «¡El escudero!», exclama al fin victorioso. Lo hace apoyado sobre una mesa de un restaurante de Alcázar. A su lado dos templarios comentan la reunión matinal. Pero el capitán prefiere saborear un tema más terrenal: el uniforme.

Consejo Nacional de la Somect

Consejo Nacional de la Somect

La comida se enfría mientras escudriña la tela de su chaqueta. Las responsables son 18 condecoraciones que cuelgan sobre su pecho: una bandera de minúsculos colores. Las acompañan varias cruces desperdigadas. Todas son rojas, pero su forma es ligeramente distinta. Las de las ocho beatitudes —a las que ningún templario se refiere como las de la Orden de Malta— se diferencian de las cruces paté por sus ocho salientes, dos en cada extremo.

El punto de color lo pone el cordón dorado que le cuelga del hombro derecho. Sobre los brazos brillan dos escudos de quita y pon. «El de la Orden y el del Consejo», explica De Heredia señalándolos. Pero la amalgama de símbolos le obliga a rectificar el orden. La indumentaria de paseo, junto al uniforme de diario y el de gala, esconde un cierto espíritu práctico, si tenemos en cuenta que los templarios originales luchaban con una malla de 50 kilos: los escudos van unidos al traje con velcro, «para el tinte».

El fin del recorrido visual por el uniforme coincide con el momento álgido de la conversación de los demás comensales, afanados en buscar una solución al estigma que, según ellos, les impuso la literatura de los siglos XIX y XX. Miguel Darriba lo tiene claro. «Hay que moverse. Tenemos que centrarnos en la labor social y en divulgar lo que hacemos.» Además de su colaboración con el Banco de Alimentos, la Somect planea inaugurar una biblioteca europea del Temple en Álcazar. Mientras tanto «vamos a dar charlas adonde nos llaman».

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Texto por: Elena Jorreto

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A punto de lanzarme a la incertidumbre laboral, disfruto escribiendo sobre la cultura y averiguando las causas de los problemas que nos rodean.

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