Cuenta atrás


Se bajó del taxi que le había recogido en su casa. Ante él, un enorme edificio. El color gris de la pintura le puso la piel de gallina
Edificio. Foto: Martin Garri

Edificio. Foto: Martin Garri

Cruzó las puertas saludando al gerente y subió rápidamente las escaleras hasta la tercera planta. Al llegar a la sala cinco, miró el reloj: eran las nueve en punto y la reunión no se celebraría hasta una hora más tarde. Era el primero en llegar. Tenía tres, cuatro, cinco planes sustentados en la nada. Nunca había tenido vértigo pero comprendió lo que significaba. Se apoyó en la mesa y la huella de su nerviosismo se quedó marcada.

Ya había estado en esa habitación antes, las paredes altas le encerraban en un cuadrado y la única escapatoria era un gran ventanal que daba al cielo. Se sentó en la silla más cercana a la puerta, por un momento pensó que de esta manera podría huir con facilidad si las cosas se complicaban. Se echó a reír, ¿huir? Ya no valía de nada, no tendría nada de lo que escapar.

Miles de imágenes llenaron su cabeza, sonrió. Doce años en aquel edificio: había sido su casa y ahora lo sentía peligroso. Él trabajaba en la planta baja. Año tras año los libros se habían adueñado de la mesa. Le ayudaban a documentar los informes y a pasar el tiempo para no tener que volver a una casa vacía en una ciudad que apenas conocía. Había dejado todo atrás por este puesto de trabajo y ahora lo único que tenía se le escurría de entre sus manos sudorosas. La empresa no tenía dinero para mantener a toda la plantilla y verificar los datos. De repente, se convirtió en una acción prescindible.

Sus pensamientos fueron interrumpidos por cuatro hombres, cada uno con un maletín en un brazo y un abogado en el otro. Empezaba la cruzada. Bajó la cabeza. Ya había perdido esta batalla días antes. Solo le quedaba firmar los papeles de su rendición.

Texto por: Loreto Sánchez Seoane

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