Felipe Alarcón: «En Cuba, el artista tiene la posibilidad de expresarse libremente»


Este autor cubano, que compagina la pintura con un trabajo a tiempo parcial de camarero, está en contra de aquellos que buscan vender más aireando los problemas de su país
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El artista cubano, Felipe Alarcón, con una de sus última obras, inspirada en Berlín. Foto: J. S. C.

El Pilar es uno de los barrios con mayor densidad de población de toda Europa. Está repleto de grandes bloques de viviendas idénticos, paralelos, de ladrillo visto y toldos verde botella. Sus calles trazan desde los años cincuenta una suerte de rejilla dibujada por José Banús, el empresario que diseñó el Valle de los Caídos. Es un lugar de estética preconstitucional y comercio minorista, acostumbrado a vivir con lo justo, donde un cubano se afana en hacer del arte su modo de vida desde hace casi una década.

Sin llegar a vivir exclusivamente de sus obras, Felipe Alarcón Echenique quiere llevar sus pinturas tan lejos como le sea posible. Nació en La Habana hace 47 años y salió de Cuba en 1998 porque le ofrecieron exponer en la galería Catarsis (hoy llamada El cuarto simpático), en la calle Santa María. Fue su primera exhibición fuera de la isla y su primer paso en el arte contemporáneo europeo. Casi nada más llegar, recibió un premio Zeus en Roma, donde comenzó a ponerse «al orden» de las tendencias y materiales que venían utilizándose.

Felipe nació en Casablanca –«el primer barrio de La Habana»–, con vistas a la bahía y al Cristo. Su afición por el arte se desató casi por casualidad y a la temprana edad de cinco años. «Estaba apuntado a clases de guitarra y un día faltó el profesor. La encargada del aula de pintura me dio un lápiz y un papel, empecé a dibujar y vieron que tenía vocación». De esta manera comenzó a formarse en la Academia de Bellas Artes San Alejandro. «No me costó ni un duro, fue una etapa que nunca olvidaré, una especie de burbuja. Cuando entrabas era como si vivieras en Europa, tenían un método muy por encima de las escuelas normales».

En contra de lo que pudiera parecer por su exilio profesional, Felipe vivía «al ciento por ciento» de sus pinturas cuando residía en Cuba. «Tenía mi galería, mi espacio, donde entraban muchos turistas y gente interesada en el arte. Quizá no compraban a los precios de aquí, pero el negocio funcionaba». Hoy la situación es distinta: complementa su pasión por la pintura con un trabajo de camarero a tiempo parcial. Pese a todo, no tiene intención de regresar a Cuba porque es feliz con el ambiente artístico que se respira en Europa.

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Foto: J. S. C.

«Puedo volver cuando quiera, pero tengo una familia y estar en España me facilita viajar dentro de la Comunidad Europea sin necesidad de visados. Me quedo porque es mi pasión y porque no tengo que malvender mi obra», explica. Trabajar en España le aporta «independencia» y la posibilidad de pagarse los materiales con los que desarrollar sus capacidades. A sus 47 años, sigue «apostando» fuerte por la pintura: «Siempre he confiado en que la constancia y empeño se premian. Además del reconocimiento, el hecho de conocer otras culturas siempre me fascinó desde mi etapa de estudiante. Por eso vale la pena seguir intentándolo».

Bandeja de día, paleta de noche

Su día comienza en el piso que tiene cerca de la calle Sarria. Una casa pequeña repartida en dos plantas donde la parte de abajo hace las veces de estudio. Felipe se levanta cada día y pone rock sinfónico en sus auriculares antes de marchar al bar. «En la escuela de Bellas Artes nos formaron en un tipo de música más de vanguardia, renovadora». Fruto de una educación prácticamente europea, en el controlado desorden de su cuarto suenan más guitarras eléctricas que bongos o timbales.

«Hasta que no materializas una idea en el lienzo no puedes dejarlo, es como una droga»

Una vez llega de trabajar, descansa una hora y se mete en el estudio. «Puedo pasar 12 horas como se pasan dos minutos». Si las musas le atrapan, dentro de esas cuatro paredes llenas obras y pequeñas manchas, puede pasarse la noche sin dormir. «El cansancio de la pintura no es un cansancio como el otro», explica. «Sin embargo, de 12:20 a 16:20 [su horario laboral] es un infierno. Es un tiempo corto pero para mí son como 15 horas». En más de una ocasión, la inspiración le ha llegado detrás de la barra. Un verdadero problema cuando tienes un horario tan corto como estricto. «En ese momento empiezas a concertarte en lo que tienes en la cabeza, el otro trabajo lo haces por inercia. Y hasta que no materializas esa idea sobre el lienzo no puedes dejarlo, es como una droga», dice mientras señala sus lienzos.

Felipe no es el prototipo de inmigrante cubano. Muchos clichés saltan por los aires mientras explica su manera de entender la vida y el arte. Viste camisa, jersey de marca, mantiene una vida ordenada y no se entretiene aireando las vergüenzas de un país «anclado» que está «intentando salir a flote». Sabe que su país escasean libertades y «productos de primera necesidad», pero nunca criticará públicamente a su isla. «Desde hace un tiempo hay cubanos en el exilio que se venden hablando mal de Cuba. Yo estoy en contra de eso, creo que los problemas de tu casa son los problemas de tu casa, no tienes por qué venir a hacer de portavoz».

El agradecimiento que siente Felipe por la formación que recibió es visible. Él, que conoce el panorama artístico de varios países explica que, por encima de todo, Cuba tiene «una cosa buena». «Lo que tiene que ver con el arte funciona muy bien, el artista tiene la posibilidad de expresarse libremente a través de la pintura».

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El jardín de los sueños expresionistas

 

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Texto por: Jorge Sanz Casillas

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