María Fernanda Ampuero: «Hay que perderle el miedo a fracasar»


Esta periodista ecuatoriana llegó hace ocho años a España. Ahora se gana la vida componiendo crónicas de largo aliento
María Fernanda Ampuero

La escritora y periodista ecuatoriana trabaja como freelance en España. Fotos: F. D.-I.

Hace ocho años, María Fernanda Ampuero (Guayaquil, 1976) dejó su patria y se vino a España «con mucha petulancia, pensando que iba a contar la gran historia de la emigración». Sin embargo, al aterrizar desde Ecuador, donde «tenía un cierto nombre», se dio cuenta de que era una simple inmigrante que venía a buscarse la vida. O como ella misma dice:  «Una ciudadana más, que vivía en un piso compartido, en la tercera ciudad más grande de Ecuador —España—».

Confiesa que llegó atraída por el periodismo gonzo. Quería vivir, ser parte de algo que consideraba histórico: la masiva presencia de ecuatorianos, muchos de ellos recluidos en pisos patera. Como si de un flechazo se tratara, al instante se enamoró de Madrid. Por eso, a pesar de que al principio estaba en «un momento mísero, sin papeles», se obcecó en quedarse. Aguantó, no desistió. Ahora, cuando echa la vista atrás, no duda en decir que la emigración es «lo más grande que te puede pasar» y recomienda a todo el mundo «vivir un tiempo fuera de su país», ya que supone «un abridor de ojos, un desprejuiciador atómico». Precisamente en julio publica su segundo libro, una serie de crónicas de la emigración ecuatoriana en España.

Con esa experiencia personal, dice de manera rotunda que no hay que tener «miedo a fracasar». Expone su caso actual: «No estudié periodismo, no soy española, no tengo trabajo fijo ni Seguridad Social, pero no me importa. Es más, me enorgullece saber que no me importa». Ampuero hace este «discurso contra el desánimo» para retratar una realidad en la que la idea de encontrar un empleo fijo es «un delirio» y donde «muy pocos trabajarán en una gran corporación».

Según ella, ahora las cosas son distintas, pero con una ventaja que antes no existía: internet. «Mientras  que antes te tenían que encargar una historia, ahora eres tú el que escribes esa historia y luego ya la tratas de vender», dice, antes de apuntar otro fenómeno para nada desdeñable: «Además es que ahora la gente, por medio del crowdfunding, está pagando por leer esas historias».

Cronista de largo aliento

Fue un poco así, gracias a internet, como María Fernanda Ampuero se volvió a hacer un nombre. Pero en España. Hace cuatro años trabajaba repartiendo tarjetas telefónicas en un locutorio y se quedó en paro. La crisis. O «el auge y caída del imperio español». En ese momento lo único que tenía era tiempo, así que decidió abrir un blog y escribir sobre «una cosa muy gorda» que empezaba: los desahucios. Lo hizo sin aspiración alguna, aunque «cuando te esfuerzas, la recompensa llega». Ahora colabora para la revista mexicana Gatopardo, la colombiana Soho o la española Yorokobu.

Es freelance y hace algo que en nuestro país se ve muy poco: crónicas de «largo aliento». «No sé por qué en España no hay revistas como Etiqueta Negra. Quizás falte esa valentía para saltar sin red, para trabajar cuatro meses en un reportaje y cobrar poco», dice. Desde la distancia que le da no haber nacido en España, opina que en este país ese salto en confort vivido de una generación a otra «quizás nos haya vuelto inmovilistas». Al contrario de los latinoamericanos, que entienden que siempre deben hacer algo. Esto lo ejemplifica con algo que estamos viviendo, que vuelve a ser «historia» y que, sin embargo, nadie cuenta: más de la mitad de los jóvenes españoles están en paro y muchos están teniendo que emigrar cuando son la generación más preparada, ¿cómo es su vida? ¿Qué piensan?

María Fernanda Ampuero

Cuando se quedó en el paro solo tenía tiempo. Abrió un blog y se puso a contar los desahucios

Para Ampuero, que se inició en el periodismo «de casualidad», y en una sección —Economía— de la que no entendía nada, porque estudió Filología y después trabajó como profesora de Literatura, dos son las características fundamentales que tiene que tener un buen cronista: tiempo y corazón. Ambas están relacionadas. La primera, ya que si no dispones de él «no puedes contar una buena historia». Se necesita tiempo para «superar esa barrera» que cualquier entrevistado pone de primeras a un periodista, al que considera «un intruso». Recuerda uno de sus últimos trabajos cuando a un librero que solo le había concedido un cuarto de hora de entrevista, le pidió poder pasar un día entero con él para tratar de sacar lo particular de esa persona.

Y relacionado con esto, resulta muy importante «la cercanía» del cronista. Su humanidad. «Hay que sentir lo que estás contando», dice. Pone como ejemplo al cronista colombiano Alberto Salcedo, que acaba de ganar el Premio Ortega y Gasset de periodismo impreso por su crónica «La travesía de Wikdi», en la que narra cómo un niño de su país tiene que recorrer andando diez kilómetros para ir a la escuela.

En resumen, Ampuero entiende el género como algo «natural, muy trasparente». Debido a ello, le «molestan» aquellos periodistas que viven en un pedestal y que creen que porque tengan un micrófono les tienes que responder sí o sí. En cambio, habla del «respeto» que hay que tener hacia toda persona. Y aquí, por citar varias de sus crónicas, da igual hacer un perfil del juez Garzón que reflejar cómo es la vida de una niña ecuatoriana con la enfermedad de los «huesos de cristal».

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Texto por: Juan Antonio Pérez

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