Madrilánea

Pablo M. Díez: «El progreso ha corroído la esencia de los chinos»

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Al corresponsal de Asia de ABC le preocupa la «firmitis» que asola al periodismo y la adaptación a internet, pero sigue creyendo en el oficio

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Pablo M. Díez, durante la charla con el Máster ABC 2013-14. Foto: R. R. W.

A veces el corresponsal no tiene que reciclar teletipos y viaja de verdad hasta donde sucede la noticia. En alguno de esos viajes puede verse obligado a coger un taxi desde una pequeña ciudad del oeste de China para llegar a una zona de revueltas, prohibida por el gobierno a los periodistas. Con suerte, el cansancio del viaje le hará dormirse en el asiento de atrás de tal forma que evite los controles policiales, y una guía «Lonely Planet» le permitirá camuflarse como turista entre las manifestaciones de los monjes budistas.

En aquella ocasión a Pablo M. Díez (Córdoba, 1974), corresponsal de ABC en Asia, los oficiales chinos le descubrieron aunque no fue expulsado directamente. «Con mucha elegancia china, me invitaron a volver en verano, porque el tiempo era más agradable, la hierba estaba verde y las chicas son más guapas».

Díez empezó a estudiar Periodismo en Sevilla pero quería dedicarse a escribir guiones. Para ello intentó entrar en una escuela de Madrid; no lo consiguió y terminó haciendo un Máster en Relaciones Internacionales para trabajar poco después en el Diario de Andalucía, un pequeño diario local de Córdoba. «Mi jefe me decía que me fuera a la calle y que volviera a las cinco o seis de la tarde con información para una página», recuerda. En esas horas de calle fue cuando descubrió su verdadero amor por la profesión.

Era el año 2000, Diario de Andalucía cerró y Díez se fue a la edición cordobesa de ABC para encargarse de la información de sucesos, tribunales y asuntos militares de la provincia. Para un joven con ansia por comerse las calles y contar sus historias, «fue la mejor escuela posible», explica él. Pero a finales de 2004 sintió que debía dar un giro a su vida y se ofreció para la corresponsalía vacante de ABC en Pekín.

Desde entonces se ha encargado de informar de China, Japón, Filipinas, las dos Coreas y todo el este de Asia. «Fue la mejor decisión profesional que pude haber tomado», reflexiona. «Es un privilegio impagable ser corresponsal en China y Asia. Es el mejor trabajo que puede tener un periodista ahora mismo».

La «firmitis» del periodismo de hoy

Un elocuente escepticismo asoma cuando habla de la influencia de la tecnología en el periodismo. «Ahora lo que prima por desgracia son las noticias muy rápidas. Antes el corresponsal se iba, desaparecía un par de días y volvía con dos o tres historias para publicar en el periódico. Eso ahora es imposible». Díez cree que otro de los males que ahogan al periodismo actual es la «firmitis», la obsesión por que un nombre firme los artículos aunque haya visto lo que cuenta por televisión.  «Se ha olvidado por ejemplo que no se puede cubrir una catástrofe natural a 3.000 kilómetros de distancia».

No le costó adaptarse a China porque tuvo suerte, un factor crucial en el periodismo («aunque hay que buscarla», matiza). En la cola del consulado chino en España conoció por casualidad a un hombre que, ya en Pekín, le terminó presentando a su casero, a la postre gran amigo. «Nada más llegar allí pasé el Año Nuevo Chino con su familia, tirando petardos, como uno más».

También ha visitado Corea del Norte, un país que de tan anacrónico podría ser hasta «divertido», si no fuera «por los campos de concentración de prisioneros, los ejecutados y la pobreza». Ante los mitos que se crean alrededor de la dictadura de Kim Jong-un, Díez cree que «hay un interés morboso en demonizar a un régimen que ya es el más malvado del mundo. No hay más que ver cómo vive la gente allí y los testimonios de los prisioneros que pueden salir del país». De China destaca  la contaminación como su mayor problema, incluso por encima de sus carencias sociales. «Cuando vengo a España me parece un lujo ver el sol y las nubes. Eso allí es imposible», relata. «La última vez que fui a Shanghái había tanta contaminación que incluso había una neblina dentro del aeropuerto».

«Fukushima es la cobertura que más me ha llenado y más me ha vaciado»

La contaminación preocupa y hace desconfiar de lo que se bebe y lo que se come. «Yo compro agua embotellada pero ni siquiera me fío de que sea auténtica y no sea falsificada». El progreso de China en las últimas décadas también «ha corroído una de las esencias del chino y del pekinés: su campechanía». Díez señala molesto que la educación china, una sociedad enormemente masificada en la que el individuo vale poco, crea unas diferencias culturales que llegan a cansar al visitante occidental.

A la vez se intuye un poso de cariño indisimulado hacia su tierra de adopción, tal vez por los momentos de pasión que le deja el oficio. La catástrofe nuclear de Fukushima, dice, es la cobertura que más le ha «llenado y vaciado». «El hecho de enfrentarse a la radiación era algo que nadie podía prever», recuerda Díez. «Estar en medio de la zona de alto riesgo era como estar dentro de una película apocalíptica de ciencia-ficción».

Pero la lección final de Pablo M. Díez es que no hace falta ir hasta Fukushima para hacer buen periodismo. «Da igual si las historias de primera mano son en Córdoba, en Nepal o en Indonesia. El periodismo es contar lo que está pasando desde el lugar en el que está pasando». ¿Qué no puede olvidar nunca el joven periodista? «Hacer la calle. Aunque suene mal».

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